Salvini y los ovnis

El desamparo de la nave 'Open Arms' pone de manifiesto que la política del ministro ultraderechista se ha convertido en obsesión

AGUSTÍN ARSENALGranada

Con la estrategia necia de un guarda armado de carabina, el ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, pretende curar el síndrome del asedio que padecen sus votantes cerrando los puertos italianos cercanos al África a quienes de allí escapan, víctimas de la guerra y la miseria. El desamparo de la nave 'Open Arms' pone de manifiesto que la política del ministro ultraderechista se ha convertido en obsesión, porque de nada valen ya los reclamos y ofertas de los seis países de la Unión Europea dispuestos a repartirse el destino de los 147 emigrantes que han llegado a la costa de Lampedusa desde Libia a bordo de ese barco español en misión de ayuda humanitaria.

A pesar de la incertidumbre que amenaza a esos emigrantes prisioneros en la red de la inestabilidad política en Italia y en la Unión Europea, su suerte medirá la fortaleza del bastión que el ministro Salvini pretende mantener para lograr su objetivo final: la toma del poder en unas elecciones fraguadas en la primera 'crisis di ferragosto' en la historia de Italia dinamitando su propio gobierno. En una operación que recuerda el ascenso al poder absoluto de Mussolini en 1922, Salvini reclama para sí todos los poderes y la convocatoria inmediata de elecciones. Su arrebato estival, copia del frenesí mussoliniano de hace un siglo, tiene por objetivos el enfrentamiento con la Unión Europea, el repudio del euro y el cierre férreo de las fronteras frente a la emigración.

Nunca ha negado Matteo Salvini, converso militante juvenil de un partido de izquierda como Mussolini, sus fervores por algunos logros: orden, autoridad grandeza... Él rescata escenarios fascistas para sus mítines y no desperdicia la ocasión de citar al Duce en sus mensajes de Twiter, con reflejos no solo de racista sino también de político desenfrenado nostálgico del fascio. Su xenofobia supremacista y el tufo recobrado de autoritarismo populista ya en el gobierno le dieron sus frutos electorales en las elecciones europeas de mayo: la Liga Norte, su partido ultraderechista e independentista, obtuvo el doble de votos (34,5%) que un año antes en las legislativas, multiplicando por seis su electorado en menos de cinco años. El éxito electoral de la Liga es apabullante, fruto de la desastrosa situación económica en Italia y de las dos cualidades características de los líderes populistas que posee Salvini: el uso de un discurso simplificado y la reiteración de argumentos contundentes capaces de movilizar las preocupaciones y atizar los miedos colectivos.

No es probable que el complejo entramado político y constitucional italiano consientan el acceso de Matteo Salvini al poder absoluto que reclama en nombre de la estabilidad política, siempre moneda rara en la política italiana. Sin embargo, la desmedida ambición del político milanés, crecido en los pasillos del Parlamento Europeo, tiene como principal propósito desafiar a Bruselas en nombre del pueblo soberano, aterrado ahora por la marea de la emigración. Las arenas movedizas de la partitocracia rocosa, enquistada sobre todo en los grupos de derecha, da oportunidades y amplía el territorio de Salvini, animal de campaña electoral cuando aplica dosis de locura y coraje a sus extremadas recetas políticas, hábilmente vendidas con su omnipresencia pública de divo y en las redes sociales.

Frente al asalto al poder del líder de la Liga, los demás partidos amigos y adversarios han cerrado filas con una estrategia que se practica en Italia de manera magistral desde el tiempo de los romanos, un ejercicio de sutileza política que circula a través de laberintos esotéricos, por sendas recónditas y parajes vaporosos donde el susurro esconde la realidad. Ningún político lo practicó hasta ahora con más destreza que el brujo de los silencios estridentes Giulio Andreotti, quien despachaba los improperios de sus adversarios en el hemiciclo de la Asamblea Nacional con una sonrisa horizontal, sutil y cínica, pues ni siquiera contestaba en el hemiciclo a quienes, en la última etapa de su carrera como senador vitalicio, lo hicieron jefe de la mafia.

En el amplio catálogo de fórmulas y estilos de hacer política en tiempos tempestuosos, lo que este verano se lleva en Italia es la táctica del bisbiseo, estrategia que en el argot parlamentario se conoce como 'fare l'inciucio', onomatopeya napolitana que en español se corresponde al bisbiseo. Todos los partidos del arco parlamentario se han puesto de acuerdo así, en el silencio de los despachos del Palacio de Montecitorio, para frenar al ambicioso populista milanés encumbrado en las encuestas, y solo él llama a las urnas. Es fascinante y también fructífero ejercer de fanfarrón playero mientras 147 inmigrantes desesperados esperan desembarcar en un puerto seguro. Eso hizo esta semana en la costa de Rávena el histrión Salvini en bañador y con un gin-tonic en la mano. En las playas de Libia, donde los emigrados del 'Open Arms' habían embarcado, Mussolini estableció los campos de concentración de los rebeldes obligados a rendirse o a firmar 'la paz de los cementerios'. Nunca se ha cerrado esa herida entre esas costas del Mediterráneo, Europa y África tan cercanas. Salvini pretende ahora encabezar un régimen autoritario y echar al mar a los emigrantes, para satisfacción de los italianos aquejados por el síndrome del asedio.

La imagen actual de ese éxodo migratorio, entorpecido por leyes confusas e interpuestas, es angustiosa y vergonzante. La inmigración es un reflejo más del asedio a la Unión Europea que se inició hace años desde dentro y desde fuera, aunque los migrantes son el síntoma, no la causa. Los refugiado de Siria, Irak, África subsahariana y el Magreb son los últimos en busca una puerta de entrada a Europa mientras, como antaño, el creciente populismo demoniza la emigración como pretexto para aplicar políticas cada vez más autárquicas. Matteo Salvini dice no tener en cuenta si los emigrantes son blancos o negros, buenos o malos, ortodoxos o musulmanes, africanos o sirios. Según su descripción de esa gente en fuga, aparentemente aséptica, se trata de seres llegados de mundos lejanos e ignotos, de naturaleza dudosa e identidad oscura y sin derechos humanos, como los ovnis.