«En los 60 iba por Nueva York con alzacuello y no llamaba la atención»

«En los 60 iba por Nueva York con alzacuello y no llamaba la atención»

«En mi primer fin de semana allí fui a ver el 'Guernica'. Me llevé una impresión enorme», dice el biólogo, que entonces aún era dominico

CÉSAR COCA

Ha escrito más de mil artículos sobre temas científicos, en especial relacionados con la Biología molecular y la Genética, y ha publicado 25 libros, algunos de ellos como coautor. Pero Francisco Ayala no ha olvidado que los primeros textos suyos que vieron la luz en una revista fueron publicados en Costa Rica y trataban... sobre cine. Ayala, uno de los científicos más famosos del mundo en su campo, lo recuerda con nitidez. Son textos de su época de estudiante en Salamanca. En aquella ciudad, al mismo tiempo que se preparaban las famosas 'Conversaciones' de 1955 en las que participaron quienes luego renovarían por completo el cine español, él creó un cine-club. Muchas de las películas que proyectaban allí luego las llevaba al convento de San Esteban para que las vieran los dominicos. Porque entonces, él era uno de ellos. Hay que imaginarlo con las películas bajo el brazo, yendo al laboratorio donde hacía las prácticas de Química o cruzando la plaza Mayor vestido con hábito blanco, esclavina y capa negra hasta los pies. Es una parte fundamental de un humanista que ha tratado de conciliar ciencia y religión al tiempo que ha sido muy activo en la lucha contra la enseñanza del creacionismo en la escuela, tal y como se plantea en EE UU. Porque Ayala tiene nacionalidad española y estadounidense y es en aquel país, concretamente en California, donde ha pasado la mayor parte de su vida. Pero mucho antes de aquello, fue un niño que no sufrió los avatares de la guerra, aunque para ello tuvo que dejar su casa de Madrid. La familia pudo hacerlo justo antes del levantamiento militar porque el padre recibió un aviso.

-Fuimos en un viaje corto a Francia, luego de allí nos trasladamos a Quintanilla del Rebollar, un pueblo de Las Merindades, en Burgos, y más tarde a Bilbao. Una de mis hermanas, la que va después de mí, nació allí.

-Regresaron a Madrid nada más terminar la guerra. Tenía cinco años. ¿Recuerda algo?

-Sí, me acuerdo de nuestra entrada en Madrid, y de cómo había vallas en las calles que impedían el acceso a algunos lugares. La casa estaba bien y nos la encontramos perfectamente acondicionada, así que supongo que alguien habría ido antes por allí para prepararla.

-¿Dónde surgió su vocación religiosa, en el colegio?

-Mis padres eran católicos devotos, sobre todo mi madre. Íbamos al colegio de las Escuelas Pías, que estaba entonces en la calle Mayor, muy cerca del Palacio de Oriente. Me acuerdo de la escuela, de las clases y compañeros. Quizá no del primer año que fui, pero si de 1942 o 1943, que ya tenía ocho o nueve años. Supongo que fue allí.

-Aunque en aquellos años había muchas más vocaciones religiosas, no sería frecuente que de seis hermanos tres se ordenaran.

-Mi hermano, el anterior a mí, fue al seminario muy joven. Mi hermana la segunda tenía en cambio una vida social muy activa, con un novio con el que todos pensábamos que se iba a casar, y de pronto llegó un día a casa y dijo que iba a meterse monja... Yo me hice miembro de los aspirantes a Acción Católica en la parroquia de San Ginés. Allí conocí a un dominico que nos convenció a varios para ser seminaristas.

-Y así comenzó su carrera en la Iglesia.

-Fuimos al noviciado de Palencia y luego a Caldas de Besaya a estudiar Filosofía. Por último, me marché a Salamanca a estudiar Teología con los dominicos, en el convento de San Esteban.

-¿Cómo se sentía residiendo en ese convento tan bello?

-Era una experiencia. Vivíamos en uno de los edificios del convento. Parece que un dominico de allí fue crucial para poner en contacto a Colón y la reina Isabel de cara a la financiación del viaje a lo que entonces creían que eran las Indias. En uno de los claustros se reunió el dominico con la reina y la convenció de la operación. Nosotros paseábamos por allí y lo llamábamos 'el claustro de Colón'.

-Al mismo tiempo estudiaba Física en Madrid. ¿Por qué esa carrera y por qué en Madrid, una ciudad que en aquella época estaría a cuatro horas o más de distancia?

-Siempre había tenido una vocación científica, además de la religiosa. En la Universidad Central de Madrid era posible tener una matrícula libre, lo que obligaba solo a ir a los exámenes. Supongo que en aquellos años no había Física en Salamanca y me decidí por esa opción. También era necesario hacer unas prácticas de laboratorio, pero los alumnos libres podíamos hacerlas donde quisiéramos. En primero había una asignatura de Biología y en Salamanca encontré a Fernando Galán, un profesor de Genética, que me admitió en su laboratorio.

-¿Ahí está el origen de su especialización posterior?

-Sí, fue allí donde me interesé por ello. Empecé a trabajar con la mosca Drosophila, que es un objeto de estudio habitual de los alumnos de Biología. En uno de mis cultivos encontré un mutante y el profesor Galán no se podía creer que hubiese hallado uno nuevo.

En Nueva York

Situemos el momento. Galán era «un ateo con grandes valores éticos» que ya se había sorprendido al ver llegar al laboratorio a un joven alto vestido con hábito dominico. Pero se sorprendió aún más ante ese hallazgo. A partir de ahí, la vida de Ayala cambió de forma acelerada. Lo recuerda ahora, sentado en un rincón del enorme salón de un hotel madrileño. Como si fuera uno de esos juegos en los que mediante unos pocos pasos hay que relacionar a dos personas que viven o han vivido a miles de kilómetros y a veces en distintos siglos, el biólogo cuenta que Galán había trabajado con Antonio de Zulueta, pionero de la investigación genética en España, a quien tras la guerra represaliaron por el solo hecho de tener un hermano que había sido ministro de la República y embajador ante la Santa Sede. Su profesor del laboratorio salmantino habló con él y fue este quien le recomendó ir a la Universidad de Columbia en Nueva York a ampliar sus estudios y doctorarse con el genetista Theodosius Dobzhansky, fundador de la llamada Teoría Sintética de la Evolución. El dominico estaba a punto de poner rumbo a América.

-¿Cómo fue su llegada a Nueva York?

-En Columbia había dos departamentos de Biología: el de Botánica y el de Zoología. Yo estaba en este último. Allí, el 60 o el 70% de los estudiantes eran judíos y estaban todos muy metidos en los estudios. Yo empecé a llevarles a museos, sesiones de lectura de poesía, organicé un cine-club en un teatro y una vez por semana, al acabar la función, pasábamos una película.

-Ya había montado un cine-club en Salamanca.

-Sí, porque siempre me habían interesado mucho las artes y sobre todo el cine. Escribí muchos artículos de cine y fueron los primeros que publiqué en una revista, aunque en realidad ya había escrito anteriormente textos para unos murales de Acción Católica.

-¿También llevaba hábito en Nueva York en plena explosión del movimiento hippie?

-No, allí iba con traje y alzacuello, y no llamaba la atención. Hay o había entonces muchos sacerdotes en la ciudad. Y los estudiantes me aceptaban bien y me respetaban.

-Además de estudiar, ¿qué hacía allí? ¿Cómo era su vida en Manhattan?

-El primer domingo que estuve allí me fui al MoMA. Me interesaba porque poco antes de marchar había visto en Madrid una exposición de expresionismo abstracto, que aquí ni sabíamos lo que era, y me había llamado la atención. Fui... y me encontré con el 'Guernica'. Me llevé una impresión increíble. Luego visité otros muchos museos. También iba con los compañeros a cafés donde había actuaciones. Vi varias veces a Woody Allen, que cantaba e improvisaba.

-Luego, en California, tendría más ocasiones de conocer a gente del cine.

-No, más bien pocas, porque allí ya los intereses eran otros.

Ciencia y humanidad

Mientras su carrera se consolidaba, su situación personal cambiaba drásticamente. Dejó los hábitos, se casó, tuvo dos hijos, se trasladó a la costa oeste, impartió clases en prestigiosas universidades, ha formado parte de la directiva e incluso ha presidido las más importantes sociedades científicas de EE UU y hasta fue asesor de Clinton para asuntos de su ámbito profesional. «Fue una parte del trabajo. No sentí un poder especial por estar tan cerca del presidente», sostiene como quitándole importancia. Durante todo ese tiempo, en varias ocasiones le hablaron de volver a España. «Me acuerdo que una vez, durante una visita de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia a la Unesco, Mayor Zaragoza -que era entonces el director de este organismo- me lo dijo. Pero en realidad nunca me han hecho una oferta formal. Y tampoco sé si habría aceptado porque mi situación allí era muy buena».

-Usted ha dicho alguna vez que a medida que avanza el conocimiento científico somos conscientes de que faltan muchas más cosas por descubrir. Parece una paradoja borgiana.

-Suelo usar una analogía para describir el proceso. Lo conocido es como una isla y lo que queda por descubrir es el océano, pero este solo puede estudiarse desde la costa. A medida que avanza el conocimiento, la isla se hace mayor, la costa gana metros y entonces hay más océano a nuestro alcance para estudiarlo.

-¿Tenemos una confianza excesiva en la ciencia o quizá en lo que la tenemos es en la técnica, que es lo que más vemos?

-¿Una confianza excesiva? Hasta cierto punto, sí. Y efectivamente, puede que hablemos de la técnica. Falta una incorporación real de la ciencia a la vida social. Los conocimientos humanísticos son distintos a los científicos. Aristóteles sigue teniendo hoy significado. En ciencia no pasa lo mismo.

-La ciencia para conocer el mundo; y la religión, para dar consuelo y ayudar a generar un cuerpo ético. ¿Le parece una buena división?

-La ciencia ofrece un conocimiento del mundo y resuelve problemas. La religión da a conocer a los humanos desde una perspectiva diferente.

-Ha dicho y escrito que lo que nos caracteriza como humanos es ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos. ¿Nos hace eso diferentes, incluso superiores, a otras especies?

-No todo el mundo estará de acuerdo, pero creo que los humanos tenemos conocimientos y realizamos actividades que otras especies no tienen ni pueden hacer.

-Cada vez son más numerosos los grupos que rechazan que se experimente con animales. ¿Qué opina?

-No hay razón alguna para maltratar a los animales. Pero coger un ratón, por ejemplo, y experimentar con él el efecto de algunos medicamentos es otra cosa. Creo que hay que usar animales par la investigación pero con respeto, considerando que tienen valor, que su vida lo tiene. Se trata de que esa investigación esté justificada y el daño que pueda hacerse sea proporcionado.

-¿Un biólogo afronta la muerte de manera distinta? Al fin y al cabo la vida y la muerte son su objeto de estudio.

-Dedicarse a la ciencia no cambia el punto de vista sobre la muerte. Depende de la madurez de cada uno. Si uno sabe que va a morir, trata a los muertos con respeto. Ningún otro animal hace enterramientos rituales porque no saben que van a morir.

-Se divorció relativamente pronto y se volvió a casar enseguida. No será fácil vivir con alguien tan entregado a su trabajo.

-He tratado de prestar mucha atención a mis dos hijos, pero tiene razón cuando dice que la mayor parte del tiempo la he dedicado al trabajo. Con mi primera esposa llevaba una vida social muy activa, pero yo viajaba mucho y ella pensaba que tenía alguna aventura. No era cierto: todo eran congresos, conferencias... trabajo, en definitiva.

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