La gran apuesta por los autobuses eléctricos que ya es una realidad

La gran apuesta por los autobuses eléctricos que ya es una realidad

El 99% de los autobuses eléctricos del mundo circulan por las ciudades del gigante asiático. Es el resultado de su apuesta por reducir la contaminación y la dependencia del petróleo

ZIGOR ALDAMA

Los llaman 'King Kong negro', pero si dan miedo por algo es por el silencio con el que se mueven. La última adquisición de la flota de autobuses públicos de Shanghái es toda una declaración de intenciones: son cómodos, tienen un diseño de vanguardia, reducen considerablemente los decibelios que emiten, y, sobre todo, son eléctricos. También son tan depredadores como el primate gigante que les presta su nombre, porque están extinguiendo rápidamente a sus antecesores de combustión. La ciudad más poblada de China, hogar de 24 millones de personas, ha declarado la guerra a los combustibles fósiles y se ha propuesto desterrar el diésel del transporte público el año que viene.

Un 55% de sus autobuses urbanos se mueven ya con baterías, y los taxis han comenzado también a sustituir sus motores contaminantes por otros que se enchufan en los garajes de las empresas que los operan. De momento son solo 350 coches de la marca china Roewe, pero no tardarán en ser miles. Y lo mismo sucede con los vehículos logísticos -desde furgonetas de China Post hasta las bicicletas eléctricas de mensajeros y de repartidores de comida a domicilio- o los de alquiler. Entre estos últimos, destacan los 8.000 automóviles eléctricos compartidos a los que se pueden subir sus usuarios utilizando el móvil para abrirlos en cualquiera de los 3.600 puntos habilitados a tal efecto por toda la megalópolis. El servicio cuenta ya con 1,2 millones de clientes registrados y los shanghaineses realizan en ellos unos 500.000 viajes al día.

Por si fuese poco, también los propietarios de vehículos privados se ven cada vez más tentados por los eléctricos. Buena muestra de ello es ver cómo se han multiplicado rápidamente las matrículas verdes que Shanghái concede a los automóviles no contaminantes. «Desde el Gobierno tratamos de propiciar que sean una opción atractiva también desde el punto de vista práctico. Por eso, la matriculación de los vehículos eléctricos es gratuita y no está sujeta a sorteos», explica Wang Dajun, director ejecutivo de la Comisión de Transporte de Shanghái.

Puede parecer una nimiedad, pero no lo es si se tienen en cuenta las restricciones a la adquisición de vehículos privados que ha puesto en marcha la capital económica de China, donde lograr una matrícula supone esperar meses a que toque y pagar hasta 12.000 euros por ella. «Actualmente, la ciudad cuenta con 221.000 vehículos eléctricos, a los que se suman unos 60.000 nuevos cada año», añade Wang.

El Gobierno se pone las pilas

Lógicamente, este salto se ha logrado gracias a la adecuación de las infraestructuras de carga: en Shanghái hay ya más de 200.000 'electrolineras'. También ayuda que el catálogo de vehículos eléctricos sea cada vez más amplio. Están los Tesla, que tienen buena aceptación en China, pero a ellos se ha sumado una constelación de fabricantes -tanto extranjeros como locales- que ofrecen modelos para casi todos los bolsillos. De hecho, la marca líder en este segmento -BYD- tiene coches eléctricos por menos de 30.000 euros.

«Es solo cuestión de tiempo que los vehículos eléctricos superen las prestaciones de los tradicionales, tanto en relación a su precio -que desciende según avanza la tecnología y aumenta la producción- como en lo relativo a sus prestaciones», opina Wang. La autonomía de los vehículos eléctricos ha aumentado mucho y está ya cerca de la que ofrecen los motores de combustión, aunque es evidente que todavía se tarda mucho más en cargar una batería de coche que en llenar un depósito de gasolina. «La ventaja de China está en la capacidad del Gobierno para adecuar las infraestructuras -el sector energético es de propiedad estatal-, pero también en lo habituada que está la población a los vehículos eléctricos, sobre todo porque las bicicletas eléctricas son muy populares y han hecho que la gente se acostumbre a tener que cargarlas», explica Wang.

Además, el de Shanghái no es un ejemplo aislado. Al contrario. China cuenta incluso con una localidad que está todavía mucho más avanzada: Shenzhen, el Silicon Valley del gigante asiático, cuenta desde enero con la primera red de transporte público completamente eléctrico del mundo: todos los autobuses y los taxis se enchufan a la red. Y no son pocos: en total, a 31 de diciembre del año pasado, eran 16.259 autobuses y 19.000 taxis.

Muchas otras urbes siguen los pasos de Shenzhen y Shanghái, porque la electrificación del transporte público es una de las prioridades de los dirigentes chinos. La contaminación que asfixia al país, cuyos niveles se redujeron el año pasado de forma notable en muchas zonas, y la masificación que viven las calles de las principales ciudades han forzado una actuación decidida. El XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China impulsó la idea de un desarrollo sostenible que propicie la creación de una civilización ecológica, y el presidente, Xi Jinping, ha enfatizado la necesidad de preservar los cielos azules y las montañas verdes, «que son tan valiosos como el oro y la plata».

Aire puro y ahorro

Los resultados de las políticas de subvenciones y de incentivos han sido espectaculares. Según un informe publicado por Bloomberg New Energy Finance, China incorpora a su flota municipal 9.500 nuevos autobuses eléctricos cada cinco semanas, una cifra que representa toda la flota de Londres. Toda, no solo la eléctrica. Así, no es de extrañar que el país más poblado del mundo acapare el 99% de los 385.000 autobuses eléctricos que circulan en el planeta. En contraste, solo el 1,6% de estos vehículos son eléctricos en Europa, y en Estados Unidos su porcentaje es todavía menor, el 0,5%.

Las consecuencias de esta transformación son variadas, pero destacan dos. La principal es el efecto que tiene en la salud de la población. El Ayuntamiento de Shenzhen ha calculado que, teniendo en cuenta que cada vehículo recorre una media de 174,4 kilómetros al día, la ciudad ahorra 345.000 toneladas de combustible. Eso supone que las emisiones de CO2 se reducen en 1,353 millones de toneladas y las de NOx en 431,64 toneladas.

El ruido, sobre todo cuando los autobuses arrancan, es también muy inferior al de los vehículos tradicionales. Y los eléctricos reducen incluso el calor que desprenden los autobuses de combustión, mejorando el bienestar de quienes esperan en las paradas.

La segunda consecuencia, íntimamente relacionada con la primera, es la reducción de la dependencia del petróleo. Debido al tamaño de China, no es algo que se note de forma leve, sino que tiene un impacto global. De nuevo según datos proporcionados por el informe de Bloomberg NEF, los autobuses eléctricos en China han contribuido un 75% a la reducción en el consumo de crudo que ha propiciado la adopción de vehículos eléctricos en todo el mundo. Y su efecto no ha hecho más que empezar. El país espera que su uso repercuta este año en un ahorro de 270.000 barriles diarios, que se dispararán hasta los 6,4 millones de barriles en 2040, cuando se espera que la mayoría de los vehículos que circulen por el país de Mao se impulsen por baterías.

El Gobierno prevé que en 2020 el país producirá dos millones de vehículos eléctricos al año -algo que está propiciando exigiendo que todos los fabricantes cumplan con unas elevadas cuotas de estos automóviles en sus plantas-, y que en 2025 los coches que no emiten gases nocivos supongan el 20% de las ventas globales. Diferentes analistas consideran que, si esos objetivos se cumplen, el precio del petróleo podría caer como lo ha hecho con la crisis económica global que comenzó hace una década. Lo que se disparará, no obstante, será el precio de las baterías. Pero eso no parece preocupar en exceso en Pekín, y hay una razón de peso para ello: la mayoría se fabrica en China, el país que lidera también el desarrollo de su tecnología.