Los masáis dejan atrás sus ritos más cruentos

Los críos con mayores aptitudes de liderazgo pintan su cara y cuerpo con motivos en blanco. / :: REPORTAJE FOTOGRÁFICO DE REUTERS / BAZ RATNER
Los críos con mayores aptitudes de liderazgo pintan su cara y cuerpo con motivos en blanco. / :: REPORTAJE FOTOGRÁFICO DE REUTERS / BAZ RATNER

Ascuas en la piel, extracción de dientes con 4 años, ablación de clítoris... Queda la circuncisión: sin anestesia y sin pestañear

ISABEL IBÁÑEZ

Ser masái implica muchas cosas, antes y ahora, porque este pueblo integrado por unas 800.000 personas repartidas entre Kenia y Tanzania es uno de los que más celosamente mantienen sus tradiciones. Entre ellas, los ritos para abandonar la niñez y convertirse en adultos, lo que conlleva que, generación tras generación, los críos pasen por tragos que escandalizarían de realizarse en esta parte del planeta. Prácticas sangrientas en la mayoría de los casos que hasta ahora debían sufrir si no querían ser rechazados. Diferentes según el sexo, porque allí es el hombre quien decide, quien puede tener varias esposas, mientras las mujeres adoptan el papel de madres de sus hijos y cuidadoras del hogar -muchas de ellas, además, obligadas a casarse cuando aún son unas niñas-. Pero las cosas están cambiando.

Empezando por las mujeres. Hasta hace poco, al llegar a los 12 años -y a veces antes- eran sometidas a la ablación del clítoris, prohibida hoy en Kenia y Tanzania, donde esta lacra se ha reducido un 30% en pocos años -y es mucho más persistente en países como Somalia, Mauritania o Gambia-. Precisamente, el último premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional fue para Nice Nailantei Leng'ete, guerrera masái de 27 años que está luchando contra la mutilación genital femenina como embajadora de Amref Health Africa (la mayor ONG internacional sanitaria de origen y gestión únicamente africanos). En su país, Kenia, ha salvado ya a 15.000 jóvenes de la ablación y el matrimonio infantil.

Nice Nailantei Leng'ete nació en Kajiado, la región de la que proceden las imágenes de este reportaje, donde puede verse a varios niños de la población de Ilbisi dispuestos a enfrentarse al rito que aún se les exige para convertirse en guerreros. Ella es la única mujer de su tribu con carrera universitaria, y con su lucha ha conseguido instaurar el 'rito de paso alternativo', por el que las chicas solo deben cortarse el pelo, salvando su clítoris. «Al crecer, solía asistir a estas ceremonias de circuncisión y podía ver mucho dolor. Todas las niñas de mi aldea, después de ser circuncidadas, tuvieron que abandonar la escuela y casarse con hombres viejos que ni siquiera eran de su elección. Niñas de 10 o 12 años. Se les considera mujeres porque se han sometido a circuncisión, pero son niñas. Ver ese dolor fue lo que me hizo darme cuenta de que era algo que no quería hacer». Tras varios intentos de fuga, logró convencer a su abuelo -y al resto- para eludir este ritual y así pudo seguir estudiando y embarcarse en esta lucha por las demás mujeres, algo que, por suerte, cada vez entienden más los hombres de su pueblo.

Los chicos, sin embargo, siguen entregándose a su circuncisión, en un rito en el que deberán mantener su rostro hierático mientras cortan su prepucio sin anestesia, tras sumergirse en agua fría para adormecer un mínimo sus partes. Si expresan dolor perderán la consideración del grupo. Los niños de las fotos, de entre 9 y 15 años, están inmersos en la ceremonia previa, denominada 'enkipaata', que ocurre una vez cada 8 o 10 años para toda una generación de chavales; en ella se ganan el 'derecho' a ser circuncidados. Los que presentan mayores aptitudes para ser líderes pintan su cuerpo con motivos blancos y todos le dan un bocado al corazón (u otras partes, según la tribu) de un toro o vaca. Inmediatamente después, llegará la circuncisión o 'emuratare', en un ámbito más familiar.

«Si te estremeces...»

Philip Ole Salaton es un masái de Kenia fundador de la página 'Maasai History', en Facebook, red social a través de la cual explica a este periódico los ritos por los que él tuvo que pasar, algunos de los cuales, los más dolorosos, están siendo abandonados: «Lo más difícil para mí fue la circuncisión y la extirpación de los incisivos inferiores con cuchillo a los 4 años, práctica que ya no se hace debido al dolor y el sufrimiento que ocasionaba. A medida que crecemos, nos hacen tatuajes en el estómago y los brazos, soportando cientos de pequeños cortes. Antes también nos colocaban carbones ardiendo sobre la piel para ponernos a prueba y nos cortaban las orejas a niños y niñas en la parte superior con hierro caliente. Luego se abría un orificio en el lóbulo que se agrandaba insertando rollos de hojas o bolas de madera o barro; cuanto más grande, mejor. Esto también se está dejando atrás».

Explica el masái que la circuncisión en sí implica «un gran dolor físico y pone a prueba el valor de un joven. Si te estremeces, te avergüenzas y deshonras a ti y a tu familia. Como mínimo, los miembros de tu grupo de edad te ridiculizan y pagas una multa de una cabeza de ganado. Sin embargo, si demuestras valentía, recibes regalos vacunos y ovinos... Ya eres guerrero». Aun así, Philip Ole Salaton se muestra de acuerdo con seguir manteniendo la tradición de marcar la transición entre un grupo y otro de edad, respetando las prohibiciones que contempla la ley (ablación de clítoris) y el abandono de las prácticas más duras.

Las ceremonias no acaban en la adolescencia, explica Charles Leshore Lepantas, masái perteneciente a la ONG Amref Kenia, pero ya no conllevan sufrimiento infantil: «Ocho años después, el 'eunoto' marcará el paso a la edad adulta, y finalmente, con el 'olngesherr' te conviertes en anciano y orientador de los jóvenes. Al finalizar los ritos, los invitados lo celebran bailando y bebiendo grandes cantidades de aguamiel, bebida fermentada». Pronto habrá una nueva remesa de niños listos para soportar el dolor sin pestañear.

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