La muerte del piloto Andreas Pérez a los 14 años reabre el debate: «Debe haber una edad mínima»

Pasión por correr. Andreas Pérez, una joven promesa del motociclismo que encontró la muerte el pasado domingo en Montmeló. / R. C.
Pasión por correr. Andreas Pérez, una joven promesa del motociclismo que encontró la muerte el pasado domingo en Montmeló. / R. C.

El fallecimiento de Andreas Pérez a los 14 años abre el debate sobre la precocidad en la competición. «La seguridad ha mejorado, pero este sigue siendo un deporte de riesgo», recuerda el expiloto Álvaro Molina

INÉS GALLASTEGUI

Con la ley en la mano, un adolescente de 14 años no puede votar, ni trabajar, ni mantener relaciones sexuales consentidas o casarse, ni ingresar en prisión por haber cometido un delito, ni conducir un coche o una moto. Bueno, no puede conducir una moto, pero sí pilotarla a 250 kilómetros por hora. Y dejarse la vida en ello. La trágica muerte de Andreas Pérez, el joven piloto del equipo Reale Avintia que sufrió un accidente cuando participaba el domingo en una prueba del Mundial Junior en Montmeló, reabre un debate triste e incómodo. ¿Por qué esta sociedad que sobreprotege a los menores propicia, al mismo tiempo, su participación en actividades tan peligrosas? «La sociedad quiere campeones y para ser campeones tienen que empezar de niños», recuerda el psicólogo Javier Urra, primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, que considera hipócrita culpabilizar a unos padres por haber inculcado a un niño la pasión por la velocidad al mismo tiempo que se idolatra a campeones que, como Marc Márquez, Jorge Lorenzo o Fernando Alonso, rodaron por primera vez poco después de aprender a andar.

Más allá del debate social, la ley ampara esta actividad, siempre que sea compatible con el juego y el estudio de los niños. La Federación de Motociclismo concede licencias de competición en minimotos que alcanzan los 50 kilómetros por hora a los 6 años. A partir de esa edad los chavales van pasando de categoría y a los 14 ya pueden competir en el Mundial Junior en máquinas de Moto3 (250cc). La edad límite en Moto GP son los 16 años y la malograda promesa catalana era candidato a estrenarse por la mínima.

En España funcionan decenas de escuelas de motos y karts donde los niños pueden iniciarse cuando apenas levantan unos palmos del suelo, pero los accidentes no son tan frecuentes. «Una sola muerte es mucho», razona el siete veces campeón de Europa de 250 cc Álvaro Molina, partidario de abrir un debate sobre la posibilidad de escalonar mejor las categorías, de modo que niños de 12 años no se enfrenten a jóvenes de 20 en motos de gran cilindrada. «Yo empecé a competir con 18 años y fui el campeón de España más joven a los 19 -recuerda el expiloto granadino-. La edad de profesionalización se ha ido adelantando. Creo que en la competición debería haber edades mínimas más altas». Y no solo porque a los adolescentes les falta madurez; también porque las carreras afectan a otros ámbitos de su vida, como los estudios.

Javier Urra Psicólogo «La sociedad quiere campeones y los campeones empiezan de niños»

«Este es un deporte de riesgo, a pesar de que la seguridad ha mejorado muchísimo. Se están haciendo enormes esfuerzos, tanto por parte de los organizadores como de los circuitos -Montmeló ha cambiado el trazado varias veces después de siniestros fatales- y de los fabricantes. Yo me jugaba la vida cien veces más que los deportistas actuales: he competido en circuitos urbanos donde, si te caías, te podías matar contra una farola», recuerda Molina, que ahora se dedica a asesorar y entrenar a pilotos.

Sin embargo, el motociclismo no es la única actividad de riesgo. Ahí están los karts, el esquí, la equitación o el toreo. ¿Dónde está el límite a la hora de amparar a los niños? En ocasiones, ¿debería el Estado, a través de las fiscalías de menores, protegerlos de sus propios padres? Javier Urra, psicólogo forense en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, se ha visto enfrentado a esas preguntas en muchas ocasiones a lo largo de su carrera y cuenta una anécdota para ilustrar lo complejo de la cuestión. «Una vez vino a verme una chica que había sido deportista olímpica y me enseñó los pies. Los tenía completamente deformes: fue el precio a pagar por las medallas. '¿Y si a los 9 años te hubieran preguntado si merecía la pena?', le pregunté. 'Habría dicho que estaba a gusto, tenía un equipo maravilloso y viajaba por todo el mundo. Pero ahora...', me confesó».

Que los padres transmitan sus pasiones a los hijos es normal, argumenta Urra. Ocurre con la música, con la lectura y con el equipo de fútbol. Pero no es lo mismo, resalta el psicólogo, que los progenitores animen a un crío a jugar al balón, donde el riesgo más alto es romperse un hueso, que a pilotar una máquina potencialmente letal. «No creo que las familias pongan en riesgo a los niños a propósito, pero sí es verdad que a veces entran en un bucle. A los 3 años les regalan su primera moto, después viene una de campo y, al final, una de carreras», argumenta.

Línea roja

El portavoz de la Asociación Pro Derechos del Niño (Prodeni), José Luis Calvo, es aún más crítico. «El sentido común indica que conducir una moto a 250 kilómetros por hora no es cosa de niños», zanja. Los jóvenes aficionados, sugiere, podrían iniciarse con máquinas más adaptadas a su edad, que no alcancen velocidades tan brutales, a las que cualquier pequeño imprevisto puede tener consecuencias trágicas. El problema, asegura este profesor jubilado, es que la precocidad en el deporte está socialmente aceptada. «Hemos cruzado una línea roja. Todos», lamenta. Y no solo en los circuitos. «Vemos a niños pequeños en motos eléctricas que alcanzan los 30 o 40 kilómetros por hora corriendo por las aceras y, como no está regulado, no se les obliga a llevar casco ni hay normas de circulación», denuncia. El accidente del corredor adolescente, asegura, «es un toque de atención. Habría que modificar las normas».

A su juicio, aunque estos chicos están muy preparados desde el punto de vista técnico, por pura biología tienen más dificultades para valorar los riesgos. Cuando uno es joven, fuerte, ágil, con los reflejos a tope y una infinita capacidad de aprender, es lógico querer ir más rápido, probar los propios límites, sin las precauciones que va imponiendo la experiencia.

Urra recuerda que, en todo caso, Andreas se cayó de su moto y fue arrollado por los pilotos que venían por detrás. Los padres no pueden dar a sus hijos una vida 100% segura. Está el factor azar, subraya. El año pasado murieron en España 19 niños en accidentes de tráfico y 30 menores se ahogaron en playas y piscinas.

Chicho Lorenzo, que construyó la primera moto para su hijo Jorge cuando este era casi un bebé, confiesa su conmoción por la muerte de Andreas en su cuenta de Twitter. «Siempre existirá peligro porque es un deporte en el que cuerpos humanos van a velocidades sobrehumanas, pero podemos reducirlo mucho si nos ponemos a trabajar en ello», asegura el mecánico y formador de velocistas a través de su red de escuelas. Especialmente, dotando a los pilotos de herramientas psicológicas y estrategias para afrontar la salida y la primera vuelta, cuando la adrenalina se dispara en la lucha por ganar posiciones cuanto antes y se producen muchos accidentes fatales. Y también, admite, «técnicas que les permitan reaccionar correctamente y esquivar a pilotos caídos». «Una carrera no se gana en la primera vuelta sino en la última», concluye el experto.

Excepcionalmente peligroso

El año pasado, un niño burgalés de 10 años murió pilotando un kart en un circuito en La Morgal (Asturias). En 2012, Isaac, de 9 años, se salió de una pista en la estación de esquí de San Isidro y recibió un golpe fatal en la cabeza con una roca. En el encierro de Pinseque (Zaragoza) de 2009, un chaval rumano de 10 años fue mortalmente embestido por una vaquilla. En 2006 una miembro de una 'colla castellera' de Mataró de 12 años falleció al caer desde lo alto de la torre humana.

Niños trabajadores

Para el psicólogo forense Javier Urra, habría que vigilar a las familias que ingresan dinero gracias a la actividad de sus hijos o en concepto de publicidad o patrocinio en ámbitos como la televisión, la moda o el deporte. Según la ley, los menores no pueden trabajar antes de los 16 años y, hasta los 18, solo pueden hacerlo con permiso de los padres y autorización judicial en actividades «que no dañen su crecimiento físico o psíquico».

 

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