La vida de los luchadores de brazos: competir echando pulsos

El cántabro Camilo Vega, a la derecha, en pleno esfuerzo en una competición de lucha de brazos en Reinosa. /R. C.
El cántabro Camilo Vega, a la derecha, en pleno esfuerzo en una competición de lucha de brazos en Reinosa. / R. C.

Hace tiempo que dejaron el bar para llenar estadios. «Aquí aún queda mucho para que nos valoren», dice un luchador de brazos

:IRMA CUESTA

Aunque cueste creerlo viendo el diámetro de sus bíceps, la anchura de sus muñecas y esas manos capaces de acabar con cualquiera de un simple tortazo, quienes practican la lucha de brazos aseguran que estar bendecido con una fuerza titánica no asegura el éxito. De hecho, afirman que es en la técnica dónde radica el 50% del éxito. En eso, y en los dedos y en la mano, porque son ellos los que permiten doblar la muñeca del rival, por más que un brazo bien potente pueda ayudar.

Para la mayoría, cuya aproximación a esa antiquísima práctica se limita a haber echado un par de pulsos en el colegio, a haberse batido con algún vecino del barrio en la adolescencia o haber pasado alguna tarde de sábado a finales de los ochenta viendo a Sylvester Stallone recobrando la dignidad a base de garra en 'Yo Halcón', la lucha de brazos es poco más que eso: un juego de niños. Sin embargo, nada hay más lejos de la realidad. En España, en donde esta práctica deportiva lleva ya un cuarto de siglo tratando de conseguir la relevancia de otras disciplinas, existen cerca de 30 clubes bajo cuyo paraguas se cobijan cientos de amantes de un deporte tan antiguo como desconocido.

«La gente piensa que la lucha de brazos es el clásico pulso de taberna, pero no es nada de eso. Estamos hablando de una práctica deportiva como cualquier otra, incluso de un arte ancestral, que se rige por sus normas, categorías, técnicas y fuerza, pero no sólo física, también mental», asegura el madrileño Pedro Polo, actual secretario de la Asociación Española de Lucha de Brazos (AELB).

Polo comenzó a luchar a finales de los 90 después de que un anuncio en internet de un campeonato le despertara las ganas de probar suerte. Aunque el tiempo le demostraría que no había nacido para jugársela sobre una mesa de pulsos, más de veinte años después sigue enganchado. «Había una asociación en Pozuelo, así que fui para allá y empecé a entrenar; pronto supe que no tenía las condiciones físicas que exige la lucha de brazos. Pero, para entonces ya había conocido este deporte y me encantaba, así que me hice árbitro», recuerda, emocionado con la idea de que alguien se interese por eso que ellos tanto aman.

La historia de la lucha de brazos en España comienza a escribirse en 1989 de la mano de tres chavales que, después de haber visto 'Yo Halcón', comenzaron a soñar con crear una asociación desde la que organizar una práctica deportiva que en otros países ya llevaba décadas convertida en referencia. «Los iniciadores contaron con la ayuda de Francisco Jové Feliú, un catalán con dinero que había estado en Gran Bretaña, en donde la lucha de brazos es muy potente, y a quien siempre le había gustado. Él ayudó a organizar la asociación, a convertirla oficialmente en lo que es y a abrir los primeros clubs», rememora Polo.

Aunque a los no iniciados nos venga a la cabeza Popeye, el marinero al que una lata de espinacas convertía en algo así como un superhombre de fuerza sobrehumana y brazos descomunales, los expertos insisten en la importancia de los dedos y las manos. «Los brazos ayudan, pero una mano dominante es fundamental. Un bíceps de hierro no asegura el éxito. En un combate también influyen los dorsales, el hombro, los pectorales...» Pedro explica que en un torneo se mastica tensión; que la emoción es enorme. «Imaginad, un pulso puede resolverse en un segundo. Ha habido ocasiones en las que, cuando he dicho 'go', el 'match' había terminado. Por supuesto, nunca duran más de un minuto. No hay quien pueda aguantarlo».

Viéndoles competir, es fácil imaginar las lesiones que produce semejante ejército de forzudos midiendo su empuje sobre una mesa. De hecho, no es tan complicado ver alguna rotura de brazo en un campeonato. «La rotura de húmero es lo más grave. Es como si un futbolista se rompe la tibia y el peroné, pero no es el rival quien te la produce, sino tú mismo si no sabes parar a tiempo. Cuando el pulso está perdido debes abandonar, no seguir empeñado en hacer fuerza por encima de tus límites», explica Camilo Vega, un cántabro con un palmarés digno de ser tenido en cuenta. «Lo habitual es sufrir lesiones de muñeca, esguinces, distensiones... pero alguna vez ocurre lo peor. Yo he visto en tres ocasiones a un compañero romperse el brazo. Suena como si lo que se hubiera roto fuera una estaca y el luchador se queda blanco, se desmaya, incluso vomita. Es por la impresión, porque, en realidad, en ese momento la fractura no duele. De todas formas, cualquier práctica deportiva está expuesta a las lesiones, es lo normal», dice Camilo quitando hierro al asunto. Al fin y al cabo, la 'familia' española de luchadores de brazos está empeñada en lograr que la gente conozca el deporte al que dedican buena parte de su energía y su tiempo libre, por más que lograrlo les esté resultando complicado. Aún así, como el personaje de Stallone, aseguran estar dispuestos a luchar para conseguirlo «a brazo partido».