Un Caravaggio en el desván

'Judit y Holofernes', atribuido a Michelangelo Merisi da Caravaggio, tenía un precio estimado entre 100 y 150 millones de euros./R. C.
'Judit y Holofernes', atribuido a Michelangelo Merisi da Caravaggio, tenía un precio estimado entre 100 y 150 millones de euros. / R. C.

Un comprador anónimo aborta 'in extremis' la subasta de una obra perdida del maestro milanés que arrastra dudas sobre su autoría

PAULA ROSAS

En abril de 2014, el subastador Marc Labarbe recibió una llamada bastante habitual para alguien que lleva 25 años rescatando del olvido tesoros de otras épocas. Al vaciar una buhardilla para arreglar una gotera del tejado, una familia tolosana había encontrado un cuadro que no tenían catalogado. En el bastidor había una fecha: 1810. La obra, pensaban, podía tener algún valor y quizás con su venta podían sacar algo para restaurar las escaleras de la vieja casona. Labarbe no esperaba gran cosa. Si acaso, alguna de las muchas pinturas menores que acaban arrumbadas en trasteros cuando los propietarios cambian la decoración. Pero en aquel desván mal iluminado, el subastador siente una punzada eléctrica al enfrentarse al cuadro. La técnica. La temática. Los colores. La luz. No es una obra menor. Y tampoco es del siglo XIX. Una corazonada le asalta entonces y Labarbe piensa inmediatamente en la escuela de Caravaggio.

Así comienza la última aventura de 'Judit y Holofernes', la obra perdida de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), que hoy precisamente debía subastarse en Toulouse pero que, en el último momento, y pese a las dudas sobre su autoría, ha sido vendido por sorpresa a un comprador anónimo y extranjero. Las estimaciones lo valoraban entre 100 y 150 millones de euros, pero los comisarios subastadores no han querido desvelar la suma por la que finalmente se ha realizado la transacción; tan solo que el afortunado es «un coleccionista próximo a un gran museo», donde colgará próximamente, apuntó el experto en pintura antigua Éric Turquin. Su gabinete parisino recibió hace cinco años el encargo de verificar la autoría de la obra -aún hoy cuestionada por algunos especialistas-, una tarea que Turquin ha desempeñado con pasión y la paciencia de un auténtico detective de la Historia del Arte.

Caravaggio, como tantos autores de su época, no firmaba sus obras y apenas realizaba bocetos. Tuvo, además, muchos imitadores. ¿Se encontraban ante una obra inspirada por la técnica del artista, pero realizada por algún contemporáneo -como sostienen algunos escépticos-, o ante un original? Los expertos empezaron indagando en la historia de la familia propietaria de la obra. Instalados en la región de Toulouse desde hace décadas, la familia desciende de un oficial de Napoleón que combatió en España entre 1808 y 1814 y que, al parecer, se trajo algunas obras. Los herederos ya habían vendido hace cuarenta años un cuadro del Siglo de Oro español. ¿Pudo haberlo traído aquel ancestro de una de sus campaña? Es muy posible. El estado de conservación en el que se encontró la pintura, excepcional para una obra de hace cuatro siglos, hace pensar a los expertos que el cuadro pasó por pocas manos después de ser reentelado en torno a 1800.

Cinco años a buen recaudo

No era la primera vez que Caravaggio trataba este tema bíblico en el que la bella viuda judía Judit, acompañada de una sirvienta, decapita al general asirio Holofernes. Una obra anterior, de 1600, cuelga en las paredes del palacio Barberini de Roma. Se sabía que el milanés había retomado la temática en una nueva pintura, perdida a lo largo de los siglos y de la que solo se tenía noticia por una copia realizada por el pintor y marchante de arte franco-flamenco Louis Finson, contemporáneo de Caravaggio y que tuvo en su poder el original.

Al menos dos cartas de la época hablan de la obra. En una, enviada al duque de Mantua, el pintor Frans Porbus le cuenta que ha visto un 'Judit y Holofernes' a la venta por 300 ducados de oro en el estudio napolitano de Finson, un precio desorbitado y que «demuestra que ya era una obra muy importante en su tiempo», señala Turquin. La otra es el testamento del propio Finson, diez años más tarde, en el que lega la obra a su amigo Abraham Vick. Su pista se pierde ahí.

Hasta 2014, cuando Labarbe envía a Turquin una imagen de lo que ha encontrado en ese desván tolosano. «Al principio no pensábamos que pudiera ser un Caravaggio; creíamos que era imposible encontrar una obra suya desconocida. Ni en mis sueños más locos pensé que podría toparme con uno», reconoce con emoción el experto, que ha guardado en una cámara acorazada de su gabinete de París la obra durante los últimos cinco años. Hasta la fecha, tan solo se han podido acreditar 68 pinturas del genio de Milán, pendenciero y bravucón, que murió a los 38 años y cuya biografía es tan provocadora como lo fue en su momento su obra. Tan solo cuatro se encuentran en manos privadas. Analizado por los principales estudiosos del pintor, Turquin y Labarbe están convencidos de su autenticidad. «Solo hay que mirar la pintura -se apasiona el primero-, su violencia, su energía, su brutalidad, esa parte casi caricatural de la obra. No puede pertenecer a nadie más».