El genial cirujano español de la segunda mano

El genial cirujano español de la segunda mano
VIRGINIA CARRASCO

El cirujano Francisco Piñal trasplanta dedos del pie a personas que sufren amputaciones dactilares. Suma ya 500 injertos de este tipo. «Las posibilidades de fracaso son infinitesimales», dice

ANTONIO PANIAGUA

Lo mismo opera a un chaval a quien un petardo potente le ha mutilado tres dedos que a un marino mercante con media mano amputada. Francisco Piñal, de 58 años, es tenido por uno de los mejores cirujanos de la mano del mundo. Es especialista en obrar lo que para el profano parece un milagro, pero que no es más que fruto de incontables horas de trabajo en el quirófano, estudio concienzudo y grandes dosis de pericia. Piñal es experto en trasplantar dedos del pie a la mano en pacientes que han sufrido lesiones graves. Ya hecho más de 500 injertos de este tipo, lo que le convierte en el cirujano con más intervenciones en su haber. El éxito se eleva a un 99%. Una vez trató a un profesor de piano que volvió a tocar su instrumento y ofrecer conciertos. «Las probabilidades de fracaso son infinitesimales», apunta Piñal. Después de casi un cuarto de siglo en la plantilla del Hospital de Valdecilla (Santander), ahora desempeña su labor en el madrileño Hospital La Luz, donde ocupa el cargo de jefe de servicio de Cirugía de la Mano y Muñeca.

Quedar privado del dedo gordo de la mano puede parecer un infortunio llevadero, pero es mucho más que eso. Sin pulgar se esfuma casi un 50% de la función de la mano. Sin él, cualquier tarea se torna muy difícil: manipular y agarrar objetos más o menos grandes se vuelve una tarea ímproba. «Con un trasplante del dedo gordo del pie a la mano mejora su función en un 90%. A la gente que le faltan los cinco dedos, le procuramos una pinza. Por un lado se hace el pulgar con el dedo gordo del pie y por otro transferimos el segundo y tercer dedo de otro pie», asegura Piñal, que ha pasado largas estancias en Estados Unidos y Australia aprendiendo los secretos de la microcirugía de la mano.

Es muy raro que alguien que maneje una sierra mecánica se cercene un único dedo desde la base. Lo más frecuente es sufrir cortes oblicuos que se llevan por delante el índice, el corazón y el trozo de un tercer apéndice, de modo que la escisión se registra a diferentes niveles. «En estos casos, reconstruimos la mano con los dedos más largos de los pies con el fin de que el paciente tenga una mano normal. No tratamos de poner dedos indiscriminadamente, ni tampoco colocar cuatro dedos de longitudes diferentes. Lo importante no es solo restablecer la función, sino dar armonía a todo el conjunto». En este cometido juega un papel muy importante la cirugía plástica. No se debe olvidar que una amputación dactilar comporta un gran impacto psicológico.

Sangre fría

Conectar nervios, huesos y tendones con el fin de restaurar el movimiento, la sensibilidad y el riego sanguíneo lleva su tiempo. A veces, solo son necesarias tres horas y media, pero otras se invierten hasta 18. Es entonces cuando hay que mostrar sangre fría, temple y control de la situación. «Jamás doy gritos ni me enfado. En Australia me enseñaron que si algo va mal en el quirófano, la responsabilidad es del cirujano. No se puede alterar el ambiente de un sitio donde es complicado estar».

En ningún caso son comparables las prestaciones de una prótesis con los injertos de dedos de pies. Los aparatos no aportan estabilidad ni permiten recuperar el tacto. Si la prótesis busca ante todo la estética, el implante restaura una función. En cualquier caso, el hecho de que los trasplantes sean exitosos no significa que carezcan de complejidad. «La clave de todo se llama microcirugía. Hay que conectar arterias de un milímetro de diámetro, lo cual exige coser por nueve puntos diferentes con un hilo que apenas tiene unas micras. Y también hay que conectar una vena para que salga la sangre. Nos valemos para todo ello de un microscopio. Colocar tendones y huesos se hace todos los días, pero la reconexión vascular es más excepcional». Para unir huesos se emplean tornillos, placas o alambres, elementos habituales del quehacer quirúrgico.

Desde principios de los años setenta se aplica la técnica del implante de dedos de pies en las manos. Es una cirugía que no se realiza en todos los hospitales y que exige una cualificación especial del cirujano. Para que el paciente se anime a que le sean rebanados uno o dos dedos del pie tiene que estar muy seguro y mentalizado. Si ya ha sufrido un traumatismo grave en la mano, es lógico que albergue prevenciones para someterse a otro. Entre los escasos equipos que afrontan el envite, el cántabro Piñal es el más prolífico.

El cirujano no se jacta de sus logros ni se mueve con la intención de erigirse en un plusmarquista internacional del implante digital. «En el quirófano me gusta estar concentrado en lo mío. Por eso no pongo música. Con mi equipo estoy relajado, pero en tensión».

Altruismo, no pijismo

Le molestan los médicos que, pese a su brillantez y habilidades acreditadas, se recrean ante las cámaras. Respeta a quienes, movidos por un afán altruista, viajan a países subdesarrollados para atender a los más desfavorecidos, pero recela de los afanes publicitarios.

- Hay compañeros suyos muy reputados que se van a operar gratuitamente a África a gente sin recursos.

- Existen organizaciones humanitarias que lo hacen muy bien. Pero no hay que confundir altruismo con pijismo. Hay gente que sólo quiere salir en la foto. No veo coherente pasar una temporada en África y luego cobrar 50.000 euros por una operación. Si aquí en la calle hay gente de sobra para ayudar, ¿para qué irse tan lejos? Si operas a alguien gratis en España, no tienes que ir por ahí voceándolo. Tengo amigos que viajan al Sáhara y al regresar no se dan el pote. Yo me puedo permitir el lujo de no cobrar a mucha gente que lo necesita porque, gracias a Dios, gano dinero. Ahora bien, si lo quieres hacer en la Seguridad Social, el sistema y los propios médicos te lo impiden.

Son muchos los amputados que preguntan a Francisco Piñal si quitar un dedo del pie les acarreará consecuencias indeseadas. «Temen salir del quirófano con una mano reconstruida pero cojos. La marcha no queda afectada. De lo contrario, tendría 500 cojos esperándome en la puerta». Es cierto que en las primeras semanas el paciente experimenta tirantez en la piel, pero al cabo de tres meses ni se acuerda.

Por lo general, lo recomendable es seccionar dos dedos de un pie y otros dos del otro, si bien siempre hay excepciones. El especialista se ha encontrado con amputaciones de todos los dedos en ambas manos. En esos casos, no hay más remedio que cortar tres dedos de cada pie, circunstancia que comporta secuelas de orden estético, aunque no queda mermada la capacidad de andar. «A Carl Lewis no le quitaría ni las uñas, pero a una persona normal no le perjudica nada. Podrá ir al trabajo, conducir y correr sin problemas».