El pensadoiro

El pensadoiro

Todos se quieren sentar en este banco, que ha entrado en el circuito turístico internacional por un prestigioso concurso fotográfico premiado por la Unesco. Lo colocó un gallego, Rafael, para que sus hijos se sentaran allí a reflexionar

YOLANDA VEIGA

Madrid podría ahorrarse seis millones de euros al año en iluminación. Es una pena meter 400.000 vatios a las cinco de la mañana. Qué lástima que el síntoma del progreso haya sido iluminar las ciudades a cañón. ¡Si lo están hasta las aldeas!». El apagón permitiría también a los madrileños ver las estrellas. Ahora no las ven y Dani Caxete (gallego de Viveiro, 40 años, desde los 18 en la capital) las tiene localizadas a 150 kilómetros del centro de la ciudad, donde la vida urbana va declinando y el cielo anochece limpio.

Este cielo de la foto no es, sin embargo, el techo de Madrid. Es el de Ortigueira, un pueblo de 6.000 habitantes escasos a 55 kilómetros de Ferrol y el doble de La Coruña. Caxete es pintor artístico, rotulador (ahora está haciendo los rótulos para una cadena de hamburguesería) y cazador de estrellas. Pensó que todas no cabrían en la imagen, así que hizo diez tomas, con temporizador... una cada treinta segundos. Apoyó la cámara en el trípode y él se sentó en el banco «para tapar la luz de un barco, que daba de frente». De ahí ese «halo luminoso espiritual» que perfila su silueta e ilumina la niebla que nunca se va del todo de este acantilado de Loiba.

Presentó la foto al Earth and Sky Photo Contest on Dark Skies Importance, un prestigioso concurso internacional de fotografía nocturna que nació en 2008 «como crítica a la luz contaminante» y ha sido premiado por la Unesco. Caxete no ganó, pero recibió «una mención especial» que no le ha reportado ni un euro «ni para el gasoil», pero ha dado repercusión internacional a este paisaje que asoma al océano Atlántico desde la España más septentrional.

El banco lo colocó Rafael Prieto «el 2 de junio de 2009, a las 13.43 horas», precisa este gallego (también de Viveiro) que emigró al País Vasco en la década de los 70, con 20 años, a trabajar de mecánico. «Unos señores de Elgoibar me ofrecieron 23.500 pesetas al mes. En Galicia ganaba 6.000 y pagaba 3.500 de pensión». Se asentó donde olió a salitre, en la costa guipuzcoana «conozco bien Getaria, Zarauz... he comido mucho besugo, aunque soy más carnívoro» y allí se casó y nació su primera hija. En el 79 regresó a Galicia, aquejado de morriña, y allí ha hecho la vida hasta hoy (va a cumplir 64).

El borde, a dos metros

Tuvo tres hijos más y los medianos, Diego y David, solían subir al acantilado de Loiba. «Lo llamaban el pensadoiro. Iban allí cuando traían malas notas, a pensar en lo que iban a decir en casa, o me cogían el coche y se acercaban hasta allá a echar el pitillito». Una vez fue tras ellos y los encontró sentados en la roca «con el culo mojado». Les prometió un banco, pero el Ayuntamiento no quiso ponerlo porque no había barandilla (el precipicio está a cinco metros de frente y a un par de metros por ambos lados) y la propiedad es privada. Rafael asumió la responsabilidad y cargó a los hombros este banquito de madera: «Lo amarré con cemento y sembré césped alrededor». No crece porque la gente lo pisa. Y es mucha gente... Desde que ganara reclamo internacional, el banco de Loiba ha quedado incluido en la ruta turística. Y teniendo en cuenta que, como mucho, caben cuatro personas apretadas, no sería raro que este verano haya cola para sentarse. «Esa foto nos han dado el pasaporte al resto del mundo».

Aunque los auténticos descubridores de este mirador fueron unos escoceses que vinieron en 2010 al festival del mundo celta de Ortigueira. «Eran diez tíos tocando las gaitas, por cierto que debajo de la falda no llevan nada... Yo sé poco inglés, pero nos entendimos. Cuando marcharon me di cuenta de que habían escrito The best bank of the world. Un chaval de Madrid me lo tradujo: El mejor banco del mundo, pero banco de entidad financiera... Me parecía raro que los escoceses se hubieran equivocado e investigando descubrí que bank significa también corte de acantilado. ¡A eso se referían!». Cuando resolvió el misterio, Rafael cogió papel de seda y copió las letras. Las escribe él mismo, respetando la grafía de los escoceses, cada vez que pinta el banco. Porque lo tiene como nuevo. «No son más que cinco tablas apoyadas en cuatro pies, pero subo a limpiarlo a diario». Si no está ocupado se sienta y si ya tiene inquilinos busca acomodo en el suelo.

Es raro que esté libre porque además de turistas allí han estado «dos ingleses grabando un videoclip», los de Ikea rodando un anuncio... «He puesto dos bancos más, pero alejados, no se ven uno a otro. Los he llamado la sucursal y el cajero», bromea.

Por cierto, ¿reflexionaron bien sus hijos allí sentados?

Sí, sí. Ahora uno es músico y el otro informático.

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