Carretera y Mancha

El mar de La Mancha. Parece cosa del bueno de Alonso Quijano imaginar este paraíso de agua en mitad del secarral manchego, pero las lagunas de Ruidera son una preciosa realidad. En la imagen, la del Rey, la más profunda de las quince, y la segunda más larga (un kilómetro). Pese al calor y la falta de lluvias de este año, solo una está seca, La Redondilla. El baño está permitido. / FOTOS: J. A. G.
El mar de La Mancha. Parece cosa del bueno de Alonso Quijano imaginar este paraíso de agua en mitad del secarral manchego, pero las lagunas de Ruidera son una preciosa realidad. En la imagen, la del Rey, la más profunda de las quince, y la segunda más larga (un kilómetro). Pese al calor y la falta de lluvias de este año, solo una está seca, La Redondilla. El baño está permitido. / FOTOS: J. A. G.

Dulcinea del Toboso existe, pero ahora vive en Londres; en Argamasilla de Alba tienen claro que ellos son ese lugar de La Mancha y en Ruidera, las lagunas son la fiesta del agua

JOSÉ ANTONIO GUERRERO

El disfrute de la vida está en cosas inexplicables, tal vez insignificantes». Lo dice el pintor Antonio López, que nació en Tomelloso (Ciudad Real), justamente el pueblo equidistante de esta ruta manchega de poco menos de 80 kilómetros entre El Toboso (Toledo) y las lagunas de Ruidera, con ese agua que va brincando desde la provincia de Albacete hacia la de Ciudad Real. Ignoro en qué pensaba el maestro cuando pronunció tal feliz frase, pero uno se lo imagina tomando apuntes a orillas de la laguna del Rey, un 'inexplicable' mar azul que desciende hasta los 25 metros de profundidad en medio de la solana manchega. Pero principiemos por el principio, o sea por El Toboso, la patria de Dulcinea, donde la única y verdadera Dulcinea del Toboso es Dulcinea Ortiz Marín, de 37 años, e hija del boticario, con hogar, dónde si no, en la calle Cervantes, aunque ahora se gana el pan en Londres como ingeniera química. Por si hubiera alguna duda, Dulcinea sí que ha leído 'El Quijote' (su capítulo favorito es ése donde aparece la proverbial 'Con la iglesia hemos dado, Sancho', que no es otra que la parroquia de San Antonio Abad, que ahí sigue reciamente plantada dando sombra a los vencejos), por lo que cabe deducir que entre el caballero andante y su musa-lectora existe probada química.

El Toboso bien merece un parada (y hasta una fonda) para perderse en sus calles y certificar que no es una villa inventada, aunque podría serlo porque parece mentira que ofrezca tantos embrujos al viajero: la propia casa-museo en la que se supone que vivió la Dulcinea de 'El Quijote', el Convento de las Trinitarias y su impresionante claustro, el Museo del Humor Gráfico y, sobre todo, el Museo Cervantino, donde se exponen los ejemplares más peculiares de la novela de Cervantes, como la primera edición en euskera y una versión manuscrita que los reclusos de Ocaña elaboraron en 1926. Curiosamente, uno de los libros que más piden ver los visitantes no es ninguno de los Quijotes firmados por mandatarios de todo el orbe, sino 'El cantar de los nibelungos', con la rúbrica de Adolf Hitler.

Y al margen de cualquier guía está la casa 'encantada' de Pura, una maestra gallega que se ha retirado a El Toboso y ha convertido su hogar en un insólito homenaje artístico a Dulcinea (la venerable Pura lo llama su 'espacio onírico', y sí, tiene mucho de ensoñación poética). No la busquen en los folletos de Turismo porque no está, pero todo el mundo la conoce.

Se hace tarde y hay que continuar la ruta por la comarcal CM3103 hacia Argamasilla de Alba, otro de los enclaves quijotescos por excelencia. Es un trayecto de rectas eternas; a un lado campos de cereal recién segado y al otro, los afamados viñedos de los Valdepeñas, que ya han dejado de ser el 'hermano pobre' de los Rioja y los Ribera.

En Argamasilla es obligada la parada en la casa-cueva de Medrano, donde la leyenda sitúa la cuna del caballero andante. No hay visitante que se resista a fotografiarse bajo la gran bacía de barbero (el casco que escoge en sus andanzas Alonso Quijano), la lanza y la espada. Dejamos el lugar, no sin antes retratar el cartelón que da la bienvenida al forastero y que certifica que Argamasilla es ese «lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme», y enfilamos hacia Ruidera por la CM3115. Cae la tarde y con ella, a Dios gracias, empieza a menguar el calor. Apagamos el aire acondicionado del coche, bajamos la ventanilla y dejamos mecer la mano al viento. Huele a heno. Subimos un poco el volumen. Suena Omega, esa obra maestra de Enrique Morente y los Lagartija Nick. ¿Será esto el disfrute de la vida del que hablaba don Antonio López? Por insignificante que sea, a mí me lo parece. En 30 kilómetros (cinco leguas en tiempos cervantinos) me cruzo con seis coches, cuatro tractores y una docena de moteros casi a ritmo de ciclistas. Se nota que van disfrutando del placer de conducir... o de lo que sea. También con un autoestopista que camina, a la altura del castillo de Peñarroya, con el brazo extendido. Pensaba que era una especie extinguida, pero no. Va a Ruidera.

Por fin, a los pocos minutos aparece ante nuestros ojos ese increíble mar de La Mancha que encadenan quince lagunas, con sus cascadas, sus senderos para rutas a pie y en bici y sus playitas con piraguas e hidropedales. La mayor es la laguna Colgada (2,3 kilómetros de larga), pero la más profunda es la del Rey, ambas conectadas gracias a las aguas verde azuladas o azul verdosas del Guadiana que aquí brotan con una felicidad inexplicable. El mejor final para un viaje de libro.