Cinco años de Felipe VI

Tenía 13 años e iba a pronunciar su primer discurso. Lo llevaba escrito y comenzó a leerlo despacio. Hacia la mitad se perdió

DIEGO CARCEDO

Hoy se cumplen cinco años del estreno de Felipe VI como Rey de España. Si tuviese que definir cómo fue este primer quinquenio diría sin rubor que ha sido impecable. No me parece momento adecuado para hacer comparaciones con otros líderes de la vida política nacional e internacional. Pero sí me atrevería a asegurar que Felipe VI nos está dando la mejor imagen de seriedad, firmeza, transparencia y prudencia. Muchos son los méritos y cualidades que otros analistas están destacando con mayor brillantez de la yo sabría hacerlo.

A cambio voy a remontarme al pasado en que tuve ocasión de comprobar que ya desde niño Felipe apuntaba maneras, como diría un cronista taurino. Tuve la suerte de conocerle en dos momentos memorables para su biografía. La primera fue en Oviedo, en la entrega de los premios que llevaban su nombre. Era octubre de 1981. Tenía trece años y por primera vez el joven Príncipe de Asturias iba a presidir el solemne acto que cada año se celebra en el suntuoso teatro Campoamor de Oviedo, abarrotado de personalidades. Todos estábamos pendientes del Príncipe en su debut.

Cuando leyó el discurso final, todos los asistentes sentíamos curiosidad por vez cómo se desenvolvió entre centenares de personas, cámaras y micrófonos. Todos lo imaginamos nervioso, aunque no lo revelaba. Llevaba el discurso escrito y comenzó a leerlo despacio, de manera impecable. Fue hacia la mitad cuando se perdió. Todos los asistentes nos quedamos sin aliento. Todos menos el joven Príncipe de Asturias que, imperturbable, se detuvo y sin inmutarse empezó a recorrer con el dedo las líneas de texto. Transcurrieron casi dos minutos de angustiosa espera.

Temíamos que la tensión le venciera y rompiese a llorar. En absoluto, sin inmutarse, ya digo, sin perder la compostura, con una seriedad que nos dejó emocionados a todos, al llegar al punto en que se había perdido, levantó el dedo del texto, recuperó la frase que se había saltado y siguió leyendo con normalidad. Los asistentes respiramos y el aplauso que Felipe escuchó fue el más emocionado que se recuerda en el teatro Campoamor. Un tiempo después fue enviado por sus padres a estudiar a Canadá, al Lakcfield College School de Toronto, y en 1984 asistí a la ceremonia de su graduación.

Aquel día comprobé su cordialidad y simpatía personal. Era el más alto de todos los graduados y, por lo que descubrimos enseguida, también era el más popular y querido del curso. Había sido un estudiante modélico: recibió el premio al alumno con mayor capacidad para las relaciones y la convivencia y el director del centro lo destacó en sus palabras. La madre, la reina Sofía, estaba emocionada. Al terminar, todos los compañeros le despedían con reiteradas pruebas de afecto. Tuve ocasión de cambiar con él unas palabras y recuerdo como anécdota que me contó que la víspera había comprado unas piedras jabonosas típicas del lugar para llevárselas a sus hermanas.