Los secretos que aún quedan por explorar en la Antártida

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La Antártida, 14 millones de kilómetros cuadrados teñidos de blanco en los que aún queda mucho que explorar

IRMA CUESTA

Quienes lo conocen, un selecto club en el que apenas cabe un pequeño grupo de exploradores, militares y científicos, aseguran que hay 300.000 icebergs navegando por el océano antártico y rodeando al continente como una suerte de cinturón de asteroides blancos que uno nunca podrá olvidar. La Antártida, ese paraíso recóndito situado en un extremo del planeta en donde el agua no puede ser más pura ni el aire estar más limpio, ha quedado fijada para siempre en la retina de Felipe Trueba (Santander, 1975). Sus fotografías son las encargadas de mostrarle al mundo el trabajo, el esfuerzo y el compromiso de la expedición chilena que hace solo unas semanas regresó del Glaciar Unión, en lo que se conoce como Tierra de Ellsworth, junto a la cordillera Heritage. Un viaje de tres semanas que ninguna de las cuarenta personas que llegaron a ese santuario de hielo a bordo de dos Hércules del ejército chileno podrá olvidar jamás.

«El campamento de la Unión Glaciar, una estación polar operada por el Instituto Antártico Chileno, es una base de verano que solo está abierta durante aproximadamente cuatro semanas. Ubicada en el gigantesco glaciar de la Unión, es el tercer campamento más al sur del continente, bordeando los 80° de latitud sur», explica el autor de las imágenes que dan fe de la dureza del continente en el que encontró la muerte Robert Falcon Scott, uno de mejores exploradores de la historia.

«En la última expedición se seleccionó a un grupo de ocho científicos para trabajar en cuatro proyectos diferentes en esta estación remota, a poco más de mil kilómetros del Polo Sur», rememora Trueba. El Instituto coordina con las Fuerzas Armadas de Chile la logística de la expedición para facilitar las actividades de los científicos sobre el terreno, porque durante esas semanas los investigadores realizan mediciones, recopilan datos, participan en viajes de campo por tierra o aire, buscan formas básicas de vida y toman muestras de nieve, hielo y sedimentos. Un trajín en el que han participado las chilenas Sandra Troncoso y Sebastian Vega, que investigan la ecofisiología de los líquenes antárticos, un organismo compuesto que forma una planta similar a la corteza en rocas y paredes.

Nuevos héroes

Empeñadas en conocer la capacidad de supervivencia de unas plantas que pueden crecer en un lugar en el que faltan nutrientes, las temperaturas son solo aptas para los pingüinos y la intensa radiación UV y gamma bajo la luz diurna constante de los meses de verano hacen muy complicado mantenerse con vida, su trabajo es tan intenso como el de los investigadores Juan Manuel Carrera y José Jorquera, cuyo objetivo es evalúar la reflectividad en la Antártida. Ellos son quienes se encargan de calcular el albedo, que es el porcentaje de radiación que cualquier superficie refleja respecto a la radiación que incide sobre ella. Trueba cuenta que, con los datos recopilados en la Antártida, Carrera, Jorquera y otros colegas internacionales pueden trabajar para mejorar y rediseñar los modelos climáticos.

Escuchando a quien se ha encargado de levantar acta en imágenes de su tarea, no cuesta imaginar a ese puñado de mentes privilegiadas tratando de exprimir su tiempo en el continente blanco, especialmente el de los glaciólogos Ricardo Jana y Francisco Aguirre, responsables de analizar las condiciones climáticas del año pasado con muestras de nieve, y de verificar el movimiento general del glaciar. De su estudio, de la corrección, por pequeña que sea, que realicen de los datos ofrecidos por los satélites, depende la seguridad de futuros viajes de campo científicos y de sus integrantes.

«Puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, entre caer en una grieta o evitarla», explica Trueba, orgulloso de quienes han sido sus compañeros. Como Nicolás Bruna y Matías Vargas, que durante semanas han recolectado sedimentos alrededor del glaciar en busca de nanopartículas, microorganismos en bacterias capaces de catalizar reacciones químicas en ambientes extremos. «Amundsen, Scott o Shackleton son héroes del siglo pasado. Los científicos y los soldados son los nuevos aventureros», dice quien acaba de concluir su último viaje al continente blanco.

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