El escriba sentado
José Abad
Lunes, 1 de diciembre 2025, 23:51
«Las palabras tienen dueño», afirmaba un personaje de 'Alicia en el País de las Maravillas', recuerda Manuel Vázquez Montalbán en el texto que da ... título al volumen 'El escriba sentado' (Altamarea). El escritor catalán se refería al intercambio de pareceres entre Alicia y Humpty Dumpty en la obra de Lewis Carroll: «Cuando uso una palabra ésta significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos», dice el segundo. «La cuestión es si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes», responde la niña. «La cuestión –contraataca Humpty Dumpty– es quién es el Amo, eso es todo». Así ha sido, así es y así será. 'El escriba sentado' es la afortunada imagen empleada por Vázquez Montalbán para referirse al escritor que escribe al dictado del Poder. –¿Qué Poder? El de turno–. Durante siglos –en realidad, durante milenios–, los escribas se han limitado a copiar/perpetuar las palabras del Amo. El escriba disidente sería el que se pone en pie, aunque su oficio lo obligue a permanecer sentado, y recurre a las palabras justamente para denunciar que éstas tienen dueño. Las palabras son lo que son, pero podemos emplearlas contra el establishment, la intelligentsia o la madre que los parió.
Las simpatías de Vázquez Montalbán se depositan obviamente en esos nadadores a contracorriente. Los textos reunidos en 'El escriba sentado' están consagrados a ellos. El primero de estos autores que aborda es el húngaro Arthur Koestler, un autor que representó como ningún otro la esperanza en el cambio social y el desencanto posterior, allá por el siglo XX, cada vez más lejos; en la década de 1930, Koestler «dio un cheque en blanco al estalinismo», escribe Vázquez Montalbán, y luego lo combatió con toda su alma o con esa fuerza almacenada allí donde debiera residir el alma. También está George Orwell, que siguió un camino parecido al de Koestler, desde la convicción al descreimiento, dejándolo todo para venir a luchar en nuestra Guerra Civil y encontrarse aquí con luchas intestinas tanto o más sangrientas que las provocadas por el fascismo. No podía faltar Dostoievski, una víctima de la Rusia de los zares y de su propia lucidez, cuya obra narrativa reúne y resume el siglo XIX y, así y todo, habla de tú a tú al hombre contemporáneo con una franqueza hiriente; Vázquez Montalbán usa a menudo el mito de Prometeo, que simboliza mejor que ningún otro el afán de conocimiento y el desafío al Poder: «Dostoyevski, a su manera, también robó a los dioses las artes, el fuego y la política, y siempre estuvo tentado de dárselo a los hombres». La lista de escritores prometeicos es larga. ¿Podía faltar Kafka? En absoluto. Kafka empujó al lector a asomarse al despeñadero abisal de lo cotidiano y sentir el vértigo del vacío en sus propias entrañas. Por las páginas de 'El escriba sentado' también se pasean Leonardo Sciascia, Josep Pla, Graham Greene, Cesare Pavese, Juan Marsé…
Como era habitual en él, Manuel Vázquez Montalbán se sale del camino trillado de lo que todos repiten para encontrar su propia clave de interpretación de estos autores; es decir, el escritor catalán hace gala de una envidiable independencia de criterio que lo acerca a esos escribas sobre los que él escribe, los que se ponen en pie para defender su propio discurso, no el discurso del Poder. –¿Qué Poder? El que sea–. En una nota introductoria, Vázquez Montalbán habla de este volumen como de una especie de«biografía de un escritor a través de la lectura de otros escritores». Es una hermosa idea: somos lo que leemos. Y si un día yo me decidiera a escribir una biografía semejante debería dedicarle un capítulo entero a él. La deuda que tengo contraída con Manuel Vázquez Montalbán es inmensa.
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