Nuevas estupideces

Un estudio revela que nuestra actual forma de vida nos vuelve tontos. ¿Acaso no lo sospechábamos?

F. L. CHIVITE

El ser humano no se detiene. El otro día vi un programa de televisión en el que decían que cada vez hay más perros veganos. Ya sabes, los veganos son vegetarianos estrictos: no solo se niegan la carne y el pescado, tampoco ingieren productos lácteos, ni huevos. Ni ningún otro producto de origen animal, aunque sea miel. Cada vez hay más parejas veganas cuyos perros y gatos también lo son por deseo de sus amos. En ese programa se entrevistaba a un veterinario de animales veganos. El tipo sonreía todo el tiempo, no le faltaban motivos. Explicaba que su trabajo consistía en elaborar dietas veganas equilibradas para los animales de compañía de sus clientes veganos con cierto poder adquisitivo. Pensé: aquí hay un nicho de negocio seguro, porque esta claro que esta clase de delirios van a ir a más.

A propósito: un estudio publicado este mes por la Universidad de Michigan, ha llegado a la conclusión de que el estilo de vida actual nos está volviendo estúpidos. Mi pregunta es: ¿acaso no lo sospechábamos? Ya digo, el ser humano no puede detenerse. Tiene que seguir, esa es su maldición. Siempre un poco más allá. Porque, quizás estaría bien parar aquí, contentarnos con lo que hemos conseguido hasta ahora, dejar de agotar los recursos y, como aconseja Stephan Lessenich, empezar a consumir menos, producir menos y permitir que el Planeta se recupere. Ah, pero es imposible. ¿Alguien lo cree posible? Yo no. Seguiremos evolucionando. Y progresando. Y deseando más. Y creyendo que teniendo más seremos mejores: más felices, más justos. ¿Eso es ser estúpido? Es difícil decirlo.

¿Matarse por un selfie es estúpido? Hace unos días, un par de jóvenes se precipitaron desde una barandilla y murieron tratando de hacerse un selfie arriesgado. El selfie es el paroxismo extremo del narcisismo contemporáneo y un signo pavoroso del inevitable rumbo de la especie. Han muerto cientos de jóvenes haciéndose selfis arriesgados, cayendo al vacío, desgarrados por fieras, arrollados por trenes. Cuesta creer que sus padres fueran capaces de hacerlo, pero el cerebro humano evoluciona, como bien sabemos. No puede parar. Las nuevas y fascinantes estupideces del siglo XXI tienen mucho que ver con las cada vez más avanzadas posibilidades de la tecnología. Los delincuentes se graban cometiendo el delito y luego ellos mismos suben el vídeo a las redes.

La gente se enamora locamente a través de internet y es capaz de entregar todo su dinero a alguien que dice ser un marine extorsionado por piratas somalíes. La nueva estupidez se cansa pronto del nivel alcanzado y quiere superarse a sí misma. ¿Es una maldición? Lo es. No podemos no querer ir a más. Nuestro destino es destruir el Planeta y provocar nuestra propia extinción. Y allá vamos. Utilizando para ello herramientas cada vez más eficaces y veloces.