Científicos de Granada desarrollan el detector de mentiras más fiable: así funciona

Científicos de Granada desarrollan el detector de mentiras más fiable: así funciona

Científicos granadinos se apoyan en la termografía para crear el detector de mentiras más fiable.La temperatura facial delata al embustero

SUSANA ZAMORA

Los hay que se tocan la nariz, quienes desvían la mirada o los que tiran de una verborrea nerviosa para defender su engaño. En estos casos, el mentiroso es incapaz de aguantar la presión y acaba delatándose con sus gestos. Pero en esto del embuste hay auténticos profesionales, capaces de mantener a raya al mejor de los polígrafos. Dice Emilio Gómez que la mentira es un fenómeno «complejo» y que, contrariamente a la sabiduría popular, que defiende que se coge a un mentiroso antes que a un cojo, desenmascarar a un falso es «muy difícil». Pero este científico del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento de la Universidad de Granada ha declarado la guerra a los cuentistas y ha desarrollado el método más exacto hasta la fecha para averiguar si una persona miente o dice la verdad.

Tras seis años de estudio, ha demostrado que su detector de mentiras, basado en la técnica de la termografía, es más fiable que los famosos polígrafos (instrumentos de medición utilizados para el registro de respuestas fisiológicas) y que otras técnicas de imagen cerebral empleadas en investigación, ya que ofrece un nivel de exactitud de hasta el 80% (un 10% más que el polígrafo). A través de una cámara térmica, que captura radiaciones infrarrojas que escapan a la vista y al tacto del ser humano, Gómez ha comprobado cómo los estados mentales afectan a la temperatura de las distintas partes del cuerpo. «Es el cerebro emocional el que activa o desactiva al sistema nervioso autónomo (el que controla las funciones involuntarias, como la frecuencia cardíaca, la respiratoria, la salivación o la sudoración), el que marca el ritmo del corazón, si fluye más o menos sangre y, por tanto, el que determina al final si una parte del organismo está más o menos fría en función de la vasodilatación o vasoconstricción», explica Gómez.

Sobre esta base, el equipo que dirige el investigador ha demostrado que cuando alguien miente, la temperatura de la punta de su nariz desciende entre 0,6 y 1,2 ºC, mientras que la de la frente sube entre 0,6 y 1,5ºC. Es lo que han denominado 'Efecto Pinocho'. «Cuanto mayor sea la diferencia entre ambas regiones de la cara, más probable es que esa persona esté mintiendo», señala el investigador. Pero, ¿qué sucede para que se desencadenen estas alteraciones térmicas? Por un lado, hay una respuesta emocional del cuerpo, dado que el mentiroso se pone nervioso ante la posibilidad de que lo pillen en el renuncio. «Esa ansiedad afecta al patrón respiratorio, que disminuye la llegada de sangre y, por tanto, provoca un enfriamiento de la nariz», detalla Gómez. En segundo lugar, hay otra cognitiva, porque para mentir hay que pensar y eso requiere un esfuerzo mental que dispara la temperatura de la frente. Por último, una social, que tiene su reflejo en las mejillas. «Cuando fingimos, lo hacemos siempre con otras personas, que evalúan lo que decimos y nos obligan a ser convincentes. Al mentir, no siempre lo conseguimos. Esa emoción es la autoconciencia y la que determina si al final los mofletes acaban calientes o no».

Cuestión de probabilidades

El modelo probabilístico desarrollado por la Universidad de Granada ha determinado que si se dan simultáneamente las tres respuestas (emocional, cognitiva y social) habrá un 80% de probabilidad de que la persona esté mintiendo. «Al menos se tienen que dar dos de ellas para declarar mentiroso a alguien, y dependiendo del tipo de respuesta nos dará una pista más o menos fiable. Si solo le sube la temperatura de la frente, la probabilidad de que esté falseando la realidad es del 70%, mientras que si únicamente se le enfría la nariz, es de un 55 o 60%».

En el estudio, publicado en la revista 'Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling', han colaborado 60 universitarios. La mitad se prestó a defender por teléfono una mentira, de gran implicación emocional, durante al menos tres minutos. El reto ahora es salir del laboratorio, probarlo en situaciones reales (interrogatorios a detenidos, aduanas...) y desarrollar un algoritmo que automáticamente emita su veredicto. «Ahora mismo, sin dinero, sin informáticos y sin criminales, no podemos avanzar más en el proyecto», lamenta el científico.

 

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