«¡Hace falta más coraje para ser moderado que para ser extremista!»

«¡Hace falta más coraje para ser moderado que para ser extremista!»

Los que piden diálogo son silenciados.La gente se ha resignado a vivir en el conflicto permanente. 'República o colapso' se lee en alguna pancarta

«¡Qué tiempos más extraños en los que hay que tener más coraje para ser moderado que para ser extremista!». El presidente de la Fundación Círculo de Economía de Barcelona, el catedrático de Economía Antón Costas, refleja el agotamiento de la sociedad catalana, instalada ya con resignación en el desprecio del diálogo frente a la buena salud que muestra el conflicto entre sus dos realidades sociales y políticas. La institución que preside Costas es, desde hace treinta años, actor relevante en el debate sobre el futuro de la democracia y la economía. Hace unos días reunió a diez catedráticos de Derecho Constitucional que analizaron un futuro territorial que 'desatasque' Cataluña sin enfrentarla al resto de las comunidades.

El pasado miércoles, Antón Costas invitó a dos 'versos libres' que no sólo se han salido de las filas de la confrontación, sino que se han atrevido a publicar su 'traición'. Santi Vila, exconsejero de Cultura del Gobierno de Carles Puigdemont, se hizo a un lado a finales de octubre pasado y cuenta su experiencia en 'De héroes y traidores' (Ed. Península). Convertido en esto último y despreciado por todo el nacionalismo, Vila lamenta tras el debate la 'sordera' colectiva de su sociedad cuando «si algo tenemos que practicar este 2018 son las explicaciones».

- ¿Cree que la gente está dispuesta a escuchar y a reclamar esas explicaciones?

- Los catalanes actuamos hoy movidos por los sentimientos y nada es racional. El resultado es una rudeza diaria inviable. El lenguaje que se maneja es tan visceral que lo hace todo impracticable.

Comparte charla con él Joan Coscubiela, abogado laboralista, exparlamentario y exsecretario general de Comisiones Obreras en Cataluña. Mañana, Barcelona se llenará de estanterías en la festividad de Sant Jordi también con su libro 'Empantanados' (Ed. Península). El título lo dice todo. Coscubiela profundiza en la descripción de esa crudeza del día a día. «La degradación del escenario y los mensajes es absoluta. Todo es violencia verbal, hablar de agravios, zanjar cuentas pendientes. Está destrozando a familias, amigos... Se está trasladando a las asociaciones, los sindicatos... El efecto social empieza a ser transversal y dramático».

- ¿Ve un límite a esta situación?

- Tenemos un gran problema. Cada vez que hay una oportunidad de cambiar las cosas es sistemáticamente bombardeada. Entre todos hemos creado un caballo desbocado que ya no puede domar nadie. Unos y otros están en el discurso de 'no podemos hacer otra cosa'.

Otra voz autorizada del pensamiento catalán, el catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona Manuel Cruz, corrobora los síntomas de una realidad que «ya sólo se entiende como una patología colectiva marcada por el autoengaño». Lamenta con desánimo «el hartazgo y la enorme fatiga general» de una sociedad rota, con un día a día «enrarecido y viciado», que ha derivado en distintas formas de «violencia y rechazo social de baja intensidad». Y en la que Cruz sólo encuentra un dramático punto de coincidencia: «Que la fractura entre los dos bloques es irreconciliable». Y ese «'chapoteo' en el que vivimos va a durar y se ha convertido en estructural. Pura rutina».

El próximo viernes se cumplen seis meses de la intervención del Estado en Cataluña y la imagen que proyectan las calles de Barcelona puede despistar. Medio año atrás, o incluso antes, se impuso la eclosión de mensajes en las aceras. Pero el 'maquillaje' urbano de pancartas y banderas, sin desaparecer del todo, se ha diluido. Salvo los omnipresentes lazos amarillos en muchas solapas, coches, mochilas, se supone que cada cual ha tomado partido. O se ha visto obligado a ello.

Y cada cual mira la realidad desde su prisma. «Lo más asombroso es la normalidad actual», asegura el presidente de Sociedad Civil Catalana, José Rosiñol. Recién aterrizado de una gira por Berlín para defender ante la prensa germana la salud de la democracia española, Rosiñol cree que los catalanes viven hoy «en dos planos: el de la realidad y el de la gesticulación».

O todo, o nada

En los bares y restaurantes aledaños a la Plaza Cataluña esa gesticulación también se ha acabado. En la enorme barra del Itapa Catalunya ya no hay charlas para analizar el día a día. «Dejando de lado los turistas, que van a lo suyo, hace mucho que no oigo a nadie de la clientela local debatir de política, salvo cuando hablan todos de lo mismo», confiesa Joan al otro lado de un generoso mostrador lleno de 'delicatessen'.

En esa misma plaza, la Guardia Urbana desalojó entre el miércoles y el jueves, con exquisito tacto, dos acampadas de indigentes y activistas de los Comités de Defensa de la República (CDR) que han permanecido un mes allí. Se acercaba Sant Jordi, un día para el abrazo, la rosa y el libro, y el Ayuntamiento no quiere imágenes feas de la ciudad. Los indigentes se dispersan pacíficos por barrios del extrarradio.

Integrados en la plataforma Defendem a Republica, los activistas de los CDR pactan marcharse si les dejan mantener un punto informativo las 24 horas. Casi a medianoche, esa plaza, simbólico 'kilómetro cero' de la realidad catalana, está casi desierta. Rodeado de fotos de los líderes independentistas clasificados en tres grupos -procesados, exiliados y encarcelados- y con una barretina (gorro rojo) monta guardia Manel. Forma parte de uno de esos 405 CDR, de rápida movilización callejera, que ya tienen 'fichados' los Mossos d'Esquadra. Fuentes de este cuerpo policial reconocen que son «asociaciones muy plurales, en las que hay gente tentada de cruzar las líneas rojas». Aunque también consideran «absurdo que se les compare con el terrorismo».

En todo caso, Manel (seguramente es un apodo) sabe que están en el punto de mira. Por eso no le gusta hablar con periodistas que no conoce. Finalmente concede unas palabras con un poco de enigma: «Nosotros no queremos que haya violencia, y por eso hemos levantado el campamento. ¿Después de Sant Jordi? Ya veremos». En algunas pancartas que no han desaparecido aún se lanza el reto: 'República o colapso'.