«Con el 3,5% ganamos»

Una activista de Extinction Rebellion participa en una manifestación contra el cambio climático ante el Parlamento de Westminster, en Londres, el mes pasado./REUTERS
Una activista de Extinction Rebellion participa en una manifestación contra el cambio climático ante el Parlamento de Westminster, en Londres, el mes pasado. / REUTERS

Los luchadores por el clima de Extinction Rebellion quieren movilizar a ese porcentaje de población. Un estudio dice que una minoría pacífica y activa en la calle garantiza el éxito de una causa

INÉS GALLASTEGUI

Qué queremos? Eliminar las emisiones de gases de efecto invernadero para 2025. ¿Y cómo lo haremos? Movilizando al 3,5% de la población para lograr el cambio del sistema». Así podrían resumirse el ideario y la estrategia de Extinction Rebellion (XR), la red global que ha tomado en el último año las calles de todo el mundo con las protestas más coloridas contra el cambio climático. ¿Y por qué el 3,5% y no el 2% o el 20%? Los activistas de XR son admiradores de Erica Chenoweth, una politóloga norteamericana que asegura, tras estudiar más de 300 movimientos de protesta del último siglo en todo el mundo, que las movilizaciones pacíficas son el doble de eficaces que las violentas para lograr sus fines y que basta que ese porcentaje de población se movilice activamente para que su causa triunfe. En España, los expertos creen que la teoría es un poco forzada; ahí están los Chalecos Amarillos, Venezuela, el independentismo catalán o el 15-M.

En un artículo publicado en 2011, Chenoweth, profesora de Política Pública en Harvard, y Maria J. Stephan, del Centro Internacional sobre Conflicto No Violento, escribieron su artículo 'Por qué la resistencia civil funciona', con una gran repercusión académica y política. Estudiaron 323 campañas de protesta entre 1900 y 2006 y concluyeron que las pacíficas consiguen cambios políticos en un 53% de los casos, frente al 26% de las revueltas armadas. Otros estudios ya habían cifrado en un 7% el éxito de los grupos terroristas.

En una entrevista con la BBC, la politóloga admitía que antes de adoptar este enfoque innovador era escéptica sobre la eficacia de la desobediencia civil. Ahora es una rendida admiradora de la visión estratégica de Mahatma Ghandi o Martin Luther King y confía en que los historiadores, tan aficionados a diseccionar guerras, presten más atención a formas de lucha -huelgas, boicots, marchas y ocupación de espacios públicos- que no solo son moralmente superiores, sino más funcionales.

Las movilizaciones sin armas, observa, tienen una base social mayor, ya que mucha gente rechaza el uso de la fuerza por razones éticas o por miedo a las represalias. No hace falta ser joven y fuerte para participar. Hay más posibilidades de que convenzan a miembros de la Policía o el Ejército y otros funcionarios. Son vistas con más simpatía dentro y fuera. Y para los Estados es mucho más difícil justificar la represión contra ciudadanos indefensos.

En su investigación, analizó decenas de casos y observó que, aunque a veces se consigue con menos, cuando una protesta implica activamente al menos al 3,5% de la población, logra sus objetivos. Y que solo sin sangre se supera ese umbral. Lo hicieron la campaña que derrocó a Ferdinand Marcos en Filipinas en 1986, la que condujo a los Estados bálticos a su independencia en 1991 o la que logró el vuelco del poder en Georgia en 2003. Y otras cincuenta más.

En Estados Unidos haría falta que 11,2 millones de personas -la población de Nueva York y Chicago juntas- salieran a la calle a la vez para cumplir la regla: la Marcha de las Mujeres sobre Washington que dio la 'bienvenida' a Donald Trump en 2017 fue una de las más multitudinarias desde la Guerra de Vietnam, pero apenas convocó a unos 4 millones de personas. Algunos apuntaron que el 99% de los americanos no estaba allí. «Manifestarse requiere un nivel mucho mayor de compromiso que votar -replica la autora-. Lleva más tiempo, no es anónimo, a menudo implica costes económicos y podría poner al manifestante en riesgo». Dicho de otro modo, para cuando esa 'inmensa minoría' sale a la calle, su causa es compartida por mucha más gente que se ha quedado en su casa.

La idea de que unos pocos pueden cambiar el mundo a base de coraje y perseverancia, sin usar la fuerza, es bonita, pero tiene sus límites. El historiador y politólogo Juan Carlos Jiménez Redondo, profesor de la Universidad CEU San Pablo, subraya que, para empezar, depende del régimen político: «En las democracias la violencia es poco útil y, en cambio, en las dictaduras no cabe otro recurso».

El profesor de Sociología de la UNED Ramón Adell apostilla que también es determinante qué tipo de cambio se persiga: no es lo mismo pedir a un Gobierno un giro en sus políticas que forzar el fin de una tiranía. «La mayor parte de las movilizaciones no consiguen éxitos o fracasos, sino logros parciales».

Por otro lado, recuerda Jiménez, los números no lo son todo en sociedades donde el peso de la opinión pública es decisivo: a veces, unos pocos activistas tienen una gran capacidad de penetración en los medios de comunicación y en las redes sociales, como ha ocurrido con la adolescente sueca Greta Thunberg y sus huelgas estudiantiles de los viernes. Eso no significa que su mensaje cale. «El 15-M conectó el sentimiento de indignación ante la crisis de gran parte de la sociedad, pero como movimiento no consiguió ningún objetivo real», señala.

¿Qué es violencia?

Javier Elzo, catedrático emérito de Sociología de la Universidad de Deusto, pone el ejemplo del independentismo catalán, mayoritariamente pacífico, que lleva años encabezando demostraciones multitudinarias -aunque no tanto como pretenden sus organizadores- sin alcanzar su objetivo.

Los manifestantes 'pacíficos' no son, necesariamente, monjitas de la caridad. Chenoweth considera 'no violentas' las protestas que no implican el uso de armas ni daños a personas y propiedades. Pero ni la frontera es tan nítida, ni los movimientos sociales son monolíticos, recuerda el sociólogo. ¿Se considera 'daño' impedir que el resto de la gente vaya a trabajar? Los contenedores de basura quemados, las fachadas pintadas y los cristales rotos, ¿son 'propiedades'? Y un escrache, ¿es una agresión?

Extinction Rebellion se declara «no violenta», pero la Policía detuvo en abril a mil activistas que sembraron el caos en Londres cortando calles o pegándose con cola a trenes y edificios públicos. Cincuenta están acusados de delitos.

Los soberanistas catalanes, que hace unos años se declaraban adeptos a las tesis de Chenoweth, siempre se han jactado de su civismo -se autodenominaron 'la revolución de las sonrisas'-, pero los sucesos en torno al 1-O y las acciones de los CDR los sitúan ya en la ambigua frontera trazada por la investigadora.

Elzo pone el ejemplo de los Chalecos Amarillos. La primera protesta contra el precio de los carburantes y la presión fiscal contó con 300.000 participantes (menos del 1% de los franceses) y fue respaldada por el 68% de la opinión pública. Tras radicalizarse y protagonizar marchas cada sábado más exiguas, causando choques con la Policía y daños materiales de miles de millones, han perdido un 30% de simpatías, pero han arrancado varias concesiones al Gobierno de Emmanuel Macron.

Para Adell, la 'regla del 3,5%' es «efectista». «¿Qué pasa si el 3,5% de la gente pide en la calle una cosa y el 4%, la contraria?», se pregunta, apuntando a la división de los venezolanos ante el régimen de Nicolás Maduro o de los catalanes respecto a la independencia. «Las manifestaciones son el día a día de la democracia y no hay que despreciarlas, pero al final lo que cuenta son las urnas», recuerda.

Erica Chenoweth tampoco se chupa el dedo: «Una manifestación no tendrá efecto a menos que se traduzca en una movilización continua, organizada y disciplinada, presión sobre el Gobierno, resolución de problemas y acción electoral. Pero si inspira, convoca y dinamiza, puede catalizar el cambio».