¿Qué puedes hacer por tu país?

Los jóvenes españoles se han desentendido absolutamente de la defensa de su país, de ahí el bajo porcentaje de aquellos que estarían dispuestos a participar en la misma en caso necesario

JOSÉ TORNÉ-DOMBIDAU Y JIMÉNEZMiembro del FORO PARA LA CONCORDIA CIVIL

Desde el pasado domingo 16 de junio el presidente Macron ha cumplido una de sus más llamativas promesas electorales: los jóvenes de ambos sexos tendrán que cumplir el Servicio Nacional Universal, de dos semanas de duración. Objetivo primordial del mismo es «implicar a la juventud en la vida de la nación, promover la noción del compromiso y favorecer un sentimiento de unidad nacional en torno a valores comunes».

¿Se imagina alguien este deber en España, en la España cuasi confederal de las Autonomías, con un territorio estatal declarado oficialmente independiente? Sin embargo, la juventud francesa, por iniciativa de sus autoridades, ha comenzado a prestarlo en beneficio de la población. Los jóvenes franceses se levantarán a las siete de la mañana, cantarán 'La Marsellesa' y dedicarán toda la jornada a aprender valores republicanos, a conocer la realidad institucional y social de su país, a conocerse los naturales de cualquier parte de Francia, estableciendo lazos de amistad, compañerismo y patriotismo, hoy ausentes al estar suprimido el servicio militar obligatorio como prestación personal.

Una literatura abundante ha suscitado, desde tiempo inmemorial, la famosa 'mili' española. Muchos comentarios y muchas opiniones, generalmente negativas, sobre la utilidad del servicio militar obligatorio. Que si era escuela de vagancia, que si se perdía el tiempo, que no se aprendía nada útil para el ciudadano… Esa mala reputación de este servicio obligatorio, esa impopularidad, y la nueva estrategia formativa y operativa actual de las Fuerzas Armadas (que apunta a la imprescindible profesionalidad de sus integrantes) determinaron que la 'mili' española fuera suspendida, que no suprimida, por el Real Decreto 247/2001, de 9 de marzo. Por tanto en España no se cumple el servicio obligatorio castrense desde el 1 de enero de 2002.

Los jóvenes españoles se han desentendido absolutamente de la defensa de su país, de ahí el bajo porcentaje de aquellos que estarían dispuestos a participar en la misma en caso necesario. Sin duda equivocadamente, la juventud española vive de espaldas a las necesidades e imperativos esenciales de la comunidad. No está implicada en los valores superiores de lo colectivo, del civismo ni de lo público. Vive en un país razonablemente rico que le permite el lujo de pagarle un Ejército para que le defienda. El país paga. Otros pegan los tiros y, en su caso, pierden la vida. Ese país se llama España.

Hoy España, como Estado, es el resultado de un vertiginoso proceso territorial ampliamente descentralizador y hasta centrífugo. Son muy pocas las instituciones o servicios públicos que conservan el adjetivo de 'español' o 'nacional'. El territorio del Estado se ha troceado en diecisiete reinos de taifas con sus diecisiete banderas, diecisiete himnos, diecisiete gobiernos, diecisiete parlamentos que engrosan diariamente las páginas de sus diecisiete boletines oficiales y que han levantado, como muros, diecisiete ordenamientos jurídicos descoordinados, inconexos, repetitivos e innecesarios. Para ser fieles a la inveterada singularidad hispánica, hasta disponemos de una comunidad autónoma que ha dado un golpe de Estado contra el orden constitucional y se ha declarado República independiente, con la excentricidad de estar al frente de sus instituciones, todavía, las mismas autoridades insurrectas.

Se puede pensar que el plan del presidente Macron es reaccionario, trasnochado o incluso autoritario. Empero yo no lo considero así. Un servicio colectivo, en el que se llama a la juventud a comprometerse –brevemente– por su país (dos semanas), a conocerlo, a entablar amistad con sus compatriotas y a que conozca las dificultades y entrega de las diferentes instituciones públicas que conforman una nación y un Estado, es siempre algo útil y supone progreso y fortalecimiento de la nación.

Para aquellos especialmente refractarios a instituir tal servicio, verdadera escuela de ciudadanía, habría que recordarles que fue la Revolución Francesa (aquella que acabó con el ejercicio absoluto del poder político) la que declaró que «Siendo necesaria una fuerza pública para dar protección a los derechos del hombre y del ciudadano, se constituirá esta fuerza en beneficio de todos […]» (Art. 12 de la Declaración de 1789). Y que nuestra primera Constitución política, de 19 de marzo de 1812, piedra fundacional del constitucionalismo español y, por tanto, de la limitación del poder en España, dedicó sus artículos 356 a 365 a crear una fuerza militar nacional permanente y a declarar que «ningún español podrá excusarse del servicio militar, cuando y en la forma que fuere llamado por la Ley» (Art. 361).

Aprender disciplina y valores, vivir con austeridad, pensar en los demás, trabajar por la comunidad y… obedecer, son virtudes que vienen bien al ciudadano.

Es magistral la frase del discurso de toma de posesión del presidente John Fitzgerald Kennedy en 1961: «Compatriotas: preguntad, no qué puede vuestro país hacer por vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país». Esa es la filosofía valiosa a seguir.