El mal sueño que no tiene cura

Henry Nicholls, periodista científico y autor de 'Duérmete ya', en un hotel madrileño. :: virginia carrasco/
Henry Nicholls, periodista científico y autor de 'Duérmete ya', en un hotel madrileño. :: virginia carrasco

Henry Nicholls es narcoléptico. Sufre episodios de sopor incontrolable por el día y a veces se desploma inconsciente. «De noche dormimos muy mal»

ANTONIO PANIAGUA

Henry Nicholls descubrió en el peor momento que era narcoléptico. Cuando tenía 22 años, este zoólogo se encontraba en el desierto de Kalahari de Sudáfrica oteando el horizonte. Vigilaba para evitar la cercanía de leones cuando de repente se durmió. Se despertó sobresaltado, sin estar muy seguro de no haber sido devorado por las fieras. Se había hundido en un profundo sopor, lo que confirmó cuando se dio cuenta de que tenía las marcas del volante del jeep que conducía en la frente. Desde ese momento se interesó por su enfermedad y otros trastornos del sueño, hasta el punto de que hoy es uno de los mejores divulgadores científicos de la dolencia que padece, que en su caso no es muy grave. Nicholls, periodista científico especializado en evolución e historia de la ciencia, vive en Londres con su mujer y dos hijos y acaba de presentar en España su libro 'Duérmete ya' (Blackie Books). Existe la creencia muy extendida de que los narcolépticos son tipos con suerte que sestean allí donde les place, un tópico que se desmonta fácilmente. «De noche el sueño es muy fragmentario. Los pacientes dormimos muy mal», arguye el científico, que subraya que este tipo de enfermos sufren «alucinaciones terribles». Al final la narcolepsia y el insomnio son eslabones de una misma cadena. No en balde, para paliar sus problemas, a los narcolépticos se les suele administrar un somnífero potente.

Para el estudioso, el insomnio desencadena consecuencias letales. Si es repetitivo y no se duerme lo suficiente durante muchas semanas, acontecen sueños alucinatorios, al tiempo que se menoscaba la salud física y mental. Dicho de otro modo: «Si durmiéramos mejor, reduciríamos el riesgo de sufrir obesidad, cáncer, diabetes y accidentes cardiovasculares». La narcolepsia es un mal sueño: no tiene cura.

El autor, que escribe para la BBC y prestigiosas revistas científicas como 'Science' y 'Nature', a veces sufre episodios de cataplexia, como les ocurre a tres cuartas partes de los narcolépticos. Una fuerte emoción le hacer perder el tono muscular, con el resultado de que se desploma y queda inerte como un muñeco de trapo. Una vez, montado con su amiga Kate en un telesilla para sobrevolar una ladera, avistó una marmota. Sí, parece una broma pesada de la naturaleza. Cuando iba a abrir la boca para alertar a su compañera, se trabucó, clavó su cabeza en el pecho y quedó sumido en el colapso. «Si mis bastones de esquí no se hubieran quedado atascados, mi cuerpo se habría escurrido del mullido asiento y tanto los bastones como yo habríamos caído sobre la tierra embarrada desde una altura de unos diez metros», escribe en su ensayo.

Al ser una dolencia poco estudiada, son muchos los misterios que se ciernen sobre la cataplexia. Las ocasiones en que Henry Nicholls se ha desmoronado han ocurrido cuando se encontraba a gusto y en buena compañía. El colapso repentino sobreviene «en momentos de emoción, euforia o humor». El aburrimiento y la monotonía propician la narcolepsia; la alegría y la excitación, la cataplexia. Si Nicholls se encuentra delante de la tele solazándose con el ingenio de un humorista, sonríe y a lo sumo suelta una carcajada. Pero si está con amigos, la misma broma le puede hacer caer de bruces. Curiosamente, contar un chiste tiene más probabilidades de producir un colapso que escucharlo. «Tranquilo, no va a ocurrir porque no os conozco», dice al periodista y la fotógrafa con ironía. «Es un estado al principio placentero en el que no se pierde la conciencia, pero de la risa se puede pasar a un terror insondable. Por su elevada frecuencia, para mucha gente es muy incapacitante».

Base genética

Hay abundantes pruebas que identifican la causa más común de la narcolepsia con ataques autoinmunes. Así, el sistema inmunológico malinterpreta una infección de las vías respiratorias superiores y suprime por error las 30.000 neuronas que se estima existen en el centro del cerebro. En un órgano con más 100.000 millones de células, tal pérdida puede antojarse ridícula, pero el problema es que no son células ordinarias. Se encuentran en el hipotálamo, que ayuda a regular muchas de las operaciones básicas del cuerpo, como el paso diario de la vigilia al sueño. Estos neurotransmisores son las hipocretinas, también conocidas como orexinas. La narcolepsia es más común en determinadas razas de perros, lo que induce a pensar que posee una base genética.

La enfermedad no es tan minoritaria como se cree. Afecta a una de cada 2.500 personas. Babear en clase tomando apuntes por culpa del sueño puede parecer cómico. Eso le ocurría a Nicholls, quien subraya que la cosa no tiene ninguna gracia. «Nadie se mofa de la gente que carece de una extremidad, pero por desgracia la gente se sigue riendo de la narcolepsia. Yo lo puedo soportar, pero los efectos psicológicos en los niños sin diagnosticar son muy graves».

La narcolepsia afecta a una de cada 2.500 personas y produce frecuentes episodios de somnolencia incontrolables.

La causa más común de la dolencia es el ataque autoinmune. El sistema inmunitario humano interpreta de manera errónea una infección de las vías respiratorias superiores y liquida por error unas 30.000 neuronas. Son las implicadas en el tránsito de la vigilia al sueño.

Hay medicamentos que mejoran los síntomas de la enfermedad, pero ninguno de ellos es capaz de reparar el daño cerebral subyacente. Los narcolépticos sufren de noche numerosas interrupciones del sueño, con lo que al final acaban padeciendo insomnio. Para evitarlo, se les suele administrar fuertes somníferos. Tres cuartas partes de los enfermos padecen cataplexias, desfallecimientos en los que no se pierde la conciencia del todo.

Se ha observado que en ciertas razas de perros, como labradores y dobermans, el trastorno es hereditario. Los expertos han apreciado que el 98% de los pacientes son portadores de un gen (llamado HLA-DQB1*0602), que desempeña una función clave en los casos de narcolepsia y cataplexia.

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