La verdad tras los brotes de sarna: nunca se han ido y hay más casos

La verdad tras los brotes de sarna: nunca se han ido y hay más casos

Los brotes no dejan de multiplicarse en geriátricos, cárceles y hospitales. Los expertos aseguran que el parásito «siempre estuvo ahí» y que «se conocen menos casos de los reales»

ANTONIO CORBILLÓN

Asociamos la sarna a tiempos pretéritos. A falta de higiene y pobreza. A una sociedad con poca cultura del lavado de pieles y ropajes. A niños masificados en aulas mientras compartían liendres, chinches, pulgas y este picajoso parásito que no puede vivir sin nosotros. Por eso nunca se ha marchado. El viejo refrán de 'sarna con gusto no pica' le dio una permanencia en nuestro imaginario que un ser tan incómodo no se merecía.

Y por eso ha servido para que nunca lo olvidáramos del todo. «Lleva con nosotros miles de años. Y no es patrimonio de ningún país, raza o climatología», resume la médico de Familia e investigadora del Centro Nacional de Epidemiología Beatriz Martínez. De hecho, parece estar más activo que nunca. En las últimas semanas se han multiplicado los brotes de sarna, con especial incidencia en centros hospitalarios catalanes. «No es algo que nos sorprenda a los médicos. Es raro que pase una semana sin diagnosticar alguno», admite la doctora Rosa Taberner, miembro de la Academia de Dermatología y Venereología y autora del blog DermaPixel.

En Cataluña se diagnosticaron el pasado año 117 brotes, que afectaron a cerca de 700 personas. Una cifra ligeramente superior a la de todo el periodo 2010-2017, cuando se registraron 115 y casi mil personas atendidas. Algunos casos han sido especialmente llamativos al cebarse con centros médicos.

En el hospital de Sant Joan de Reus (Tarragona) 35 personas, la mayoría sanitarios, sufrieron un foco detectado a mediados de enero. Por estas mismas fechas pero en 2018, otros 35 trabajadores del servicio de urgencias de este mismo hospital soportaron un caso similar. Una situación que derivó en un conflicto laboral al negarse las autoridades sanitarias a conceder días de baja a los médicos infectados, quienes advertían del riesgo multiplicador hacia sus pacientes.

En Vigo se tuvo que aislar un área del hospital Povisa (centro concertado con el Servicio Gallego de Salud) al detectarse otra crisis la pasada semana. En Madrid se originó en un centro de acogida de menores en el barrio de Hortaleza. En la prisión de Córdoba se localizaron varios brotes desde Navidad, el último de los cuales ha obligado a aislar un módulo entero de reclusos. Los sindicatos de prisiones han denunciado que es la prueba del «caos y hacinamiento» en que viven.

En Murcia los casos se multiplicaron por cinco en 2018. En Extremadura, y solo en marzo del año pasado, se contaron 16 casos en residencias de mayores; en Andalucía, también durante 2017, se han declarado brotes en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla, en el Universitario de Huelva y en algunos colegios del Valle del Lecrín en Granada. En Toledo se propagó un foco en un colegio en mayo. También en un instituto de Alicante se han tenido que controlar una serie de contagios este curso. En residencias de mayores de Galicia han empalmado brotes en 2013, 2014, 2015 y 2016. La lista se haría interminable y casi ninguna comunidad queda inmune.

Pero los datos que trascienden no reflejan ni de lejos la verdadera incidencia del problema. «No es una enfermedad de declaración obligatoria y eso impide tener el control exacto de cuántos casos hoy», aclara Rosa Taberner, que también es médico adjunto de Dermatología en el Hospital Son Llàtzer de Palma de Mallorca.

Infradiagnóstico

Los profesionales hablan de «infradiagnóstico», en el sentido de que solo llegan a la opinión pública los casos más llamativos. Esa visión asociada a la miseria de esta plaga la «ha estigmatizado», reconoce la epidemióloga Beatriz Martínez. «Se tratan muchos brotes familiares, en especial en los dos extremos de la pirámide poblacional: niños y ancianos». Pero cuando no pasan del ámbito familiar se quedan en la intimidad de la relación médico-paciente. Solo cuando afectan a lugares públicos se declaran y toman medidas.

Es decir, aquellos que se producen en centros de ancianos (41% de los casos), colegios, hospitales o prisiones. Lugares de más fácil contagio al reunirse muchas personas y compartir espacios comunes: sofás, sillas, mantas... «Hacinamiento y convivencia estrecha son sus mejores aliados», recuerdan las expertas consultadas.

No sabemos cuántos casos de pieles invadidas por este molesto parásito sufre un país como España. Pero las autoridades sanitarias de la ONU calculan que más de 300 millones de personas son invadidas cada año por él. Allá donde se le busque, este molesto e invisible ácaro está presente. No sabe vivir sin estar bajo nuestra piel. «Fuera de ella no sobrevive ni un día», insiste Taberner.

La sarna, también conocida como escabiosis, es un mal parasitario que genera un ácaro de la familia 'Sarcoptidae' que, visto bajo el aumento de un microscopio, da una temible impresión. Este bichito es un auténtico 'cultivador' de nuestra epedirmis. Penetra en la piel labrando un surco. En ese espacio se produce la cópula, tras la cual el macho muere. La hembra inicia una frenética puesta de huevos, entre dos o tres diarios, durante su vida que no suele prolongarse más allá del mes.

Una de las dificultades para luchar contra las plagas de sarna es su complicado pronóstico. Desde el Ministerio de Sanidad explican que el plazo de incubación antes del inicio de los síntomas (los picores y escozores difíciles de soportar) en personas sin exposición previa oscila entre las 2 y 6 semanas. Sin embargo, sus víctimas que han sido previamente infestadas notan sus efectos en apenas un día, y nunca más allá del cuarto.

A pesar de su rápida capacidad de propagación, este incómodo inquilino de nuestro cuerpo es bien conocido por los especialistas. «Es muy raro que tenga efectos secundarios -explica Beatriz Martínez-. Apenas se conocen sobreinfecciones por la falta de tratamiento y la interacción con ciertas bacterias. Pero las hospitalizaciones son mínimas». La curación se logra con cremas antiparasitarias efectivas y de efecto inmediato con compuestos como la permetrina. Para garantizar su eliminación suele recomendarse una segunda dosis una semana después, que corta cualquier riesgo de que se reprozca el ciclo de eclosión de las larvas.

Ideas falsas

La alarma provocada por las noticias de brotes en lugares públicos ha generado ideas erróneas como las que relacionan las crisis de sarna con la llegada de inmigrantes irregulares o con el clima mediterráneo. El Ministerio de Sanidad no realiza estadísticas de los casos tratados. Pero, tras consultar la literatura médica oficial, la doctora del Sistema Nacional de Salud Beatriz Martínez destaca que «el 90% de los casos se generan en población autóctona». De igual forma, todos los países occidentales, ricos o menos ricos, desde Suecia a Grecia, los sufren. Como única variante, los investigadores solo destacan la existencia de la sarna noruega, un parásito «muy contagioso y habitual en áreas hospitalarias con personas con el sistema inmunológico deprimido».

Otro error es relacionar la sarna con animales, ya que es un ácaro específicamente humano. El resto de seres vivos también desarrollan sus propios e incómodos inquilinos en su organismo.

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