Cosecha de purasangres en la ribera del Duero

El criador y presidente del Jockey Club Español, José Hormaeche, junto a sus purasangres en su finca Torreduero, en Torrecilla de la Abadesa (Valladolid)./MIRIAM CHACÓN/ICAL
El criador y presidente del Jockey Club Español, José Hormaeche, junto a sus purasangres en su finca Torreduero, en Torrecilla de la Abadesa (Valladolid). / MIRIAM CHACÓN/ICAL

Más de la mitad de los caballos de carreras españoles nacen y se crían en la finca Torreduero de Valladolid. Su dueño lucha por dignificar la hípica nacional. «Fuera aún nos sacan muchos cuerpos de ventaja»

ANTONIO CORBILLÓN

Gracias a la mejora de las viejas cepas de vino y su cruce con otras ramas jóvenes, las añadas de Ribera del Duero ganan en nobleza y madurez. En Torrecilla de la Abadesa (Valladolid), esas mismas viñas comparten suelo con la cría de los mejores purasangres que galopan hacia la (enésima) resurrección de los hipódromos españoles. También como las grandes sagas de vinateros, el destino del criador José Hormaeche le vino marcado desde la cuna. Su abuelo, José María Muguruza, fue presidente de la empresa que gestionaba el hipódromo de San Sebastián. «Recuerdo desde mi más tierna infancia acudir a las carreras y sentir la fascinación por los caballos y sus jinetes», rememora Hormaeche, acodado sobre una barandilla de madera desde la que se domina toda su finca, la Yeguada Torreduero.

A vista de pájaro, el padre Duero dibuja un gran meandro protegido tras una pequeña elevación. Un microclima que suaviza tanto los inviernos como los veranos castellanos, siempre extremos en temperaturas. La finca llegó a tener en sus mejores tiempos 300 hectáreas agrícolas y hasta un monasterio del siglo XIII. Con el tiempo quedó reducida a 95 hectáreas, idóneas para criar campeones. «Es un lugar ideal. Nuestro único enemigo es el jabalí», se queja Hormaeche mientras recorre praderas de pasto ociqueadas y levantadas por estos animales salvajes. Parece como si se hubiera celebrado un partido de rugby sobre el barro un día antes.

Son jornadas de resaca en Torreduero. No hay demasiados equinos trotando confiados por sus pastos. Nada que ver con el frenesí del último mes. Dos semanas atrás, el trabajo de todo un año se jugó en un solo día. El 20 de octubre se celebró en el hipódromo de La Zarzuela (Madrid) la subasta anual de 'yearlings', purasangres con menos de dos años de vida.

En el balance de Hormaeche hay moderada satisfacción. «Hemos duplicado las ventas del año pasado». Su yeguada aportó 35 de los 65 ejemplares que fueron admitidos en la puja. Una cifra muy parecida a la del año anterior, pero con unos ingresos bastante superiores, en torno a los 400.000 euros, gracias a los nuevos bríos con que va superando su letargo el mundo de las carreras en España. «Aún así el mercado del caballo sigue jugando en tercera división», lamenta este criador que también preside el Jockey Club Español.

La venta en subasta arrancó este año con un fijo mínimo de 5.000 euros por 'producto' (palabra habitual entre los expertos). Uno de los potros de Hormaeche alcanzó un precio final de 60.000 euros. Ninguna de las otras 15 yeguadas españolas se acercó a las cifras finales de Torreduero.

Nadie mejor que su dueño conoce la realidad dentro y fuera de nuestras fronteras. Este veterinario bilbaíno emigró recién licenciado a Newmarket (este de Inglaterra), corazón de las carreras de caballos. Allí lo aprendió casi todo de este arte. «Es otro mundo», insiste. Bastan unas cifras. En Inglaterra hay más de 250 hipódromos y 8.000 carreras al año. En España, apenas cuatro hipódromos y 400 competiciones por temporada.

El pulso del 'turf' (pista de carreras, en inglés) bombea al ritmo que marca La Zarzuela. Durante el boom de los años 80 había en España 800 yeguas y nacían 600 potros. Después llegó el cierre del recinto madrileño en 1996 y la desbandada, hasta la reapertura en 2005. «Hoy no pasamos de 150 partos», admite este criador.

La crisis global a partir de 2008 ha mantenido postrada una afición con el sambenito de elitista. «Tener un caballo era como atracar un yate». Y criar un potro como los de Torreduero cuesta unos 15.000 euros al año. Pero el actual repunte global, también de compradores, llega gracias a nuevos modelos de gestión. «Todo ha cambiado. Ahora se impone la multipropiedad. Por 100 euros al mes puedes tener un ejemplar y disfrutar de tu afición».

Savia nueva

Junto a su socio y su equipo de 8 personas, dedicados en cuerpo y alma a sus animales los 365 días del año, José Hormaeche llegó a Torreduero en 2014. Venía de gestionar, también con éxito, la yeguada Dehesa de Milagro (Navarra). Pero tuvieron que volver a empezar de cero. «La finca era una selva. Hubo que poner de todo. Y trajimos los sementales de fuera». Hoy, esa simiente es la clave de que el futuro de los cuadrúpedos más veloces del país salgan de estas praderas vallisoletanas.

Se llaman 'Abel', 'Lighting Moon' y, sobre todo, 'Noozoh Canarias', el mejor purasangre de carreras de todos los tiempos en España. Hace poco más de un año, este ejemplar de origen británico nacido en 2011 fue despedido por 6.000 espectadores en su última competición en La Zarzuela. Hasta dio una vuelta de honor y le hicieron el paseíllo reservado a los que hacen historia.

Ahora llega su aportación fuera de los cajones de la alta competición. Un buen semental puede cubrir 200 hembras al año. Pero el mercado español no da para tanto y en proyectos como Torreduero se conforman con 30 o 35 buenos partos al año. «Buscamos crecer en calidad, no en cantidad», apuntan.

El mundo de las carreras está muy regulado y todo el proceso de embarazo y cría debe ser natural. La inseminación artificial está rigurosamente prohibida. Aquí, como en el ciclismo, actúan los 'vampiros', veterinarios federativos que luchan contra los casos de dopaje. En la temporada pasada se realizaron 1.200 análisis en esas 400 carreras. Un buen criador sabe que tan importantes como el semental son las yeguas de cría, seleccionadas entre los equinos con mejor pasado en los 'turf' españoles y también internacionales.

En estas fechas los potrillos nacidos este año se desarrollan gracias a los hasta seis kilos de pienso extra que completan su dieta. Al ver a su mentor en sus dominios, los animales detienen su ensimismado pasear y se acercan a saludarle. Hormaeche llama a cada uno por su nombre y desgrana su árbol genealógico de memoria.

Las cubriciones de marzo-abril convierten el otoño e invierno en meses de protección y mimo de unas gestaciones que traerán al mundo en la próxima primavera a los futuros potrillos. Serán la savia nueva que alimente la rueda de las subastas. Pero no basta con las mejores condiciones naturales para que estos atletas permitan levantar la hípica española.

Afición hay. Esta temporada se han reunido más de 6.000 espectadores en las tribunas de La Zarzuela, escenario que ya ha superado sus bodas de platino (fue creado en 1941) y catalogadas como monumento histórico artístico. Pero la mejor bolsa al ganador no supera los 60.000 euros. «En Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos hay premios de cinco millones de euros», informa el criador.

Además de en el campo, Hormaeche lucha en los despachos desde el Jockey Club. Sabe que no habrá subida de categoría mientras no les llegue el maná de las apuestas o los derechos por imágenes. Como con los buenos caldos de la Ribera, ahora toca mimar las nuevas añadas en camino. Y viajar para seguir aprendiendo. «Afuera hay que ir siempre porque allí están las mejores carreras. Nos sacan muchos cuerpos de ventaja», concluye Hormaeche.

 

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