Lila, la perra que limpia los mares

Lila, la perra que limpia los mares

Entrenada en principio para pescar langostas, esta labradora negra bucea para ayudar a sacar basura en las costas de Florida

ISABEL IBÁÑEZ

Cada nueva historia que surge protagonizada por perros supera a la anterior. Enternecidos aún por Estrella, la perrilla abandonada que cuidó y dio calor durante toda una noche a un hombre de 75 años con alzhéimer que se había perdido en Burriana (Castellón) y al que incluso pretendió acompañar en la ambulancia (ha sido adoptada finalmente por su familia), ahora llega Lila, una labradora negra estadounidense que ha aprendido a hacer algo más que recoger con sus fauces el periódico o correr a recuperar la pelotita. Como Estrella, Lila demuestra que la solidaridad no es solo cosa de humanos. En su caso, se ha hecho famosa por ayudar a limpiar los océanos de la basura que acaba en su seno por culpa de los animales sobre dos piernas que no saben qué hacer con los desechos que generan. Ni corta ni perezosa, Lila se lanza al agua y bucea hasta recoger las botellas de plástico o cristal que ensucian las aguas de Florida.

No empezó así. Su dueño es Alex Shulze, un surfista nacido en Marco Island, cerca de Miami, que se crió prácticamente en el agua y que en cuanto pudo, siendo solo un adolescente, se sacó la licencia de patrón de embarcación, interesándose por la pesca y el buceo. Pronto pensó que sus dos perros labradores negros, Maverick y Lila, podrían acompañarle en sus correrías acuáticas, y no tuvo mejor idea que entrenarlos para bucear y ayudarle a pescar langostas. Hay que decir que la especie que habita las cálidas aguas de Florida tiene una particularidad que las hace más fáciles de atrapar: no tienen pinzas con las que dañar el hocico o sacar un ojo a estos perros.

«Me dedico al océano -dice Schulze- y entrené a mis labradores, en especial a Lila, para bucear y recoger juguetes. Un día, mientras hacía buceo libre, se me ocurrió intentar que Lila atrapara una langosta viva. Efectivamente, la atrapó en su primer intento y el resto es historia. El mejor consejo que podría dar a cualquier persona que desee enseñar a sus perros a pescar langosta es que nunca superen los límites de los animales. El entrenamiento puede no ir tan rápido como uno espera, por lo que debes tomarte tu tiempo y asegurarte de que siempre estén cómodos». Y que las langostas estén desprovistas de sus armas de defensa, claro. De todos modos, si a alguien le interesa, hay un vídeo en Internet protagonizado por Schulze y Lila titulado 'Cómo entrenar a tu perro para coger langostas' que ha sido visto ya por 187.000 personas.

Pero muy pronto amo y perra dieron un paso más allá. Schulze, junto a su amigo Andrew Cooper, también surfista, capitán de un barco de 100 toneladas y también de veleros, crearon en 2015 una empresa llamada 4Ocean que combina negocio con activismo. La idea surgió a partir de un viaje que hicieron juntos a Indonesia en busca de buen surf... y acabaron «devastados por la cantidad de plástico que encontraron en el agua». Cuentan ellos mismos que una tarde descubrieron un antiguo pueblo «donde los pescadores empujaban su bote literalmente a través de montones de envases acumulados en la orilla». Y surgió entonces la pregunta: «¿Podrían los pescadores usar sus redes para sacar esos desechos del mar?».

Pulseras de reciclaje

Y era buena la ocurrencia, pero no un trabajo para aquellos hombres de mar. De aquí nació 4Ocean y su pulsera hecha del plástico y el cristal reciclados que 150 personas empleadas por esta empresa recogen en mares de varios países: «Al darle un valor al océano de plástico, estamos creando una nueva economía para la eliminación de basura», dicen. Cada brazalete comprado financia la eliminación de medio kilo de basura recuperada del agua. En dos años, 4Ocean ha eliminado más de 500 toneladas de porquería. Cada pulsera vale unos 20 dólares, 17 euros.

Y entre esa plantilla brilla la adorable Lila, que no duda cuando su dueño le señala desde la embarcación algún envase flotante o reposando en el fondo marino. Obediente, se lanza al agua y no sin esfuerzo consigue bajar hasta tres o cuatro metros de profundidad y atrapar la pieza deseada, como antes hacía con las langostas. Tampoco tiene miedo al helicóptero desde el que la pareja divisa las zonas a limpiar. Y viaja en un carrito arrastrado por la motocicleta de Schulze para llegar a las playas salpicadas de basura que también ayuda a recoger. Con un «buena chica» pronunciado por su amo y una caricia en la cabeza se da por satisfecha.

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