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zuriñe ortiz de latierro
Martes, 31 de mayo 2016, 11:52
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Hoy es el día en que menos miedo vas a tener, porque aún no sabes cómo es, me dijo mi padre, que de vez en cuando me apretaba un brazo o me daba un golpecito en el cuello para tranquilizarme. En realidad, era él el más nervioso de los dos, era él el que ofrecía a su hijo al rito salvaje. Tal vez pensó que el cáncer que lo estaba friendo desde hacía dos años se lo llevaría por delante y que quizás esa oportunidad temprana sería la última oportunidad».
Cuatro años después, la enfermedad terminó con Paco Apaolaza crítico taurino del Diario Vasco, EL CORREO, la agencia Colpisa, Ya cuando cubría la Feria de Abril defendiendo los valores de la tauromaquia hasta su último aliento. Con ingenio, poesía, sentimiento. El chaval rubio los 15 recién cumplidos, el estómago roto que vivió de aquella experimentada mano su primer encierro «fue un colocón rápido y amnésico, un resbalón en la ducha»; el crío que le juró aquella mañana luminosa que cantaban los pájaros no olvidar nunca ese momento y pensar en ello cada día de su vida, le dedica ahora 7 de julio (Libros del K.O.), un viaje sentimental al corazón de los sanfermines.
Chapu Apaolaza gasta hoy la ironía de su padre. Uno llevaba bigote y el otro, barba. También comparte profesión, aunque del toro escribe menos de lo que le gustaría. Reportero de este suplemento, cada 7 de julio desaparece de las páginas del periódico, del mundo, para enfrentarse «a todas las limitaciones que impone el universo», para cumplir aquella promesa que le hizo a Paco. Ha faltado al encierro un año, cuando nació Macarena, su hija. Todo lo demás está exprimido en 182 páginas donde corren espías americanos, obreros y concejales que plantan a Arthur Miller, escritas con el reflejo del reportero que no olvida los datos y las víctimas de esa fiesta eufórica, adrenalínica, mortal. «He contado mi encierro porque es el que mejor conozco. Es maravilloso coger un toro en los riñones y correr varios metros, pero hay que hacerlo siempre con humildad. En Pamplona ha corrido todo el mundo. Y el que presume aunque se pase los pitones por la nuca siempre termina por quedar como un cantamañanas. Quizás esa de aprender las discretas reglas del pudor pamplonés sea la lección crucial de todo corredor extranjero».
También es un libro de excepciones. Ray Mouton, sanferminero legendario, abogado de Nueva Orleans y uno de los mejores retratistas en inglés de este festín de los sentimientos, se topó en 1987 con Tom Turley, un amigo de su hijo recién llegado a la fiesta. No sabía ni siquiera dónde iba a dormir. Le cedió una habitación en La Perla, el hotel de Hemingway, a mil euros la noche, con una condición: «Solo me tienes que prometer que siempre volverás a San Fermín». Turley es hoy un corredor consagrado de la curva de Mercaderes. Trabaja en una ONG que atiende tragedias como el terremoto de Haití, el tsunami que barrió Indonesia, la crisis de los refugiados... «Las catástrofes con las que se cita de vez en cuando narra Apaolaza le han respetado 28 sanfermines. Después de perder a su padre, Turley invitó en 2012 a su madre a que viera el primer encierro y ese día cayó en las astas y se rompió la cara. Además de la nariz fracturada, un toro le pisó el tórax y le hundió las costillas en el pulmón. Llegó hasta la ambulancia por su propio pie porque no quería que se asustara su madre».
Pero el primero fue Matt Carney, herido en la batalla de Iwo Jima en 1943, un irlandés de California alto y bello que vivía de actor en París. «Fue un pionero, un descubridor, un masái blanco. Se ganó el respeto de los nativos y creó un modelo: el guiri que es más de Pamplona que el de Pamplona». Se peleó con Hemingway por la imagen que daba de la ciudad en la película basada en su novela Fiesta. «En la plaza del Castillo se acercó a él, se lo reprochó y tuvieron tal bronca que acabó en el calabozo. Lo mandó, literalmente, a tomar por culo». Entre los corredores hoy es un icono comparable al del Nobel: «La habitación en la que durmió los últimos años en un piso de Estafeta sigue tal y como la dejó».
Keith Baumchen, el Bomber, era espía. «Llevó la bandera de la fiesta, del santo y de la carrera loca del hombre y el toro por las cárceles de Irán, las laderas secas de Mongolia, las sabanas de África...». Guardaba para su entierro una túnica naranja que le tejieron los monjes del Tíbet. En su pueblo, Garmisch, entre Alemania y Austria, «se vistieron de blanco y rojo para recordarle, y en Pamplona, su perfil detrás de las gafas de sol (corría con Ray-Ban) está bordado en centenares de pañuelos».
En el paisanaje local pintado por Apaolaza sobresale Fernando Ardura, siempre de negro «por joder, probablemente». «Delgado, fibroso como un junco, se metía en la cara de la manada en la parte baja de la cuesta de Santo Domingo: a ratos, visto de frente, él mismo parecía un toro en cabeza». Legionario en su juventud y reconvertido en empresario de éxito a mediados de los noventa, lo agarraron dos toros en la cuesta. Llevaba una oreja destrozada, la cabeza abierta y una herida por asta en el antebrazo, pero ese mismo día firmó en el notario, comió en el San Ignacio «e incluso quiso comparecer en un encuentro amatorio, cosa que fue imposible». En 1982 se tropezó con Robin OConnor, un neoyorquino que subastaba botellas de 100.000 euros en Christies, en el encierro de Sangüesa. Habían pasado la noche de copas y a la mañana siguiente un colorado le abrió en canal. «Fernando Ardura le recogió los anteojos y después le metió los intestinos en el calzoncillo. OConnor le miró muy fijamente y le dijo que no se quería morir. Robin, chico, eso hay que pensarlo antes, le respondió». El subastador se despertó en la UVI a los tres días y corrió en la Estafeta 24 años más.
El miedo
7 de julio habla del miedo. En el encierro: «Cuanto más corres, más miedo tienes. Se acumula en las venas como un metal pesado y contamina el cerebro con imágenes de pitones que hilvanan femorales, tipos inconscientes y pezuñas que pisan las nucas. Sé, quiero creer, que ese poso tóxico terminará por alejarme de los encierros». Y en el diván: «Mi psicóloga me diagnosticó un trastorno de ansiedad en el que influía notablemente el temor a la muerte y un cierto afán controlador de las situaciones».
¿Tengo los dientes?
Le preguntó una joven con pendientes de perlas y aire pijo a Apaolaza cuando los dos rodaron en un encierro. Se lo soltó con calma y la cara manchada de sangre. Hasta 1974 las chicas no podían correr por ley. Después, «no era extraño que los corredores retiraran a las mujeres del recorrido impulsados por un sentimiento machista. Hoy en día corren con normalidad».
16
personas han muerto en 115 años de encierros, donde han participado 5.500 toros. Pero dos morlacos han matado a un par de corredores cada uno. En el libro aparecen algunos nombres, como el de Fermín Etxeberria, dueño de una zancada envidiable, y la voz de Txus Amorena, su viuda «Yo entiendo, claro que lo entiendo y comprendo que vaya la gente, pero cuando lo veo siento un miedo y una rabia que no puedo explicar bien».
El repaso al reorrido se vuelve caótico a lo largo del libro, como el ritmo propio de la carrera. El autor incide en Santo Domingo: «Es como desprenderse de la poca superioridad que pueda tener el ser humano sobre el toro, porque es cuesta arriba y en ese escenario los humanos son más lentos y los toros más rápidos». Y se regodea en Estafeta: «El corredor se sitúa delante de las astas y adecúa su velocidad a la de la bestia, que le galopa a unos centímetros de los riñones. El humano aguanta a base de piernas y corazón y el animal lo llega a considerar parte de su manada, como si fuera un guía, un hermano. El corredor que consigue templar a un toro flota en ese equilibrio que resulta extremadamente frágil y casi milagroso. Templar una carrera es el acto más virtuoso del encierro».
El periodista describe ese otro universo que es el suelo: «La realidad se disuelve en un amasijo de soplidos, babas, pezuñas que pesan como toneladas y que podrían partirte el cráneo como un coco. Un aullido de cencerros te lame la nuca. Si comienzas a rodar entre las patas, es como saltar a una lavadora durante el centrifugado». Y su viaje al centro de la calle, que le ha tomado una vida entera. «En las orillas resulta imposible correr, pues son un barullo de cuerpos en distintas trayectorias. Hay choques, agarrones, caídas. El corredor se arriesga a tropezar contra algo o contra alguien y salir despedido hacia los toros. No es un buen negocio, pero acercarse al centro de la calle cuesta, porque el cerebro sabe lo que ocurre cuando caes delante del animal». Y el encierro, reflexiona Apaolaza, «está en la cabeza y en el corazón».
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