Ricos al rescate de Notre Dame

Ricos al rescate de Notre Dame

Las llamas aún consumían Notre Dame cuando las grandes fortunas desenfundaron sus carteras. El lujo al servicio de la gran dama

IRMA CUESTA

La madrugada del 16 de abril, cuando las llamas iluminaban el cielo de París y los franceses rezaban para que un milagro salvara su iglesia, François Pinault descolgó el teléfono y anunció que su familia donaría 100 millones de euros para volver a levantar la catedral. El emperador del lujo, artífice de un imperio con una capitalización bursátil de 67.000 millones de euros y 30.500 empleados repartidos por todo el mundo, fue el primero en desenfundar la cartera pero no el único. Le seguirían los Arnault, dueños de LVMH; el Grupo L'Oreal tras el que se esconden los Bettencourt-Meyers, herederos del imperio cosmético francés por excelencia; Jean-François y Jean-Charles Decaux, hijos del fundador del gigante publicitario JCDecaux, los hermanos Martin y Olivier Bouygues, Patrick Pouyanne, CEO del gigante petrolero francés Total... Cientos de millones a los pies de Notre Dame solo unas horas después de que uno de los templos más emblemáticos de Europa estuviera a punto de quedar reducido a cenizas, en un ejercicio de generosidad que ha cosechado tantos aplausos como críticas. Y es que, frente a quienes alaban el gesto de aquellos que pueden permitirse firmar cheques millonarios sin despeinarse, los hay que opinan (el colectivo de los chalecos amarillos y el grupo Anonymous, entre otros) que ese dinero debería destinarse a las muchas hambrunas que asolan el mundo. También hay quien ha colocado el foco en las supuestas exenciones fiscales a las que estarían sujetas dichas donaciones, por más que algunos de esos mecenas ya hayan anunciado que no las aceptarán o los que ven en todo esto una nada altruista operación de marketing. Pero, polémicas al margen, ¿quién está detrás de semejante bolsa de dinero? Tan grande, tan abultada, que ya hay quien bromea con la idea de aprovechar para levantar una Notre Dame el doble de grande.

François Pinault

«Esta tragedia afecta a todos los franceses»

Aunque viéndolo rodeado de obras de arte y glamur, da la impresión de que François Pinault nació y creció envuelto en lujo, nada más lejos de la realidad. De hecho, François (Rennes, Bretaña, 1936) vino al mundo en el seno de una familia de campesinos modestos que decidieron hacer un esfuerzo para que su hijo estudiara en un buen colegio. Una estupenda idea que lo habría convertido en un prestigioso abogado o en un ingeniero de éxito si no fuera porque, harto de ser el hazmerreír de sus compañeros de clase, niños de familias bien de la zona que le llamaban paleto, dejó el colegio y regresó a casa para trabajar con su padre. A la vuelta de un par de décadas, en 1962, el joven bretón iniciaría un camino sin retorno que obligaría a aquellos pijos del colegio a rendirse a sus pies. Pidió un préstamo y montó un negocio maderero en su ciudad natal sin saber que estaba colocando el primer ladrillo de su propia catedral. Años después, Gucci, Yves Saint Laurent, Balenciaga, Bottega Veneta, Alexander McQueen, los almacenes Printemps, la casa de subastas Christie's, y la marca de ropa deportiva Puma son solo algunas de las joyas de la familia Pinault.

Monsieur Pinault, ¿dónde aprendió usted a amar el arte y por qué empezó a coleccionarlo? le preguntó hace tiempo una periodista al hombre que, además de levantar un imperio económico de la nada, se ha convertido en uno de los mayores y más importantes coleccionistas del mundo. «Procedo de un entorno modesto y de una región ruda donde el arte no formaba parte de lo cotidiano. Pero, en cierta forma, los bosques bretones, sus costas, sus paisajes graníticos, han agudizado mi sensibilidad hacia lo extraordinario. Mi pasión fue tardía, pero sucedió hace ya mucho. Podría decirse que el arte me atrapó» contestó el patriarca de una estirpe que ha incorporado a sus filas a la mismísima Salma Hayek, casada con su hijo François-Henri, actual cabeza del imperio. «Esta tragedia afecta a todos los franceses y va más allá de quienes se sienten ligados a ella por valores espirituales». Esa es frase con la que los Pinault han acompañado su cheque de cien millones de euros. El objetivo, aseguran, es volver a levantar Notre Dame lo antes posible. Que no sea por dinero.

Bernard Arnault

«Notre Dame es símbolo de Francia y de su unidad»

Bernard Arnault (Roubaix, 1949) tenía 21 años cuando, en su primer viaje a Nueva York, tuvo una suerte de revelación. El tercer hombre más rico del planeta (su riqueza equivale a casi un 0,5% de todo el PIB de Estados Unidos) acababa de aterrizar en la ciudad de los rascacielos, cogió un taxi e inició una conversación con el conductor que no tardó en preguntarle al joven estudiante de ingeniería de dónde era. Minutos después supo que aquel hombre identificaba Francia con Christian Dior, más que con ninguna otra cosa; que a ese lado del mundo la mítica casa de alta costura era una suerte de emblema.

Cincuenta años más tarde, Dior es una de las setenta marcas de lujo que se protegen bajo el paraguas del grupo Moët Hennessy- Louis Vuitton, más conocido como LVMH. Lacroix, Céline, Gucci, Kenzo, Givenchy, Alexander McQueen, John Galliano, Loewe, Marc Jacobs, Dom Pérignon, Sephora, Chaumet, Bulgari y la cadena de hoteles de lujo Belmond son solo algunas de las joyas del que muchos consideran el vigente rey de Francia. Con una fortuna estimada en unos 66.000 millones de euros, aseguran que en su estilo, sofisticación y clase radica el éxito de sus negocios. Suyo es el cheque de 200 millones de euros que horas después de declararse el incendio el Gobierno de Emmanuel Macron tenía sobre la mesa. «Para la reconstrucción de esta extraordinaria catedral, símbolo de Francia, de su patrimonio y su unidad», explicó el grupo que capitanea Arnault en un comunicado, poniendo a su disposición su nutrido ejército de creativos, arquitectos y economistas. Se trata, aseguran algunos analistas, del gesto lógico de quien en más de una ocasión, en la que ha tenido algún que otro problema con el gobierno de turno de la república, ha puesto sobre la mesa el «apego» a Francia y su «fe» en el futuro del país. Otros están convencidos de que el implacable millonario acaba de cerrar la mejor operación de marketing de su vida. Su historia no es la del hombre de origen humilde que se hizo a sí mismo, pero también es la de un triunfador que ha demostrado tener un privilegiado olfato para los negocios.

Françoise Bettencourt

La mujer más rica del mundo se suma a la causa

Siguiendo la estela de los otros grandes (ricos) de Francia, Françoise Bettencourt-Meyers, la mujer con más dinero del mundo con una fortuna de 44.000 millones de euros, ha comprometido la donación de otros 200 millones para recuperar la iglesia más icónica de su país. La nieta del fundador de L'Oreal, Eugéne Schueller, inventor de los tintes de pelo y artífice del megaimperio cosmético, ha salido del anonimato en el que lleva años refugiada para dar un paso al frente y aportar a la causa una nada despreciable cantidad de dinero. Y es que Françoise Bettencourt, que se definió a sí misma como una niña «salvaje y solitaria», lleva décadas fuera de los focos. Austera, discreta, erudita (ha publicado un volumen de cinco tomos reflexionando sobre la importancia de las relaciones entre el cristianismo y el judaísmo), aún recuerda con espanto los meses en los que el affaire de su madre, la imponente Liliane, con el fotógrafo François Marie Barnier, 25 años más joven, la colocó en el centro de un huracán mediático. Françoise se vio obligada a denunciar al amigo-amante de su madre, 25 años más joven que la por entonces casi nonagenaria millonaria, porque la avaricia del famoso fotógrafo, que ya le había sacado casi mil millones de euros en regalos, parecía no tener fin. Aquello enfrentó a madre e hija y sirvió decenas de titulares. Cuando el asunto se resolvió con una condena a Barnier, Françoise volvió a sus libros. Hace dos semanas, su donación ha vuelto a convertirla en protagonista. Eso sí, la familia Bettencourt se han negado a comentar el asunto.

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