Después del 2 de diciembre

Los políticos propenden a prometer de más. Suelen prometer, en concreto, que van a desafiar las leyes físicas. Una verdadera osadía

Después del 2 de diciembre
EFE
ANTONIO JIMÉNEZ-BLANCO CARRILLO DE ALBORNOZCatedrático de Derecho Administrativo

La actuación del Gobierno andaluz, sobre todo a la hora de los nombramientos, está siendo, para decirlo con suavidad, accidentada. El titular de Hacienda ha dimitido, con la coartada de una enfermedad del corazón, a los pocos días de llegar. Los nuevos Presidentes de las Autoridades Portuarias no sirven, por su lado, para un discurso de renovación precisamente: partitocracia de la peor especie. Muchos episodios relativos a cargos de segundo nivel en las Consejerías han sido objeto de todo tipo de sainetes, a veces con freno y aun marcha atrás, al mejor estilo de Enrique Jardiel Poncela. En otras ocasiones se ha designado a personas (por ejemplo, para una Delegación provincial, en Granada en concreto) que apenas han durado veinticuatro horas y gracias. En fin, no han faltado casos en que los directivos de la época anterior, de la que tanto se rajó, se han visto no sólo confirmados sino incluso ascendidos. En suma, que lo que se había prometido (reducción del tamaño de la Administración, despolitización, aire fresco,…) se ha quedado en una ilusión. Flor de un día.

Los políticos propenden a prometer de más. Suelen prometer, en concreto, que van a desafiar las leyes físicas. Una verdadera osadía.

La primera de las leyes de Newton (toda una autoridad para invocar) es la de la inercia: un cuerpo en movimiento tiende a seguirlo estando y lo mismo un cuerpo parado. La burocracia es como un paquidermo con piel de extraordinario grosor. Moverla, aunque sea un poco, cuesta muchísimo. Conoce cómo capear los temporales, sabiendo que son pasajeros, y resistir lo que haga falta.

La segunda de las leyes físicas que resulta imposible de eludir en este tipo de escenarios proviene de Gay-Lussac, un siglo largo después de Newton, y fue formulada para los gases: se expanden por todo el espacio que tienen disponible. Lo mismo sucede fatalmente con la partitocracia: cuando una organización clientelar se apropia de un cortijo, lo ocupa hasta el último palmo cuadrado. Jamás va a ceder un milímetro de terreno. Su único código es el de la vuelta de la tortilla: «Ahora me toca a mí».

La tercera de las leyes inexorables no ha sido formulada científicamente, que se sepa (salvo, quizá, y de manera indirecta, por Gresham, cuando, en relación con la aleación de las monedas, explicó aquello de que las más pobres desplazan del mercado a las valiosas): a la política no se dedica nadie que tenga algo que perder, porque no sólo los sueldos son menores que en otras muchas actividades, sino que además se pierde ese bien tan precioso que es (para la inmensa mayoría de los mortales) la privacidad o incluso el anonimato. Los seres humanos, en su mayoría, no sólo no piden cargos sino que huyen de ellos como de la peste. Hay excepciones, por supuesto, pero no son sino las personas de los militantes de los partidos, que, bien al contrario, ante la más remota posibilidad de acceder a un carguillo despiertan su instinto asesino y se convierten en el más implacable de los jemeres rojos. Pero la sociedad civil -en suma, los que se ganan la vida dignamente, aunque sea en un modesto bar de barrio- no está para eso, a diferencia (muy notable) de lo que sucedió en 1977-1978. Ciudadanos tiene ahí su clientela, pero sólo para votarles. No para dar el siguiente paso, que se antoja fatal.

La buena gente andaluza tenía y tiene muchas ganas de cambio, porque 37 años hastían al más entusiasta. Y los dos partidos que sumados ganaron supieron captarlo y, ay, auguraron el oro y el moro. Pero el principio de realidad (ahora a quien cito es a Freud) le lleva a uno a acabarse dando grandes morrazos: ni en la sociedad se encuentran personas tan abnegadas, ni las poderosísimas maquinarias burocráticas se dejan manipular ni, en fin, los partidos políticos –entidades grasientas como el peor de los tocinos– van a mutar su naturaleza de agencias de colocación. En suma: cada quien de los tres grupos es fiel a sí mismo. Los resultados del 2 de diciembre de 2018, por muchas alegrías que despertasen esa misma noche, no alteraron esa realidad. Es bueno saberlo. Y recordar la resignada y sabia máxima de Príncipe de Salina, el famoso Gatopardo: de lo que se trata es de que algo cambie (las caras, o quizá ni eso) para que, en el fondo, todo siga igual.