Las esquinas del alma

Hay tanta abundancia de monsergas y estupideces que vamos a tener que dar un premio o una recompensa a quien recupere la razón y el sentido común

Fotograma de la pélicula Las Brujas de Zugarramurdi./Promocional
Fotograma de la pélicula Las Brujas de Zugarramurdi. / Promocional
ESTEBAN DE LAS HERAS

En las esquinas del alma habitan seres de un mundo onírico que, a veces, reclaman su sitio en nuestras vidas. Si sabemos dejarles que se paseen un rato por nuestra imaginación y que luego vuelvan a sus sombras, no pasa nada. Lo preocupante es cuando esto les ocurre a algunos líderes políticos y se empeñan en que la realidad se amolde a sus sueños. Ha habido quien se ha pasado todo un año paseando la momia de Cuelgamuros por periódicos, televisiones, radios y redes y hasta nos hizo pensar si era verdad que el sueño de la razón produce monstruos. Ahora este candidato lleva días con el esqueleto del general guardado en su armario porque, al parecer, en este momento no toca, pero volverá a sacarlo en cuanto pasen las elecciones. En este trajín de resucitar tinieblas hay otro candidato que me ha sorprendido por su confesada afinidad con don Pelayo y el tiempo legendario. En cuanto al chamán de Galapagar, ya se sabe que lo suyo es soñar con los juegos de tronos, una ficción televisiva que cualquier experto incluiría entre los gustos y aficiones de quienes nunca quisieron dejar atrás las fantasías de la adolescencia. Todo esto, por ser ya tan sabido, no despierta demasiado interés entre los dóciles que han asumido estas extravagancias y les arropan en sus desplazamientos por la geografía peninsular.

Sin embargo, en todo este tinglado de fantasías y ventoleras mentales es menos conocida la resolución aprobada a finales de marzo por el Parlamento navarro para integrar a las víctimas de la caza de brujas en el seno del Instituto de la Memoria y a realizar un acto institucional de reconocimiento a las once mujeres de Zugarramurdi que fueron quemadas en la hoguera (cinco de ellas en efigie) hace 409 años. La moción fue propuesta por la izquierda abertzale y recibió el apoyo de los socialistas. Todo lo que contribuya a reparar las bestialidades que a lo largo de la historia ha cometido la humanidad es bienvenido, pero dudo de que la función de los parlamentos sea la de revisar la historia, porque por ese camino terminaremos haciendo un juicio político a Amílcar Barca o a Viriato mientras nos olvidamos de la apremiante actualidad, que es lo que importa. Por lo demás, supongo que los navarros llevarán el asunto al Parlamento europeo, ya que la quema de brujas fue generalizada en todo el continente. A ver qué pasa.

A caballo entre el desvarío y la estulticia galopa la noticia de que una escuela pública de Barcelona ha retirado de su biblioteca 'Caperucita roja' y 'La Bella durmiente' por «fomentar valores sexistas y violentos». Los censores escolares han considerado que ambos cuentos y otros doscientos más, también retirados, son «ejemplares de historias tóxicas con perspectiva de género» y «fomentan unos valores de género nocivos en niños, sin aún capacidad crítica lo que podría desembocar en actitudes violentas, machistas o de violencia de género a partir de la adolescencia». Ya falta menos para que alguien decida sacar de sus tumbas a Charles Perralut y a los hermanos Grimm para, acto seguido, aventar sus cenizas.

Va uno colocando en fila india -porque de hacer el indio, al parecer, se trata- todas estas monsergas y se queda estupefacto y patidifuso, viendo cómo en tan poco tiempo hemos conseguido escalar tan altas cotas de despropósitos y necedades. No es que el sueño de la razón produzca monstruos, es que los monstruos ya están aquí y la razón ha desaparecido. Hay que ir colocando en fachadas y farolas carteles prometiendo una suculenta recompensa a quien nos la devuelva viva y en perfecto estado de revista. Seamos realistas y pidamos lo imposible, como hicimos cuando la vida toda era un futuro de esperanza.

En fin, que entramos en la Semana Santa y, aunque no soy 'capillita', mi intención primera, antes de que se metieran en esta columna todas estas sinrazones que nos rodean y agobian, era hablar de Gabriel Miró, uno de los mejores prosistas de nuestra lengua, que se licenció en Derecho en nuestra Universidad y que dejó páginas de enorme belleza sobre la Pasión. Miró desempeñó una serie de trabajos burocráticos, por lo general mal retribuidos, con los que se ganaba la vida, mientras abría el balcón de sus sueños desde el que divisaba los suaves horizontes de la Orihuela de su infancia y los transmutaba en los pedregales de Palestina, por los que sentía latir en el alma el calor de los soles que cuajaban las mieses. Unos paisajes en los que las alondras trazaban bisectrices de frío en el cristal azul de los cielos. Por aquel panorama de intensa vida interior paseaba su melancolía de hombre introvertido y bondadoso narrando las escenas aprendidas de su madre. Supo como nadie empapar de belleza el Evangelio y envolverlo entre aromas, texturas y sonidos, con descripciones líricas y sensuales, buscando un ritmo cadencioso, sembrado de palabras perdidas y a veces arcaísmos venidos a su pluma entre años y leguas. En 'Figuras de la Pasión del Señor' y en 'El humo dormido' nos lleva entre olivares y senderos de Betfagé y Betania, hasta la pequeña heredad en la que una burriquilla espera para trasladar al profeta hasta la ciudad santa. Una burriquilla que dos mil años después sigue inaugurando la Semana Santa en pueblos y ciudades que revientan de gente como entonces.

En tanto vuelve la sensatez y la cordura, voy a pasear con este escritor por las esquinas del alma por donde penetra «la sombra blanda y húmeda que viene del hondo como un humo».