La materia de la que están hechos los sueños

Exposición en el Grand Palais. /E. C.
Exposición en el Grand Palais. / E. C.

El Gran Palais de París acoge la exposición 'La Luna. Del viaje real a los viajes imaginarios' para celebrar los 50 años de la llegada del hombre al astro más enigmático

PAULA ROSASCorresponsal en París (Francia)

Fue un pequeño paso para el hombre. Un salto, más bien. Desde la escalerilla de la cápsula Eagle hasta la inmaculada superficie lunar. Apenas unos centímetros. Mientras Michael Collins orbitaba, en la más profunda de las soledades, alrededor del astro, Neil Armstrong y Buzz Aldrin convertían el mito en prosaica realidad. El polvo y las rocas lunares que recogieron dejaron de ser la materia de la que están hechos los sueños para convertirse en algo tan vulgar como silicio y hierro. Con sus botas presurizadas caminaron por las fantasías, por los miedos, los anhelos, los deseos, los mitos de la humanidad. Pisotearon, como si de un vulgar satélite se tratara, a Selene, a Diana, a Jonsu, a Tanit, a Chandra. Dejaron la Luna perdida de huellas.

Se cumplen 50 años de la llegada del hombre al más cercano y a la vez más enigmático de todos los cuerpos celestes. El extraordinario alcance de esta proeza, fruto del progreso y la tecnología pero, sobre todo, del anhelo de aventura y la sed de conocimiento del ser humano, fue también un evento poderosamente simbólico. Soñada y temida, benéfica y misteriosa, protectora y tenebrosa, la fascinación de la humanidad con la Luna y su relación ambivalente con el astro ha dejado huella en el arte, la religión o la sociedad misma. Hasta el 22 de julio, el Grand Palais de París explora esta compleja relación con la exposición 'La Luna. Del viaje real a los viajes imaginarios', un caleidoscópico recorrido que atraviesa el arte, la ciencia y los mitos.

La llegada del hombre a la Luna aquel 22 de julio de 1969, retransmitida en directo por la televisión, creó una nueva generación de soñadores. Pero Armstrong y Aldrin no fueron los primeros en poner los pies sobre el astro. Tintín y el capitán Haddock se les adelantaron 15 años. Y mucho antes, en 1902, Georges Méliès ya había enviado a sus astrónomos con chistera al encuentro de los selenitas. Desde Luciano de Samósata, que imaginó en el s. II d. C. una Luna como el reverso de la Tierra, donde los varones parían y tenían ojos de quita y pon, los hombres han soñado con conquistar la esfera celeste.

El primer mapa de la cara visible de la Luna lo dibujó, a ojo, William Gilbert en 1590. Fue el primer plano de otro mundo distinto a la Tierra. Galileo y Thomas Harriot lo perfeccionaron con los primeros telescopios. Desde el despertar de la humanidad, la Luna ha acompañado a los hombres, ha iluminado sus noches y les ha marcado el paso del tiempo. Sus eclipses eran símbolos de malos augurios y a través de la observación de sus fases se crearon los primeros calendarios. Hoy, gracias a la tecnología, sabemos que la Luna se aleja de nosotros a razón de 3,8 centímetros al año.

La humanidad ha sentido también la necesidad de darle un cuerpo y un rostro humano. Ha sido el dios Jonsu para los egipcios o la bella Selene para los griegos, la que descendía cada noche para contemplar la belleza de su amado Endimión, que dormía el sueño eterno. Asociada con el erotismo y el universo femenino, durante siglos se consideró que ejercía una poderosa influencia sobre la psique de la mujer, quizás porque el ciclo menstrual dura casi lo mismo que el de las fases lunares -pura coincidencia, por cierto-. Las mujeres eran 'inconsistentes', como la Luna, que cambia constantemente, una teoría con tanta base científica como la creencia popular que consideraba que la luna llena conducía a la locura, de ahí los 'lunáticos'.

Confidente de los enamorados, cómplice de los suicidas, testigo de crímenes y batallas, faro de navíos pero, sobre todo, hermosa en su luz reflejada, el arte se ha dejado llevar por su embrujo. Chopin, Beethoven, Bécquer, Prévert, Dalí, Man Ray, Chagall, Manet, Canova... todos fueron seducidos. La ciencia nos ha descubierto que no es única, que existen otras lunas. Pero ninguna será tan bella y misteriosa como nuestra fiel compañera nocturna.