Vender patria catalana

Vender patria catalana

La maquinaria propagandística del independentismo catalán está desplegada para la Diada. Es crucial para uniformizar a la masa y para hacer caja. Sin contar la marea de lazos amarillos, aspira a recaudar 4,5 millones de euros con la venta de camisetas de la república

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Hay días en que la patria, ese concepto infinito que empieza en un pedazo de tierra y acaba en los confines del universo afectivo de cada cual, que da nombre a conflictos monumentales y también a novelas de alcance, se despacha a granel en un bazar paquistaní. Ese día, en lo que respecta a la comunidad catalana, llega el próximo martes con la celebración anual de su festividad autonómica. La Diada, reciclada desde hace ya siete años en la gran 'performance' del soberanismo, promete volver a ser una gigantesca exhibición de parafernalia propagandística. La maquinaria de fabricación de 'merchandising' lleva varios meses echando humo. Para cientos de comerciantes y empresarios, autóctonos y también extranjeros, la subsistencia de sus negocios depende de los artículos que vendan para el 11-S; los activistas, por su parte, se juegan la continuidad del proyecto secesionista. Esta es su parada para repostar y les urge llenar el depósito. «¡Más patria!», que diría Groucho.

Mientras las tiendas de souvenirs 'made in China' atestan sus expositores con un recital de esteladas en formatos inverosímiles (y a menudo acompañadas por banderas españolas), la Asamblea Nacional Catalana (ANC), junto con Òmnium Cultural, las dos principales asociaciones rupturistas de Cataluña, han recurrido de nuevo a la venta del 'kit' del buen independentista, que tan lucrativos resultados les ha dado hasta ahora. Con un precio inalterable, Diada tras Diada, de 15 euros, los simpatizantes de la causa obtienen un abanico de cartón, una mochila de plástico, una octavilla y una camiseta 100% de poliéster, que en esta edición va teñida en coral, el color de las bridas que se utilizaron en las urnas del referéndum ilegal del 1-O. De fondo, la arenga 'Fem la República catalana' (hagamos la república catalana) y las cuatro barras verticales, el logo de Junts Per Catalunya, la formación del actual president de la Generalitat y de su antecesor y ahora apóstol desde el más allá de los Pirineos. La venta del lote -el de los niños cuesta 8 euros y consiste únicamente en una camiseta- es crucial para uniformizar a la masa en una mancha llamativa y descomunal. Pero, sobre todo, para llenar la hucha.

«¿Es obligatorio comprarla?», se autopregunta la ANC en su web con afán instructor. «La Asamblea se financia únicamente con las cuotas de los socios y la venta de productos ('merchandising'). Nuestros estatutos prohíben aceptar subvenciones. El material, la comunicación y la logística de los actos suponen un gasto muy grande y una de las principales fuentes de ingresos es el lote del 11 de septiembre», se responde. A renglón seguido, expone que 6 euros de cada 'kit' se destinarán a «financiar campañas para desarrollar la República catalana».

Un mes a la venta

Sin contar los frutos de la lazada amarilla introducida para pedir la libertad de los activistas encarcelados y de su tenso quita y pon, la ANC aspira a recaudar, en bruto, 4,5 millones de euros con las 300.000 prendas que ha mandado confeccionar. Son 40.000 más de las que encargó en 2017 a la misma firma textil familiar de Mataró, Rosdan & Imago. Esa cantidad puede resultar irrisoria en comparación, por ejemplo, con los 65 millones que ingresa al año el omnipotente Barça con sus artículos de 'merchandising'. Sin embargo, supera en un 50% a los que obtiene el Museo Thyssen de Madrid, uno de los centros culturales con mayor catálogo de artículos de recuerdo y que más rédito saca a su comercialización desde su tienda. En todo 2017, la pinacoteca que reúne los fondos artísticos de Tita Cervera recaudó por ese concepto cerca de 3 millones de euros, que le permitieron cubrir el 25% de sus gastos.

Las camisetas que sufragan las fianzas de los promotores del 'procés' enjuiciados llevan cerca de un mes a la venta en la propia ANC, las sedes de los diarios 'El Nacional' y Vilaweb y, también, en muchos de los doscientos supermercados que posee el empresario Joan Font. El titular de la cadena Bon Preu, que formó parte del consejo asesor del Gobierno de Artur Mas para la transición a la independencia, explica a este periódico, por boca de su responsable de comunicación, que la iniciativa atiende a la «demanda» de sus clientes. «Nos lo piden», asegura, de manera que, «para nosotros», el 'kit' independentista que se puede encontrar junto a las latas de atún, los copos de avena o la butifarra es «como otro artículo cualquiera». «No hay que ver en ello connotaciones políticas», apostilla.

Desde el Centro de Estudios Superiores en Comunicación y Marketing Político (Cescompol), su director, Julio César Herrero, explica el abecé del 'merchandising'. «Su demanda no existe. La gente no va reclamando banderas, bolígrafos, tazas o muñecos. El proceso es inverso. Se ponen a la venta para incentivar su compra con el objetivo primordial de obtener recursos económicos para sustentar una causa y, también, de visibilizar ésta y de generar una identidad compartida en torno a ella. Y, en este sentido, resulta una herramienta tremendamente poderosa», enfatiza. «Toda esa simbología desplegada en marchas, manifestaciones o mítines insufla moral a la tropa y, empleada en forma de camisetas o de pegatinas, banderas, lazos y carteles en balcones, viviendas y negocios, permite a la gente identificarse y decir 'ahí vive o ahí trabaja alguien que piensa como yo'», apunta el periodista asturiano y profesor de Comunicación Política en la Universidad de Alcalá.

Tazas con frases de Trump

Pero las propiedades del 'merchandising' no terminan ahí. Cuando una mente ingeniosa alumbra un artículo original o divertidamente chusco que sobresale entre la previsible maraña de artilugios propagandísticos, «logra, además, el impacto mediático». Para los anales de la Diada quedó la edición de 2014 con su 'souvenir' estrella, el 'SostenCat' o sujetador soberanista con la estrella y las barras rojas sobre fondo amarillo y azul. «En la campaña de Hillary Clinton contra Donald Trump, los demócratas hicieron tazas con las frases más estúpidas del candidato republicano. Tuvieron un éxito comercial y mediático tremendo», recueda Herrero.

En Estelània, tienda online dedicada a la comercialización de fundas del pasaporte catalán, urnas en miniatura y esteladas de tela y en forma de sifón, casco de moto o libreta, reconocen abiertamente que su objetivo es «hacer país», una misión que, admiten, se ha ido poniendo cada vez más cuesta arriba. De hecho, hace ya dos años que dejaron de organizar la multitudinaria feria que prácticamente cada domingo se apostaba en algún lugar de la geografía catalana con 30, 50 y hasta 70 puestos de venta de productos catalanes y catalanistas, incluido uno de la ANC. «Ya no funcionaba. Las ventas han ido cayendo en los últimos tiempos. El mercado está bastante saturado y ya todo el mundo tiene de todo», relatan, encomendados ahora a la «renovación» de esteladas para poder así seguir adelante con la web.

La efervescencia soberanista, materializada en la histórica manifestación de la Diada de 2012, azuzó la proverbial inquietud artística de los catalanes. Los escaparates se atestaron enseguida de todo tipo de cachivaches transmisores de simbología independentista: pulseras, relojes, llaveros, sudaderas, felpudos, bebidas energéticas, tabaco, preservativos y hasta una fragancia. Arrasaron, pero hoy ya no son tan fáciles de encontrar. La entrada, un año después, de la ANC como proveedor de 'merchandising' complicó la supervivencia de los negocios más pequeños.

Se estima que el estallido del furor por el 'procés' alumbró más de 130 proyectos empresariales, buena parte de los cuales continúa con dificultades o bien ha tenido que dar la aventura por concluida. Uno de los últimos en caer ha sido Vamcat, una firma de zapatillas de deporte que nació del clamor popular generado por una campaña de publicidad. Lo cuenta su propietario, el creativo y propietario de una agencia Guillen Soldevila. «Nos encargaron hacer un cartel para promover una marcha en favor de la independencia y pusimos en la imagen a una persona con unas deportivas pintadas con la estelada. Fue colocar los carteles y empezar a recibir decenas de llamadas de gente preguntando dónde las podía conseguir... y ¡no existían! Da la casualidad de que mis padres, ya jubilados, se habían dedicado toda la vida al sector del calzado y decidimos lanzarnos a hacerlas», evoca el empresario, quien se declara abiertamente simpatizante del movimiento secesionista. Al término de 2013 había facturado un millón de euros. «Vendimos más de 30.000 pares entre ese año y 2014 con cincuenta diseños diferentes», declara el publicista. Agotada la gallina de las zapatillas de oro, Soldevila ha procedido a liquidar la marca y a abrir una segunda empresa, Brand Your Shoes, dedicada a la fabricación de zapatillas corporativas para empresas. Ésta, eso sí, con doble patria. «Designed in Barcelona, made in Spain», promociona ahora sin miramientos.

De una idea más utilitaria y pragmática surgió la web BanderaCatalana, también en plena fiebre secesionista, allá por 2013, cuando un grupo de amigos decidió comercializar esteladas en plástico, más duraderas que las de tela frente a la lluvia, el viento y otras inclemencias meteorológicas. La cosa salió bien y aún tira. Tanto es así que hoy una decena de personas vive de la venta de estandartes de todos los tamaños y tejidos, «si bien estos días lo que más sale son los pins metálicos del lazo amarillo, a 1,50 euros», cuyos beneficios, aseguran, van destinados a la Associació Catalana pels Drets Civils. «El 85% de nuestros productos están hechos aquí, pero también tenemos artículos de Asia y de distribuidores procedentes de otras comunidades autónomas», cuentan responsables del portal.

-¿Son todos ustedes pro independencia?

-Al principio había de todo. Ahora todos apoyamos el derecho a decidir. Al final, tienes que escoger. Las medias tintas no te llevan a ningún lado.

Un 'selfie' gigante

Desde Ciudad de México, su lugar de residencia desde hace cuatro años, el catalán Pau Luque, profesor de Filosofía del Derecho y autor del ensayo sobre el «otoño catalán» 'La secesión en los dominios del lobo (Catarata), reflexiona sobre los emblemas y su extraordinario poder de sugestión. «Se ha construido una correlación entre determinados símbolos, como la estelada, con sentimientos y sensaciones positivas. La bandera independentista ahora significa algo así como 'queremos iniciar un país nuevo, que va a ser mejor que en el que estábamos hasta ahora'. No tiene nada que ver la con la política. La gente, en general, quiere sentirse bien y no se puede acusar a nadie de querer sentirse bien».

Luque parafrasea a otro escritor, Daniel Gascón, autor de 'El golpe posmoderno', para describir el espectáculo de la próxima Diada. «Esas 'performance' masivas, perfectamente organizadas, tienen algo de 'selfie' gigante. Independientemente del mensaje político, hay algo de 'yo soy el protagonista', voy a estar en las redes sociales y todo el mundo lo va a ver. Uno podría preguntarse: '¿Y por qué no se reúnen miles de personas que les gusta no sé qué?'. Supongo que hace falta un componente sentimental y probablemente identitario para cohesionar a tanta gente», apunta el autor.

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