Insultos y lazos

La apertura de la caja de los truenos tiene ese inconveniente: que los truenos suenan para todo el mundo

FELIPE BENÍTEZ REYES

Ada Colau se ha dolido, entre lágrimas, de que, en el día de su elección como alcaldesa, ella y sus ediles fueron insultadas por quienes se concentraron en la plaza Sant Jaume para protestar por el tetris democrático que propició su investidura. Razón para el duelo no le falta, pues los insultos sobrepasaron el límite del machismo para invadir el terreno de la pura barbarie. Las bocas de las que salieron esas barbaridades se supone que son las mismas que pregonan y ensalzan el pacifismo y la sonrisa permanente del ideario independentista catalán, que se exhibe ante el mundo como un episodio candoroso de los teletubbies, entre cánticos regionales y banderas de un país imaginario, aunque muy parecido, según cuentan, a Shangri-La, al menos a medio plazo vista.

La apertura de la caja de los truenos suele presentar ese inconveniente: que los truenos suenan para todo el mundo. Por su parte, el inconveniente de los insultos es que son portátiles y van de un bando a otro, sin más disciplina que la del sentimiento en caliente. Estás en el país de la fraternidad, como si dijésemos, y, de improviso, te cae un insulto no ya de tus adversarios, sino de tus aliados naturales, y todo empieza a enrarecerse, pues lo que era Shangri-La empieza a parecerse un poco al barrio del Raval de madrugada.

Cuando la política se saca del ámbito de la gestión de lo público y se desplaza al ámbito de la gestión de lo esotérico pasan al menos dos cosas, a saber: 1) que la realidad acaba siendo un factor secundario y 2) que las fantasías acaban siendo un sustituto irracional de la racionalidad. La buena noticia es que para un político profesionalizado resulta más cómoda la puesta en circulación de abstracciones irresolubles que el dar solución a concreciones irresueltas.

A pesar de los insultos recibidos por un sector exaltado del independentismo, Colau ha manifestado su intención de mantener el lazo amarillo en la fachada del ayuntamiento. Bien. Puede entenderse como una muestra de su falta de rencor. Puede entenderse como un guiño de complicidad a quienes la insultaron. Puede entenderse como una muestra de su habilidosa ambigüedad. O puede entenderse sin poder entenderlo en absoluto.

Hay optimistas que opinan que un referéndum pactado solucionaría este tipo de disputas y se impondría una armonía social modélica. No diré que no. Pero, a poco que echemos unas gotas de pesimismo a ese optimismo, se impone la sospecha de que esa consulta no sería la solución del problema, sino el principio de otro, distinto en su apariencia aunque idéntico en su esencia. Es lo que tiene el romanticismo telúrico cuando se aplica a la política: crear conflictos sin solución posible. Tal vez porque la solución -quién sabe- es el problema mismo.