Notario del abandono

Faustino Calderón, en una imagen de hace un par de años en San Adriano, en el concejo asturiano de Grado, uno de los pueblos historiados en su blog./F. CALDERÓN
Faustino Calderón, en una imagen de hace un par de años en San Adriano, en el concejo asturiano de Grado, uno de los pueblos historiados en su blog. / F. CALDERÓN

Faustino Calderón lleva tres decadas rescatando del olvido pueblos deshabitados. Ha visitado unos 1.100 y documentado más de 200. «Reivindico la memoria y el alma de esos lugares»

JOSEBA VÁZQUEZ

La curiosidad por el mundo rural le brotó muy temprano, en las callejas y campos de La Hija de Dios, el pueblo de su madre, un municipio de la provincia de Ávila donde pasó largas temporadas de adolescencia. La llama prendió al escuchar, algo después, a José Antonio Labordeta cantar 'Quién te cerrará los ojos', un tema dedicado a esos núcleos silenciados por la diáspora de sus gentes y en el que, con su voz rotunda, el desaparecido cantautor aragonés declama: «Al aire van los recuerdos / y a los ríos las nostalgias. / A los barrancos hirientes / van las piedras de tus casas». Y el impulso definitivo le llegó al joven Faustino Calderón en forma de reportaje periodístico dedicado a Villacadima, un pueblo deshabitado de Guadalajara. «Nada más leerlo, el mismo fin de semana, fui a ese lugar. Fue tal la sensación que me dio al ver 'in situ' aquello tan triste pero hermoso que Labordeta cantaba sobre el abandono de los pueblos de Aragón... El silencio que se manifestaba de forma tan brutal en las calles... Y la soledad, los enseres viejos en las casas... Fue una sensación indescriptible; me embargó una mezcla de emoción, belleza y tristeza».

Era el año 1989 y Calderón, un veinteañero entonces, quedó atrapado para siempre por la «afición y pasión» de recorrer esos espacios vacíos que un día bulleron de vida. Como Villacadima. «Tuve allí la sensación de que en cualquier momento iba a salir alguien de una casa. Vine impresionado y me enganché». Tanto que, emulando en cierta manera al propio Labordeta de 'Un país en la mochila', aquel programa que emitió La 2 de Televisión Española durante cinco años, él también se embarcó en su particular periplo rural. La diferencia es que mientras el autor maño mostraba la vida cotidiana de los habitantes -contados- de los lugares que pateaba, Faustino lleva décadas caminando por escenarios carentes de latidos y voces humanas. Hoy, a sus 54 años, este empleado del servicio de limpieza del Ayuntamiento de Madrid, casado y con un hija, ha recorrido cerca de 1.100 núcleos despoblados de España y tiene documentados en su blog (lospueblosdeshabitados) unos 200 núcleos repartidos en un total de 32 provincias. En su bitácora digital, Faustino no solo muestra fotografías de sus recorridos, sino que -algo más importante- resume la historia, usos, labores, costumbres y festejos de estas poblaciones que fueron quedando huérfanas por efecto de la migración masiva hacia centros urbanos que, debido al desarrollo industrial y del sector servicios en las ciudades, se experimentó en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Un patrimonio que se pierde

«Ahora se ha puesto de moda visitar estos pueblos. La gente hace fotos, graba vídeos con cámaras y drones, se hacen excursiones en grupo, hay una saturación... Pero documentar, no se documenta», lamenta Faustino. «Yo reivindico la memoria de estos lugares. Me parecía muy frío un blog solo de fotografías. Quería dar texto a los pueblos y a las imágenes: resumir cómo eran sus fiestas, los desplazamientos a otros pueblos para comprar, las visitas del médico a los enfermos... Mi mayor satisfacción es recuperar la memoria de estas poblaciones, que no caigan en el olvido, porque dentro de unos años ya no va a haber quien relate sus historias y nadie se ha interesado por los pueblos abandonados; ni las administraciones, ni el mundo de la cultura, ni a veces los propios vecinos», se explaya.

Faustino alerta de que, cuando un pueblo muere, hay muchas más cosas que desaparecen con él. «Reivindico que son parte de nuestra cultura y es un patrimonio que se pierde. No se trata solo de la gente que se marcha, algo comprensible en lugares a los que no llegaba el progreso y en los que se vivía sin luz y sin servicios; es que se pierde también un modo de vida, una arquitectura, unas constumbres... No podemos borrar todo eso de un plumazo».

Ya lo dice en la portada de su blog: «Los pueblos deshabitados no son olvido, son cultura». Es el prefacio de un trabajo que dedica «a todos los que tuvieron que marchar». Con esta motivación como motor, en su cruzada contra el olvido, a este notario del abandono le sigue tocando muy hondo aquella fibra que tanto le estremeció hace casi treinta años, en Villacadima, cada vez que pasea por las calles enzarzadas y contempla los muros cubiertos de musgo y horadados por la hiedra de otros pueblos que han corrido igual suerte. Lo hace habitualmente solo, «para no conversar ni distraerme», engullendo incontables kilómetros y un sinfín de horas los fines de semana: algunos, no todos, sin una regularidad expresa. Y cada vez que lo hace le afecta, dice, la misma emoción. «Me sigue cautivando cada visita porque te envuelve el alma del pueblo y el de la gente que vivió en él». Entonces, «siempre con los dos factores principales que son el silencio y la soledad», Faustino ve pasar una película por su cabeza. «Con el decorado puesto y tú haciendo trabajar la imaginación, puedes ver la vida cotidiana de ese lugar hace 50 ó 60 años: los niños abandonando escuela, los corrillos al salir de misa, la gente guardando las ovejas en el corral, dos ancianos sentados en el poyo de una puerta...».

Las últimas voces

Para realizar como es debido esta labor antropológica, Faustino Calderón se apoya en escritos, cuando existen, pero sobre todo en los testimonios impagables de los antiguos vecinos del lugar. No siempre es fácil localizarlos. «Es la tarea más ardua y laboriosa», explica, porque la búsqueda le obliga a recorrer más kilómetros. «A veces hay alguno que vive en otro pueblo de la zona; a veces me dan por allí razón de dónde encontrarlos. En el 95% de los casos se prestan sin problemas. A la gente mayor le gusta hablar de la vida en sus pueblos, de cosas que ni a sus hijos y nietos les interesan demasiado. En ocasiones hablo con ellos por teléfono, otras por correo electrónico... Pero cada vez es más difícil porque son mayores y, lógicamente, cada vez quedan menos». Invitado a destacar alguna de las narraciones destapadas por los centenares de interlocutores con los que ha charlado, Calderón se queda con el conjunto: «Me emocionan todos los relatos. Les dejo a ellos que hablen y disfruto escuchando sus historias. Ellos se transportan a su pasado y también me transportan a mí».

- Doy por hecho que ha leído usted 'La lluvia amarilla', libro en el que Julio Llamazares cuenta la historia ficticia del último vecino de Ainielle, un pueblo real del Pirineo oscense...

- ¡Por supuesto! Sin exagerar, lo he leído ocho o nueve veces. Es un libro tristísimo, pero a la vez es una obra maestra sobre la despoblación; la biblia del tema. Nada mejor que ese libro para ejemplificar el vacío que siente el último habitante de un pueblo esperando la muerte. No se puede tratar la despoblación rural sin mencionar a Llamazares. Él en papel y Labordeta en canciones son los principales responsables de que se conozca más la problemática del éxodo rural.

De Huesca tiene Faustino historiados en su blog 24 pueblos 'fantasma', aunque no es precisamente Ainielle uno de ellos. Esta y Soria (con 25) son las provincias en las que el investigador madrileño ha documentado mayor número de poblaciones «deshabitadas», como en realidad le gusta englobarlas. «Cuando la gente emigraba no dejaba su casa abandonada; dejaban cosas en su interior y cerraban la puerta con llave. Con los años, se convierten en pueblos abandonados cuando todas sus edificaciones están en ruina. Todos los pueblos abandonados están deshabitados, pero no siempre al revés». Por lo demás, Calderón no recoge en su blog datos sobre localidades repobladas o rehabilitadas como segundas viviendas. «Esto no me interesa. No creo mucho en esas actuaciones, salvo que estén hechas por antiguos vecinos o por sus hijos; es decir, cuando hay un vínculo con el lugar, un arraigo».

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