La colección más preciada: 100 coches de época y 300 vestidos de alta costura

La colección más preciada: 100 coches de época y 300 vestidos de alta costura

El empresario portugués Joao Magallaes nos revela el origen y los secretos de su colección privada en Málaga, una de las más deslumbrantes de España

ICÍAR OCHOA DE OLANO

En las pituitarias de Joao Magallaes, 'Chanel nº 5' está registrado como el olor corporal de María Inés, su madre. Lo solía vestir con diseños de Balenciaga y de Elsa Shiaparelli (la gran rival italiana de Coco Chanel) que le compraba su padre, un audaz y refinado industrial del textil de Caldas de Vizela, una población de apenas 12.000 habitantes emplazada a 50 kilómetros al noreste de Oporto. Hombre inquieto y adelantado a su tiempo, fue el primer empresario en anunciarse en la recién nacida televisión lusa y, también, uno de los primeros deportistas en practicar esquí de montaña y acuático en la precaria y lóbrega Portugal de los años cincuenta. «Recuerdo a la gente arremolinada en el puerto de Póvoa de Varzim para ver a aquel tipo que volaba por el mar sobre dos tablas de madera tirado de un cuerda», rememora entre risas su primogénito. Había importado la novedosa modalidad de Cannes, donde veraneaba con su esposa a todo trapo. Allí, en la sofisticada Costa Azul de la posguerra, se enamoró fatalmente de los Jaguar desde que se cruzó con la escritora y cineasta de la Nouvelle Vague Françoise Sagan al volante de un flamante XK 120.

«Mi madre cuenta que cuando se casaron, en plena Segunda Guerra Mundial, a mi padre ya le apasionaban los coches. Cómo sería que se fueron de luna de miel en un viejo Renault ¡a gasógeno!, porque entonces no había gasolina. Empezó adquiriendo Austin, Morris, Citröen... Todos de los años 20 y 30, supongo que porque eran los de su juventud. Al principio, me parecía excitante. Pero enseguida acabó resultándome aburrido. A mis ojos de crío eran todos iguales». Más tarde llegó el Unic, con el que le tentó el inglés Giles Holroy, un personaje de leyenda del vino de Oporto, y también los Ford. «En esos tiempos, en Portugal, los vehículos americanos eran los más fáciles de encontrar. El país no fabricaba coches propios y los importaba de allí». Pronto, su incipiente colección abriría hueco al Studebaker y a varios Cadillacs, hasta dar el salto a los espléndidos Packards. A medida que se expandía su factoría de telas, un rudimentario negocio familiar heredado de su padre que acabó convirtiendo en una industria puntera con 2.000 empleados, sus naves daban la bienvenida a los Talbot, Jaguar, Bentley...

Para entonces, Joao había abandonado el mullido nido y un tensionado país en el que cumplir el servicio militar implicaba en ese momento unas 'prácticas' en la primera línea de alguno de los conflictos que Portugal mantenía abiertos con sus colonias africanas: Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu. A salvo en Suiza, allí se procuró una licenciatura en Economía que garantizara la continuidad del negocio textil, y otra en el 'prêt-à-porter' de las vecinas París y Londres, a las que encontró sumidas de lleno en la irresistible efervescencia febril de los sesenta. Contagiado por las nuevas tendencias de las mecas de la moda, donde se imponía el arte del estampado textil como reflejo del arte pop y óptico, a su regreso a Caldas de Vizela propuso incorporar aquella explosión de diseños florales, geométricos y bacterianos -hoy denominados Paisley- en los tejidos de la empresa familiar. Pero había un problema. «No teníamos dibujos ni patrones». Encontró un filón a la sombra de la torre Eiffel, en la casa de un tal monsieur Cyril Kowalewski, un distinguido y hábil negociante que aprovechó la quiebra de las legendarias fábricas de seda de Lyon para hacerse con los valiosos catálogos de siglos de exquisitos estampados.

«Desembarqué en Portugal con decenas de muestras que puse en manos de nuestros técnicos para que las reprodujeran. Pero no tenían ni idea de cómo combinar aquella paleta de colores que jamás habían visto antes, de manera que decidí llevarles colecciones de las vibrantes corbatas Cerruti para que aprendieran a mezclarlos», revela el empresario. Joao vendía aquellos psicodélicos telares a camiseros lusos, que a su vez los ponían en el mercado con cuello, mangas y ojales. Hicieron furor en las boutiques de Kings Road, en el Soho londinense, centro del avituallamiento estilístico del 'Flower power'. Quince o veinte años después de aquel valioso hallazgo, leería al mismísimo John Galliano lamentarse de la pérdida del «fabuloso» legado de estampados de la industria de Lyon que él había encontrado de forma fortuita en un piso de la Rue de la Paix. Aún se relame al revivirlo.

Entre champán y traficantes

Los Magallaes navegaban a toda vela por un mar que estaba a punto de revolverse y golpearles hasta casi mandarles a pique. La tempestad se desató en abril de 1974 en forma de un alzamiento militar que provocó la caída de la dictadura salazista y «la destrucción de la industria». La llamada Revolución de los Claveles arrolló también gran parte del garaje de ensueño de su padre. «Los golpistas lo desmantelaron. Se llevaron el Delage, el Rochet-Schneider, el Packard, el Rolls-Royce y mi favorito, el Fabrique National...», se duele. Años después se sacaría la espina localizando y comprando un modelo similar en Salt Lake City, en Utah, que, como todos, llegó «deshechito», en cajas, y al que su equipo portugués de maestros artesanos «como ya no quedan» devolvió todo su esplendor.

Joao se las arregló para esconder algunos de sus coches al otro lado de la frontera con Galicia, en Verín. Cuando la situación política se estabilizó, la colección comenzó a crecer de nuevo con más empuje «gracias a la globalización» y, también, a sus contactos en París, que le permitieron reflotar con la firma de un suculento contrato por el que Maurice Biderman, el empresario de confección más importante en Francia de esa época, le compraría la producción de su nuevo negocio textil, esta vez en solitario, de gabardinas de mujer. Por si fuera poco, el destino estaba a punto de ponerle en el camino al todopoderoso Luciano Benetton, con quien hizo tan buenas migas que le nombró responsable de su expansión en Portugal.

Volvía a la cresta de ola y Joao se regodeaba en la espuma. «En esos años vivía nadando en champán, de fiesta en fiesta, entre el Copacabana Palace de Río de Janeiro y el Régine, la versión francesa del neoyorquino Studio 54», cuenta sin empacho. En el «esnobista» y «libertino» París de los setenta, por el que le guió ágil como un gato Marcel Heimoz, conocido traficante de diamantes en Angola, cazador de cocodrilos en Colombia y titular de una mina de oro en Perú, Joao culminó su tesis en Dom Pérignon y en 'haute couture'. Ahora abstemio, custodia más de 300 asombrosas piezas de Balmain, Ungaro, Courrèges, Coveri, Yves Saint-Laurent, Issey Miyake, Versace o Givenchy, su debilidad, que lo mismo llevaron Peggy Guggenheim que Diana Ross. «La moda es el octavo arte. Un vestido creado por un grande de la costura es una expresión de arte contemporáneo. Yo la adoro».

Lo proclama con cerrado acento portugués este cliente fiel de Madame Françoise Auguet, decana de las tiendas 'vintage' y proveedora de algunos de los iconos de una colección que exhibe hoy en el imponente Museo Automovilístico y de la Moda de Málaga, en irresistible maridaje con su flota de cuatro ruedas y cinco estrellas: el Rolls-Royce de 1924 que su padre logró en trueque por un frigorífico; el Lancia Dikkapa, propiedad de un señor sordo que solo accedió a que lo sacaran de su granero cuando el padre de Joao le consiguió a cambio un audífono; el Minervette, cuyo motor estaba sacando agua de un pozo; el Jackson, que llegó a la aduana inglesa con ocho viudas negras a bordo; el «increíble» Jaguar MK V de 1959, que vino con documentación de Alaska; o su bautismo, un Ferrari 250 GT Speziale de 1956.

- ¿Qué hay detrás de un gran coleccionista?

- Voracidad. Un coleccionista es una persona insaciable. Yo soy un historiador de la belleza, documento la gran belleza y, lejos de cansarte de ella, nunca tienes suficiente.

En el horizonte de glamour y lujo que siempre le ha acompañado, emerge la silueta de un Lamborghini, su nueva ambición. «¿Que cuánto? Olvide el dinero. La gente que se preocupa por el dinero no hace nada en la vida», zanja este 'bon vivant' que dice calzar unas zapatillas 'made in Vietnam' y conducir un Toyota Yaris.

- Déme un consejo para cerrar buenos negocios.

- Ética. Y, si puede, concierte sus citas en el bar del Ritz de París. Con suerte creerán que se aloja allí.