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«Soy Carmen, nada más»

«Soy Carmen, nada más»

Muere a los 91 años la hija de Franco por un cáncer.Su vida estuvo condicionada por un apellido en un país que no se lo puso complicado

ISABEL IBÁÑEZ

Domingo, 31 de diciembre 2017, 01:19

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Sería difícil encontrar en este país a una 'hija de' que lo haya tenido tan complicado y a la vez tan fácil como ella. Complejo llevar un apellido que, todavía hoy, levanta odios y también pasiones; nació abocada a ser la heredera del dictador -algunos le calculan una fortuna de 600 millones de euros-; la única además, aunque él hubiera preferido un niño. Encerrada en palacio, educada en una familia tan conservadora, católica, castrense, machista... tan franquista, en una palabra, que poco quedaba para la improvisación, para buscar la playa bajo los adoquines en mayo del 68 o gritar eso de 'haz el amor y no la guerra'.

Una vida condicionada, tan bien simbolizada en ese vídeo que la muestra con unos 10 años sentada en las rodillas de su madre, Carmen Polo, con su padre preguntándole: «Oye, nena, ¿quieres decirle algo a los niños del mundo?»... «Pido a Dios que todos los niños del mundo no conozcan los sufrimientos y las tristezas que tienen los niños que aún están en poder de los enemigos de mi patria, a los que yo envío un beso fraternal. Arriba España». El caudillo, de pie a su lado, movía los labios al tiempo, como un ventrílocuo. Por eso, Carmen Franco fue lo que tenía que ser.

Moría ayer en su casa del barrio de Salamanca de Madrid, rodeada de familiares, obras de arte, muebles antiguos y retratos de sus progenitores, por culpa de un cáncer descubierto este verano del que no quiso tratarse. «Lo he asumido y no pasa nada. No tengo tratamiento, no hace falta», decía en su última entrevista, concedida hace un mes a 'El Mundo'. Había nacido 91 años antes, el 14 de septiembre de 1926, en Oviedo, y fue bautizada como es preceptivo en las altas esferas, con muchos nombres: María del Carmen Ramona Felipa María de la Cruz, aunque la llamaran 'Nenuca'.

Cambiaban de domicilio con frecuencia por la profesión de su padre, militar, y vivían en Tenerife cuando estalló la Guerra Civil, un hecho que precipitó la huida con su madre a Francia. Al volver, las cosas fueron diferentes ya para siempre. Recordaba a Franco como un padre «cariñoso», aunque «lo importante para él era España. Era lo primero, luego iba mi madre y en tercer lugar estaba yo, no teníamos contacto tan directo. Si llego a ser un hombre, quizá tendría más afinidad con él», admitía. En 1940 fijaron su residencia en El Pardo, su casa hasta la muerte de Franco, en 1975. Comían padres e hija con dos ayudantes, «nunca estábamos solos ni se hablaba demasiado de temas familiares. Contabas lo que había pasado en el día».

Estudió el bachillerato instruida con una monja, aunque no llegó a examinarse oficialmente; nunca tuvo amigas ni compañeras de colegio. En 1950, se casó sin mucha capacidad de elección con el cardiólogo Cristóbal Martínez-Bordiú -sobre el que siempre planearon las palabras 'infiel' y 'braguetazo'- y tuvieron siete hijos: Carmen, Mariola, Francisco, María del Mar (Merry), José Cristóbal, Arancha y Jaime, entre los que destaca con mucho la primogénita, por su existencia ligada siempre a la prensa rosa. A ellos se dedicó, aunque siendo una gran aficionada a la caza mayor protagonizaba portadas de los periódicos sujetando por los cuernos un antílope sable abatido en Mozambique.

Patrimonio descomunal

Lejos de ser tratados como a los dictadores y sus familias en otros países (Gadafi, Ceaucescu, Mussolini...), la hija de Franco disfrutó en su propio país de una existencia relajada, llena de comodidades. En su vida aprendió a gestionar el patrimonio heredado de sus padres; según el escritor Mariano Sánchez, podría tratarse de una cantidad cercana a los 600 millones de euros, la mayoría colocados en las viviendas en manos de la familia, algunas de ellas arrendadas. También deja dos títulos nobiliarios y cargos en 21 empresas. Sin embargo, ella negó hasta el último momento que su fortuna fuese tan grande. Incluso se llegaba a quejar de lo que costaba mantener algunas propiedades.

La periodista Nieves Herrero presentó el mes pasado una biografía novelada de la hija de Franco, con la que mantuvo para ello 40 horas de charla. En ella repasa los episodios más llamativos de su vida, como aquel viaje fallido que quiso hacer a Suiza con las medallas de su padre para convertirlas en un reloj, un escándalo al ser descubierta al pasar por el detector de metales del aeropuerto de Barajas: «No sabía que cometía un delito», clamaba. O la muerte de su nieto Fran, hijo de su primogénita, que perdió la vida a los 11 años en un accidente de tráfico; la única vez que lloró en su vida, aseguraba.

Hace unos meses, el Ayuntamiento gallego de Sada, donde se encuentra el emblemático Pazo de Meirás, propiedad de la familia Franco, la declaraba persona 'non grata'. Pese a todo, reconocía que su país la había tratado bastante bien pese a ser quien era: «Ha habido temas molestos, pero llevaderos (...) Personalmente, he disfrutado de una paz en estos 40 años que tengo que agradecer». Evitaba juzgar a su padre: «Cuando me dicen que fue un dictador no lo niego, pero tampoco me gusta porque me lo suelen decir como un insulto. Sin embargo, a mí no me suena tan mal».

Las reacciones a su muerte llegaron de todas partes, desde la propia Nieves Herrero -«Encajaba todo absolutamente, crítica o no crítica. Nunca le escuché decir 'oiga, de esto a mí no me pregunte'»-, a 'Pocholo' Martínez Bordiú: «Se ha ocupado de toda la familia siempre. Sensación de tristeza. La queríamos mucho todos. Es una mujer muy fuerte. Era una gran mujer, luchadora, tirando siempre de los suyos». Como era de esperar, las redes sociales también se incendiaron con todo tipo de chismes y mofas a su cuenta.

Su nieto favorito, Luis Alfonso de Borbón, anunciaba su muerte así en Instagram: «Dios se ha llevado a Man -así la llamaban- (d. e. p.), pero ella no se ha ido, la tendré siempre en mi corazón. Siempre serás mi súper abuela, mi segunda madre, uno de mis pilares y mi ejemplo a seguir». En las últimas páginas de la biografía, Carmen Franco epilogaba con estas palabras su propia vida: «Aquí estoy, dispuesta a recibir aquello que venga, sin lágrimas; no tengo miedo a nada, ni tan siquiera a la muerte. La he visto de cerca muchas veces y la conozco perfectamente. No le tengo miedo, no me pillará quieta, reivindico mi nombre porque no quiero ser juzgada por la vida de los demás, ni la de mis padres ni la de mi marido ni la de mis hijos. Soy Carmen, nada más».

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