Atocha, punto final

Emoción y rabia. Amigos y correligionarios despiden puño en alto los féretros de las cinco víctimas de la matanza./EFE
Emoción y rabia. Amigos y correligionarios despiden puño en alto los féretros de las cinco víctimas de la matanza. / EFE

La fuga de Carlos Carcía Juliá, el ultra buscado por la matanza en un bufete de abogados de Madrid durante la Transición, ha culminado en Brasil. Su captura coincide con el 40 aniversario de la Constitución que quiso abortar

JAVIER GUILLENEA

Carlos García Juliá quiso acabar con la democracia en España antes de que naciera, pero solo consiguió matar a cinco personas en un despacho de abogados laboralistas de la madrileña calle de Atocha. Mientras él cumplía condena, se escapaba y malvivía saltando de país en país, la democracia que había querido abortar no dejó de crecer. Hubo elecciones, se aprobó la Constitución y las urnas, y no los sables, quitaron y pusieron gobiernos. El ultraderechista García Juliá fue detenido este miércoles en la ciudad brasileña de Sao Paulo. La noticia se conoció en España al día siguiente, justo cuando se celebraba el cuarenta aniversario de la Carta Magna. La fecha de su captura ha sido una suerte de justicia poética, una prueba de que tarde o temprano los malos terminan entre rejas. Aunque esto último aún está por ver.

«El círculo de la Justicia se cierra», dijo ayer la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Ella pertenecía al despacho donde se cometió la matanza pero ese día, el 24 de enero de 1977, no se hallaba allí por un cambio de planes de última hora. A las diez y media de la noche, tres pistoleros de extrema derecha -Carlos García Juliá, José Fernández Cerrá y Fernando Lerdo de Tejada- irrumpieron en el bufete laboralista, en el que acabaron matando a tres abogados, un estudiante de Derecho y un administrativo, e hirieron de gravedad a otras cuatro personas. García Juliá fue el encargado de dar el disparo de gracia a dos de los fallecidos.

El círculo de la Justicia comenzó a cerrarse mes y medio después, cuando los autores del atentado y sus cómplices fueron detenidos. Además de los tres pistoleros, cayeron en manos de la Policía Francisco Albadalejo y Leocadio Jiménez Caravaca. Todos fueron juzgados en febrero de 1980 y condenados a diferentes penas, pero no todos llegaron a cumplirlas debido a una serie de polémias decisiones judiciales.

García Juliá, que en la actualidad tiene 63 años, huyó de España en 1994 gracias a un atípico permiso que aprovechó para desaparecer. Cuando llevaba cumplidos catorce años de prisión de los 193 a los que había sido condenado, accedió a la libertad condicional y un juez le autorizó a viajar a Paraguay con la excusa de que tenía una oferta de trabajo. La decisión levantó tanta polvareda que al final fue revocada, aunque ya era demasiado tarde. España solicitó formalmente el regreso del fugitivo, pero ya se había esfumado. Le quedan por cumplir 3.855 días de prisión, unos 10 años y medio.

El hombre detenido el miércoles en su residencia del barrio de clase media Barra Funda, en Sao Paulo, se ocultaba bajo la identidad venezolana falsa de Genaro Antonio Materán Flores. Según explicó ayer un representante regional de la Interpol, había entrado a pie en 2001 en Brasil por la ciudad de Pacaraima, en el estado de Roraima, fronterizo con Venezuela. Durante años permaneció en situación irregular hasta que en 2009 alegó que era conductor de Uber para solicitar un visado provisional. Desde entonces no había sido molestado y mantenía una existencia aparentemente normal.

Una huida azarosa

Desde que se negó a regresar a esa España suya a la que tanto defendía con pistolas, García Juliá ha deambulado por diversos países suramericanos con muy desigual fortuna. El antiguo miembro de Fuerza Nueva fue localizado en 1996 por los servicios españoles de información en una prisión de alta seguridad de La Paz, en Bolivia, en la que cumplía condena por tráfico de drogas. El ultraderechista había sido delatado por dos 'mulas' que habían sido interceptadas con quince kilos de cocaína en el cuerpo mientras trataban de viajar a Zurich. Las autoridades bolivianas sospechaban que García Juliá utilizaba el dinero que recaudaba con la droga para financiar a grupos parafascistas, pero nunca pudieron demostrarlo.

Lo suyo fue cumplir condena y volver a desaparecer de los radares policiales, que nunca habían dejado de buscarlo. Según se ha sabido ahora, tras abandonar Bolivia García Juliá inició un periplo que le ha llevado por Chile, Argentina y Venezuela. Todas las vías de investigación situaban al fugitivo en Suramérica, aunque resultaba imposible determinar la identidad que estaba utilizando «debido a las extremas medidas de seguridad que empleaba», afirmó ayer un representante de la Policía española.

En 2001 España solicitó la extradición de García Juliá a las autoridades bolivianas, pero para entonces el asesino ya era Genaro Antonio y residía en Brasil. En este país se movía con libertad incluso en avión, ya que disponía de documentación a nombre de terceras personas.

El círculo que había permanecido tanto tiempo sin completar comenzó a cerrarse de verdad en 2017, año en el que se emitió una orden internacional de detención. Fue entonces cuando las cosas empezaron a ponerse serias para el fugitivo. El pasado mes de julio la Policía Federal brasileña localizó al asesino en Sao Paulo y lo comunicó a España. Aún se tardaron algunos meses en verificar la información, pero la suerte de Carlos García Juliá estaba echada. Su fuga había llegado a la estación final.

El comando Hugo Sosa

Ahora queda la otra suerte, la judicial, para ver si la condena contra el fugitivo ha prescrito o no. Es lo que ocurrió hace años con Fernando Lerdo de Tejada, el ultra que vigiló la puerta del despacho de Atocha durante la masacre y que huyó de España antes de que se celebrara el juicio. Aprovechó para ello un permiso de fin de semana que le concedió en 1979 el juez Rafael Gómez Chaparro, antiguo miembro del Tribunal de Orden Público franquista, sin comunicar su decisión ni al fiscal ni a la acusación particular que representaba a las víctimas.

El fugitivo se ocultó en La Manga, donde su hermano tenía un negocio, y después emprendió viaje hacia Francia en un coche. En Perpignan le proporcionaron dinero, documentación falsa y un billete hacia Suramérica, donde su rastro se perdió. Se cree que residió varios años en Chile y que en la actualidad puede vivir en Brasil. Pese a que su delito prescribió en 2015, nunca se le ha vuelto a ver.

José Fernández Cerrá, el pistolero que junto con García Juliá disparó contra las víctimas de Atocha, también fue sentenciado a 193 años de prisión. Tras cumplir quince años de cárcel, en la que estudió Derecho y redujo su condena con trabajos, en 1992 obtuvo la libertad condicional y salió a la calle. En la actualidad reside en Alicante, donde figura en el registro mercantil como administrador único de una empresa de reformas y otra de comercio al por mayor.

Según la sentencia que les condenó, los tres ultraderechistas formaban parte de un grupo «activista e ideológico» que «rechazaba el cambio institucional que se estaba produciendo en España». Estaban integrados en el autodenominado comando Hugo Sosa, vinculado a la Alianza Apostólica Anticomunista, la Triple A. Eran unos fervientes falangistas que admiraban a su mentor, el secretario provincial del Transporte de Madrid, Francisco Albadalejo, quien fue condenado a 73 años como inductor y encubridor de la masacre. Murió en la prisión de Valladolid en 1985.

Leocadio Jiménez Caravaca, el hombre que suministró las pistolas a los asesinos, fue condenado a cuatro años. En noviembre de 1977 se le concedió la amnistía, que fue revocada por la Audiencia Nacional en enero de 1978, aunque conservó su libertad. En 1979 fue detenido por tenencia ilegal de armas. Falleció en 1985.

Muertos unos, prescritos los delitos de otros, Carlos García Juliá era el único cabo suelto que quedaba, al menos oficialmente. Los abogados de la acusación siempre han recordado que durante la instrucción del caso no pudieron investigar sus ramificaciones. Sostienen que faltan «las cabezas pensantes» y, lo que es peor, que quizá aún caminen entre nosotros. Tal vez el círculo nunca acabe por cerrarse.

 

Fotos

Vídeos