Extremo sanchismo

Extremo sanchismo
MARCIAL VÁZQUEZ POLITÓLOGO

El pilar básico sobre el que se asienta de manera primaria el sistema democrático es el uso de la razón como vehículo exclusivo y preferente -que no excluyente- de sus estructuras sociales, políticas y económicas. Sin la razón, más allá de la igualad y la libertad, la democracia nunca habría sido posible, porque solo desde el pensamiento crítico el ser humano puede avanzar libre e igual; si no hay razón, a duras penas existirá la igualdad y ni mucho menos la libertad. No en vano los sistemas y las ideologías totalitarias como el comunismo se basan en la sinrazón del mito propagandístico y del ideal democrático que sus elites nunca llegan a implantar porque viven de prometerlo eternamente a su pueblo, mientras lo empobrece y lo tiraniza.

Dentro de esta razón, podemos observar tres vectores constituyentes: la razón democrática, la razón de Estado y la razón de partido, teniendo en cuenta que la primera es socavada cuando se pervierte la segunda y se impone la tercera. De ahí que el diagnóstico catastrófico de nuestra actual salud democrática venga determinado porque hace tiempo que se abandonó la razón de Estado para entregarse a la razón de partido, antes de mutar este último escalón en la sinrazón del culto al Mesías, el cual administra su poder de manera arbitraria y tiránica sobre unos súbditos que se pelean entre ellos por ser los mejores verdugos voluntarios para los asuntos sucios que casi siempre tiene presente el gran líder contra aquellos que no se deciden a inclinarse ante su infabilidad.

Esto -la tiranía caudillista- siendo grave dentro de un partido político al que nuestra Constitución exige funcionamiento interno democrático, pasa a ser cuestión de supervivencia nacional y vital cuando logra hacerse con el poder absoluto del Estado, sin que quepan ambigüedades de aquellos cobardes que se fingen semi-valientes pero solo cuando intuyen que el viento puede cambiar de rumbo.

Podemos llegar a la conclusión, a estas alturas, que para que se salve España quizás es necesario salvar antes al PSOE, aunque es posible la salvación nacional momentánea a costa del hundimiento de esas siglas históricas secuestradas por una pandilla sectaria de incompetentes, ambiciosos sin escrúpulos y dispuestos a lo que haga falta con tal de seguir en el poder a imagen y semejanza de su líder supremo. No es que ahora algunos socialistas que callaban empiecen a darse cuenta de la amenaza que supone para sus candidaturas municipales y regionales Pedro Sánchez, sino que se ven obligados a olvidar la salvación del Partido Socialista para ocuparse y preocuparse, exclusivamente, del sálvese quién pueda.

Al final nos encontramos con que toda la ruptura y el trauma interno que supuso el comité del 1-0 para el socialismo se justificaba en evitar justamente lo que ahora está haciendo sin freno alguno el actual presidente del Gobierno con los separatistas catalanes. Es duro recordar cómo se sacrificó la paz y la cohesión interna de un partido centenario para impedir lo que meses después llegaría ante el silencio y el espanto de ese socialismo 'clásico' que se aferra a la desinhibición de Alfonso Guerra para canalizar su rabia personal.

En cualquier otro tiempo, en cualquier otra democracia estable y consolidada, sería algo surrealista que un presidente del Gobierno en el ejercicio se dedique a publicar y promocionar un libro de autobombo por el que va a cobrar aunque tendrá la deferencia de ausentarse en los Consejos de Ministros que tramiten subvenciones millonarias a la editorial afortunada.

Si a esto le sumamos que abrirá un marco de diálogo con un separatismo que consigue sentarse en una mesa bilateral, visibilizando el conflicto, y conciliados por un 'mediador', 'relator', o como le quiera llamar ese prodigo del insulto a la inteligencia y degradación de la política honesta que es Carmen Calvo, nos encontramos ante el cuadro perfecto del extremo sanchismo: ya lo hizo para recuperar el poder en el PSOE a costa de destrozarlo y vaciarlo de todo sentido y de toda historia, y está repitiendo la fórmula pero esta vez contra los españoles y contra España.

Discrepo, eso sí, de aquellos que lo llaman 'traidor'; un traidor es aquel que engaña y apuñala a algo o alguien al que había jurado lealtad. Pedro Sánchez jamás ha jurado lealtad más que a sí mismo o, mejor dicho, a su ambición desmedida, sin escrúpulos y que supone la mayor amenaza para nuestro sistema político y nuestro futuro. Si la derecha piensa que convocando manifestaciones va a lograr debilitar al líder de la militancia y de la resistencia, está más perdida de lo que parece. Al populismo no se le puede combatir agitando las calles. Es tiempo de recuperar la razón democrática para fortalecer la razón de Estado, aunque eso suponga arrinconar una época la razón de partido.