Todos somos inmigrantes

IGNACIO PELÁEZ PIZARRO

Cuántas guerras, invasiones, revoluciones, muertes... En definitiva, cuánto sufrimiento hay en nuestro mundo, porque muchos consideran la tierra donde viven como posesión suya, en la que otros no tienen derecho a residir. Y de ahí viene el lamentable y doloroso problema de los miles y miles de inmigrantes, de los que unos encuentran la muerte en el mar en su intento de escapar del hambre o de la guerra, y otros muchos, después de una odisea lamentable, acaban encontrándose con unas vallas, que les están diciendo: «Aquí no os queremos».

Y estas tragedias inhumanas les ocurren precisamente a los inmigrantes pobres, que no pudiendo vivir en el país donde nacieron, tampoco lo pueden en el país en el que ellos soñaron.

Porque los visitantes no pobres no son rechazados, sino que se les recibe con aplauso, se preparan actos para agasajarlos y que sean felices durante su estancia en el país. Y todo ello porque se espera que su visita sea una oportunidad para que dejen aquí su dinero y así podamos vivir mejor.

Lo que significa y viene a demostrar que al dinero se le da más importancia que a la persona, en concreto que a la persona pobre.

Tenemos una economía materialista, cuyo dios es el dinero. Si tienes dinero, vales; si no, eres un estorbo. Por ello, para ser algo y alguien, se cultiva el ansia de tener, de acaparar; pues de lo contrario, eres un don-nadie. Y claro, cuando se acapara, a unos les sobre y a otros les falta. Y de ahí nacen esas diferencias escandalosas entre países ricos y países pobres; personas ricas y personas pobres y descartadas, como dice el Papa Francisco.

En nuestro mundo hay recursos suficientes para todos los hombres. Recursos aportados por la madre-naturaleza y aumentados por la gestión y el trabajo del hombre. Pero si esos recursos no llegan a todas las personas, pasa lo que está pasando: que a unos les sobra y a otros les falta.

Y es que los países ricos no saben, ni quieren saber, que también ellos son inmigrantes. Se creen amos de su país; creen tener un derecho eterno y absoluto a sus tierras; un derecho que viene de atrás y que les hace dueños y señores, siendo los demás advenedizos y descartables. No saben que también ellos fueron puestos en un lugar determinado, como podrían haber sido puestos en otro; ni quieren saber que un día tendrán que dejar esa tierra, sin llevarse nada de ella.

Pero sí se llevarán, y será lo único en llevarse, algo de ellos mismos: su corazón; corazón de piedra, si sólo se han amado a sí mismos y «al prójimo contra una esquina»; o corazón humano, su también han ayudado y amado a los demás.

Sólo de esto se nos va a preguntar, y no dónde hemos vivido, ni en qué condición: si como inmigrantes, o como nativos de ese lugar de la tierra. (Evang.de San Mateo, cap. 25, 31-40).

Y el mismo Jesucristo, que dio su tiempo, su saber, su cariño, su sangre, su vida por todos nosotros, con lo que demostró más que suficientemente que es digno de ser creído, nos dice en el evangelio de San Lucas: «Ahora bien, a vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen... Pues si queréis sólo a los que os quieren, vaya generosidad! También los descreídos quieren a quien los quiere. Y si hacéis el bien a los que os hacen el bien, vaya generosidad!... Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no os juzgarán; no condenéis y no os condenarán, perdonad y os perdonarán... pues la medida que uséis la usarán con vosotros» (cap.6, 27-38).

¡Qué bien viviríamos si actuáramos según esta forma de vivir! Nuestro mundo sería un cielo anticipado. A ello nos puede ayudar el convencimiento de que todos somos inmigrantes, y estamos aquí de paso.