Un bosque de cuento

Damas del bosque’ en el Hayedo de Montejo/
Damas del bosque’ en el Hayedo de Montejo

El Hayedo de Montejo, el más meridional de Europa, cumple 40 años como espacio protegido

JOSÉ ANTONIO GUERREROMadrid

Ancestral, enigmático y onírico, como los bosques encantados y los cuentos de hadas, así es el Hayedo de Montejo, un lugar mágico sin más misterios que el maravilloso abrazo entre la naturaleza y el hombre, que ha protegido desde hace siglos este rincón que se abre camino junto al río Jarama, en la frontera norte de Madrid y Guadalajara, a menos de cien kilómetros de la capital de España.

Sumergirse en el Hayedo de Montejo es una de esas experiencias que no hay que perderse, pero es justo ahora en otoño cuando se viste con sus galas de oro para deleite del caminante. Rojos, naranjas, ocres, amarillos un mapamundi de colores se apodera del bosque que ya comienza a despedirse de las vibrantes tonalidades verdes que lo han pintado desde abril.

Cumpleaños feliz

Y a todo esto, lo que trae el Hayedo de Montejo hoy a este espacio (sin desmerecer los de Irati, Ordesa o Cameros) es que acaba de cumplir este mes 40 años como espacio protegido, lo que nos brinda la oportunidad de contar que es uno de los hayedos más meridionales de Europa, en rivalidad con otro italiano. No es muy común que tan al sur crezca esta especie, pero la altitud, unos 1.500 metros, y su ubicación en una zona de umbría, al pie del Jarama, crean un microclima que lo hacen posible. Todos coinciden que el de Montejo es único en el continente por sus cerca de 300 hayas que superan el siglo y medio de vida, incluyendo ejemplares de 300 años. Semejante longevidad es producto del buen uso que los lugareños han dado a su hayedo, utilizado como lugar de pasto para el ganado y no como terreno de tala para suministrar madera a los fabricantes de muebles. El pasado sábado, los amigos del Hayedo, con El Rafa a la cabeza, celebraron el 40 cumpleaños en el claro de un bosque cercano. El acto, que también sirvió de homenaje a El Rafa, concluyó con un increíble concierto de una Big Band entre el arrullo del río y la suave caricia del sol otoñal. Y eso sí que fue mágico.

Pero ojo, disfrutar del placer de recorrer sus senderos de hojarasca no es tan sencillo. Las visitas están restringidas y hay que obtener un permiso para visitarlo. Se puede reservar por Internet aquí, aunque ya está todo completo hasta diciembre. No desespere. Hay otra posibilidad. La otra mitad de los pases son presenciales. Eso sí, se dan por riguroso orden de llegada a las oficinas del Hayedo en el vecino pueblo de Montejo de la Sierra hasta que se agotan.

Hay que madrugar, pero sin duda merece la pena. Solo acceden 20 personas por grupo y la visita se hace con la guía gratuita de un experto en interpretación del paisaje. A los paseantes solo se les pide una cosa: no separarse del sendero. Un pisada inoportuna fuera del camino puede acabar aplastando una pequeña haya de 50 centímetros ¡plantada hace 10 años!

Los personajes del bosque

El bosque es un festival de abedules, acebos, rebollos y líquenes agarrados a la humedad que respiran las rocas, aunque son los robles y las hayas los que, con su majestuosa presencia, lo convierten en el paraje hechizante que tanto da que hablar. No es extraño que los lugareños sostengan que el bosque está encantado e incluso que el caminante confunda el rumor del agua, que discurre junto a la arboleda, con el canto de ninfas y los murmullos de los pequeños guardianes del bosque. En realidad, la voz más autorizada es la de Rafael de Frutos, El Rafa, el hombre que mejor conoce y más quiere el Hayedo de Montejo, y que ha regado con sus palabras poemas y romances que hablan de la melancolía del bosque, de su embrujo y de sus curiosos pobladores, el cárabo común, el petirrojo, el corzo, el jabalí o el zorro.

El Rafa, el respetado Rafa, que ya ha visto 78 otoños, habla con pasión de las señoras del bosque y de los seres del frío, el agua y la sombra que lo pueblan. Sus historias de leñadores y carboneros son las que uno se imagina escuchando junto al fogón, al pie de la lumbre, en una noche de lluvia y tormenta.

Este vecino de Montejo de la Sierra, el más fiel duende del viejo vergel, recuerda con nitidez cómo de niño su padre le enviaba al bosque a recoger ramas de haya, porque templaban muy bien el horno para cocer el pan. Hoy sigue recorriendo sus veredas buscando con calma hierbas (té de roca, orégano y poleo) para sus pócimas de después de comer. Ese bebedizo natural lleva, además, las dosis perfectas de miel, orujo y agua. Mano de santo para desatrancar el cocido madrileño o la pierna de cordero que sirven en los restaurantes cercanos como especialidades de la zona.