El peligro de confundir niños obedientes con sumisos

Educa a tus hijos para que sean obedientes, no sumisos./
Educa a tus hijos para que sean obedientes, no sumisos.

Se corre el riesgo de hacerlos seguidistas, conformistas, adictos al reconocimiento exterior y ciegos al propio reconocimiento

CARLOS PAJUELO

Hay muchos educadores, padres y profesorado, que consideran que son niños obedientes aquellos que siguen, sin rechistar, las instrucciones que se les dan, y añadimos que si son obedientes son, tambien, niños muy bien educados. Es verdad que hay niños que no dan la «lata» a los demás, niños de fácil y agradable convivencia. Pero ¿no crees que, para educar a nuestros hijos e hijas en la obediencia, hay que tener cuidado porque podemos educarlos en la sumisión? Sumisión a lo que padres y/o profesorado les propongamos, «por su bien», corriendo el riesgo de hacerlos seguidistas, conformistas, adictos al reconocimiento exterior y ciegos al propio reconocimiento.

Los niños no nacen obedientes ni desobedientes, no nacen sumisos ni críticos. Nosotros los adultos, interaccionando con ellos durante la infancia y adolescencia, somos los que les vamos a indicar el camino, el camino de la obediencia, o lo que es lo mismo el camino del pensamiento crítico, o el camino de la sumisión.

Un niño obediente es un niño que es capaz de acatar lo que le pide otra persona, porque esa persona, por la manera de interactuar con el niño, goza de un reconocimiento de autoridad. Un niño obediente es un niño con espíritu crítico. Un niño que no cuestiona a las personas a las que obedece porque le han mostrado su disponibilidad, su cariño.

Un niño sumiso es un niño que se somete al dominio de otra persona. Se somete porque esa persona ha enseñado al niño a tener miedo, a tenerle miedo, o le ha creado al niño un sentido de obligación, la obligación de que hagas lo que se te diga sin rechistar. El temor a ser ninguneado, humillado, no querido, si no se comporta como el adulto quiere, es lo que los lleva a obedecer.

Referente

Antes de que aparezca la obediencia o la sumisión, aparece un adulto que se relaciona con el niño, un adulto que va a influir en el niño, ya sea un padre, una madre, un maestro o maestra, un adulto que enseña algo más importante que obedecer o no obedecer, enseña que es una persona confiable, una figura «revestida» de autoridad que cuida, protege, ama al niño y desde ese cuidado, protección y amor el niño va construyendo y aceptando al adulto como referente.

Si el referente, insisto, está construido en base a relaciones de cuidado, protección y amor, es muy probable que surja la obediencia. Y con este aprendizaje de obediencia aparecerá también la autoestima, la capacidad de sentir el valor propio, el espíritu crítico, la autoaceptación. Sin embargo, si el referente está construido en base al miedo, a la humillación, a la obligación, al temor a perder el cariño del adulto, entonces aparecerá la sumisión y de su mano un miedo enfermizo a perder el cariño de sus padres o profesores. A sentir que uno no vale nada, a no ser capaz de reconocer el propio valor, a estar pendiente de manera ansiosa del reconocimiento ajeno.

Así que no lo olvidemos, la mejor manera de educar hijos y o alumnos obedientes es que nosotros, los educadores, les mostremos que somos referentes, somos autoridad, pero la autoridad que surge de cuidarlos, de protegerlos, de amarlos. Los niños se dan perfectamente cuenta de quién los ama y de quién no; y hay muchos adultos más pendientes de que los niños no molesten que de amarlos para enseñarles a que no molesten.

No quieras hijos sumisos, porque son los que más abusos, de todo tipo, pueden sufrir. No quieras hijos sumisos, porque lo que debes querer es que sean capaces, ellos mismos, de sentir lo que valen sin necesitar mendigar el reconocimiento. No quieras hijos sumisos que no den guerra; quiere padres y madres que, amando, sean capaces de decirles a sus hijos, mientras los educan, con orgullo y seguridad: «porque soy tu padre», «porque soy tu madre» o «Esto es lo que hay».

Y no tengas prisa, tú a lo tuyo, a educar.

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