El pueblo sin apéndices

El pueblo sin apéndices

Para lograr destino en Villa Las Estrellas, el asentamiento más austral de Chile, hay que pasar a la fuerza por el quirófano

ANTONIO CORBILLÓN

En Villa Las Estrellas nadie sufre lo que los médicos llamaban en la Edad Media la 'enfermedad del costado'. Hace cientos de años la gente moría de apendicitis por falta de conocimientos. La cirugía no se había desarrollado. En este poblado chileno en mitad de la Antártida tampoco hay cirugía para operar un caso puntual de perforación en el estómago. Por eso, antes de lograr destino allí hay que someterse a una operación de apendicitis (salvo los menores de 6 años) y a varios estudios psicológicos que probarán una fortaleza a prueba de los rigores del Polo Sur.

Sus 100 residentes habituales se reparten en dos docenas de casas ubicadas a 62 grados de latitud sur en plena isla Rey Jorge y a 1.600 kilómetros de Punta Arenas, la ciudad más austral del país. Su hospital es en realidad una especie de contenedor, muy parecido a esos que pueblan las playas españolas con el emblema de la Cruz Roja en sus paredes exteriores. No hay cirujanos especialistas en el área, solo un médico de cabecera. En caso de evacuación, el hospital más cercano está a 625 millas náuticas (unos 1.200 kilómetros) al otro lado del océano Austral.

La única forma de salir de allí es subirse a uno de los aviones militares Hércules C-130 que conectan la pista de gravilla de la base con el exterior. «Debemos estar preparados para mantener a una persona con vida dos o tres días, el tiempo que tarda un avión en salir de aquí», explica el comandante de la base, Sergio Cubillos, a los pocos visitantes que acuden a conocer cómo es la vida siempre bajo cero (-2,3ºC de media anual) y casi siempre de noche. Hay meses enteros en los que el tiempo de luz natural apenas pasa de media hora.

Todo el personal que acepta este destino lo hace en parte atraído por los buenos incentivos económicos con que el Gobierno anima a los residentes. El escritor de viajes Javier Reverte, que acaba de publicar el libro 'Confines' sobre sus periplos por los dos polos, no llegó hasta Villa Las Estrellas, pero sí a otros asentamientos militares en los que «los chilenos se pelean por unos destinos muy bien pagados».

'Bienvenidos Fuerza Aérea Chilena. Base Antártica Eduardo Frei Montalvo'. El cartel recibe en la pista a los foráneos. Al lado, un pilar de flechas con distancias de otros puntos del mundo: Beijing (Pekín) 17.501 kilómetros. Villa Las Estrellas nació en 1984 cuando el dictador Augusto Pinochet decidió dejar claras las intenciones territoriales de Chile en el continente helado. Argentina es el otro estado que tiene personal permanente en el Polo Sur, al margen del científico. El resto de los 24 países con bases en este desierto blanco (entre ellos España) solo alojan, muchos de forma temporal, a investigadores.

En la zona hay algo más de 30 militares y una rotación de científicos y personal civil de la Fuerza Aérea, que permanecen en periodos de varios años y traen a sus familias. Eso se traduce en que en este 'congelador' vital hay una pequeña escuela, oficina de correos, un banco y hasta un gimnasio climatizado. En temporada alta duplica su censo convencional y se acerca a los 200 residentes. En todo caso, muchos menos que las extensas colonias de focas, lobos marinos y pingüinos.

Planeta blanco

Quienes han pasado allí una temporada, que en su caso suelen ser no menos de dos años, dicen que debe ser lo más parecido a «vivir en otro planeta». Las condiciones atmosféricas así lo sugieren. Durante tres meses soportan una oscuridad total y la temperatura nunca sube de 20 grados bajo cero. Entre los callejones de las casas del poblado se instalan tres metros de nieve y el crepúsculo se confunde con el amanecer.

No hay transición y la fotosíntesis de cualquier planta es una utopía. La paleta del arco iris desaparece durante el tiempo de estancia. En el paisaje todo es negro, gris y blanco. Incluida la iglesia ortodoxa que gestionan unos monjes rusos y que domina Villa Las Estrellas desde una colina cercana.

Y, sin embargo, los lazos de la subsistencia se hacen fuertes. «La vida en familia en la Antártida es muy tranquila y agradable porque pasamos mucho más tiempo juntos que antes», explicó a la agencia Efe la periodista Macarena Villarreal, madre de dos niños de 2 y 6 años y mujer de otro militar.

Lo de permanecer juntos y compartir actividades es por pura necesidad. En las semanas más crudas del invierno, cuando los vientos superan los 200 kilómetros por hora y el termómetro no sube de 30 bajo cero, los niños ni siquiera pueden cruzar la calle para ir al colegio. Hay semanas en que nadie puede salir de los 70 metros cuadrados que ocupa cada casa.

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