La mujer armada de valor sale del armario

Patricia Campos, en su etapa militar, en un helicóptero de la Armada./
Patricia Campos, en su etapa militar, en un helicóptero de la Armada.

La vida de la primera piloto naval española no ha sido fácil. Patricia Campos, que confiesa su homosexualidad en su biografía, sufrió humillaciones machistas en el Ejército y ahora se marcha a ayudar a Uganda, donde violan a las lesbianas

FERNANDO MIÑANA

Es ligera como un pajarillo, pero posee la fuerza de un águila. Patricia Campos tiene 39 años y ha sobrevivido a todo. Atrás quedan muchos obstáculos, trampas que por si solas hubieran disuadido a cualquiera. De niña vivió bajo el mismo techo que un monstruo, de adolescente descubrió que era lesbiana, de joven se convirtió en la primera mujer piloto de la Armada española y emprendió el vuelo para huir de tanto machismo. Llegó a Estados Unidos, donde se gana la vida como entrenadora de fútbol, y el 30 de junio regresa a Uganda, la patria del horror. Donde el miedo vive y duerme a su lado cada día.

Patricia es una mujer simpática y dicharachera que ríe con facilidad, pero sus ojos grises se vuelven de acero líquido cuando el asunto no le gusta. En especial con su padre. «Era un monstruo y nos hizo vivir con miedo», concede sobre este hombre del que no quiere saber nada. Todo lo contrario que su madre, a quien responsabiliza de sus virtudes.

Esta mujer nacida en Onda (Castellón) en 1977 ha escrito un libro que sale hoy a la venta: Tierra, Mar y Aire (Roca Editorial). «Yo creo que tengo una vida de película», explica nerviosa por ver cómo funciona la biografía donde se ha desnudado. El hilo empieza en su pueblo, donde era una niña atípica: tenía las rodillas llenas de rasguños de jugar al fútbol con los chavales en las calles empedradas y prefería la trompeta a la flauta. Aquellas aficiones disgustaban a un padre irascible. «Era un borracho, un maltratador y un infeliz. Un católico que tenía miedo a ser condenado a los infiernos. A veces se levantaba en mitad de la noche y empezaba a gritar a un cuadro de Jesús que teníamos en el salón. Le reprochaba a Dios haberle dado una vida tan dura. La mezcla de Frenadol y coñac no le sentaba nada bien». Mientras esas escenas se sucedían, una niña temblorosa escuchaba las voces agarrada a las sábanas de la cama en medio de la oscuridad.

La universidad le permitió dejar atrás al monstruo y vivir al fin en libertad. Aquellos años en Valencia estudiando Comunicación Audiovisual también sirvieron para descubrir, o aclarar, su sexualidad. Entre las aulas y las noches locas las dudas se despejaron y aceptó que era lesbiana. Así aprendió que las barreras mentales que nos imponemos son tan altas como el machismo o la homofobia.

Con el tiempo fue superando esos nuevos miedos. Y entre que su padre se había ido de casa después de 25 odiosos años y que creía que era lo justo, le presentó la novia a su madre, que ni se imaginaba que era lesbiana. «Me alegro mucho por ti, cariño», le soltó. Y Patricia, que temía una escena, se lo hizo saber. «¿Un drama? Yo quiero que seas feliz. Si tú lo eres, yo también. Eso sí, la vida sería más fácil para ti si no fueras gay. Esta sociedad no es justa y puede hacerte mucho daño».

Infancia agridulce

Desde pequeñale encantaba jugar al fútbol

A Patricia Campos (en la primera foto, entre sus dos hermanos) siempre le gustaron las aficiones de los chicos. De niña prefería dar patadas a un balón que jugar con las muñecas. Y no era una más. Un día su padre recibió la visita de un cazatalentos y le dio puerta. Luego le dijo a su hija que lo que tenía que hacer era comportarse como una mujer, dejar el fútbol para los hombres y aprender a coser.

Su madre lloró al ver que no había tenido un varón

Su madre tuvo dos niños antes que a Patricia. El día que nació ella, se puso a llorar. «Cuando te vi en los brazos de la comadrona, te imaginé al cabo de unos años trabajando como una esclava y pariendo hijos de algún hombre ingrato». Patricia recuerda a su madre trabajando sin parar mientras su padre se dedicaba a beber. La niña, todo inocencia, le preguntó: «Mami, ¿cuándo voy a tener pilila?».

La música, otra desus grandes pasiones

Como en muchos pueblos de la Comunidad Valenciana, los niños crecieron aprendiendo a tocar un instrumento. A ella no le gustaba la flauta, que se asociaba a lo femenino, así que eligió la trompeta, aunque lo que realmente le apetecía era el piano, un deseo que ha cumplido de adulta. Esta semana, durante la promoción de Tierra, mar y aire, dedica algunos ratos libres a tomar clases particulares.

En la facultad también fue alimentando un nuevo deseo: convertirse en piloto militar. Primero se graduó en Valencia, después preparó las oposiciones, donde concurrieron cinco chicas y decenas de hombres, y finalmente sacó la segunda de las tres plazas. Ahí, después de que un opositor la amenazara dos veces, empezó a intuir lo que le esperaba. El día después de superar esta criba se quedó en Madrid y celebró a lo grande el Día del Orgullo Gay.

Chistes machistas

En la escuela naval militar entró en un mundo de gritos y castigos, lo que en el Ejército llaman disciplina «porque es lo que vienen haciendo desde hace 300 años». Aquello le intimidó de tal forma que no se atrevió a compartir con nadie su sexualidad. Se la hubieran comido. El machismo lo salpicaba todo. Los aires de superioridad de sus compañeros, los chistes en los comedores, las humillaciones... Ser mujer ya era un peso casi insoportable, como para echarse encima también el cartel de lesbiana. «Tenía dos opciones, enfrentarme cada día a todos ellos o intentar no hacer caso. El instinto de supervivencia fue superior a la ética».

¿Animaría ahora a una chica a hacer lo mismo que usted?

Por supuesto. Le diría que si quiere ser piloto, que luche por sus sueños y salte todas las barreras que encuentre en el camino. Y que se encontrará personas que intentarán complicarle la vida.

Las vejaciones se sucedían casi a diario. Nadie quería una mujer entre machotes. Como el día de la prueba de vuelo, cuando le tocó tragarse las ofensivas bromas de su comandante. «No te pongas nerviosa, tienes que relajarte. Como cuando yo era chaval y me fui de putas. Me estaba follando a la puta y ella, mientras, comía pipas como si no pasara nada. Pues tú lo mismo, relájate y disfruta».

En la base donde fue destinada no había aseos para mujeres. Y el día que se aceptó una reforma, rechazaron su petición de incluir un pequeño cuarto de baño para ellas. Aquello le dolió: se dio cuenta que siempre sería «una excepción, una extravagancia que tendrían que soportar».

Patricia Campos retrata con detalle en Tierra, mar y aire los tics despóticos del Ejército. Y tarda varios segundos en contestar si teme represalias. «Este libro no es un ataque, sino que describe la realidad con la intención de que las cosas cambien, para que el que entre lo tenga más fácil que yo. La Armada vive en un mundo paralelo a la realidad y no vive los avances como el resto de la sociedad, pero espero que entiendan que deben cambiar sus valores».

Alos ocho años, cumplido el sueño de ser piloto con 1.500 horas de vuelo y superadas tres emergencias, pidió una excedencia y se fue en busca de otra obsesión: el fútbol. Es el deporte que practica desde niña, que siguió jugando en la universidad y en el Ejército. Pero esta vez iba a probar como entrenadora en Estados Unidos, siguiendo los pasos de Mia, la novia que había conocido en Rota. «Allí no te juzgan por ser mujer. En cambio, yo no creo que aquí pudiera ganarme la vida así».

Primero estuvo en California y este año ha trabajado en Hawái, su nueva residencia, en las faldas del volcán Diamond Head. «Es precioso y veo el arco iris todos los días... Es una pasada». Pero lejos de acomodarse el paraíso, el 30 de junio regresa a África, donde ya estuvo el año pasado embarcada en un proyecto humanitario que utiliza el fútbol para acercarse a la sociedad.

Uganda, su destino, no es el mejor lugar para una homosexual. A los gais los queman vivos y a las lesbianas las violan entre varios hombres para que descubran que no lo son. Allí se practica la ablación porque la mujer no tiene derecho a disfrutar, solo a proporcionar placer al hombre. Nada de eso le asusta. Y, una vez más, desafía al peligro, que en aquella tierra se manifiesta de mil maneras: violacioes, robos, secuestros, asaltos... «En Uganda lo pasé peor que en el Ejército. Pasé mucho miedo y eso que volando alguna vez creí que de esa no salía...». Pero le compensa poder ayudar a las mujeres enfermas de sida que son tratadas como parias o a los niños rodeados de miseria que beben el agua que hay en suelo. «¿Valiente? Eso es muy relativo. Valiente es una mujer que trabaja, cuida a sus hijos y vive con un maltratador». Desalmados hay en todas partes. En España mismo. «En 2016 ya se han registrado setenta palizas a homosexuales en Madrid y en Valencia tengo amigos a los que insultan o empujan por parecer gais. A mí me daría miedo darle un beso a mi pareja en la calle».

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