La catedral de todos

El incendio de Notre Dame es una llamada de atención para extremar el cuidado de los monumentos históricos y no tener que lamentar nuevas pérdidas por negligencias

La catedral de todos
EDITORIAL

El incendio de Notre Dame de París fue tan sorprendente y pavoroso, tan inexplicable, que parecía irreal. Muchos parisinos tuvieron que sacudirse su incredulidad acercándose a ver lo que sucedía. La catedral de las catedrales ardía en una retransmisión desconcertante. En el imaginario colectivo, esa y otras construcciones semejantes no podían quemarse dada su solidez de piedra. Lo ocurrido nos ha revelado la endeblez del gótico como metáfora de las debilidades en la construcción humana. Había madera y plomo en su elevación a las alturas, artificios admirables por su ingenio que se vinieron abajo y dejaron al descubierto los trucos de su acogedora magia. Todo para que una colecta parroquial sin precedentes y la pericia de los arquitectos e ingenieros de hoy, de materiales sin fin y técnicas digitalizadas reconstruyan aquello que parecía sinónimo de eternidad. Los misterios que encerraba Notre Dame serán relevados por la mística de su reconocimiento global, y del esfuerzo colectivo que acabará levantando sus estructuras más dañadas, mientras el mundo continúa visitando esa orilla del Sena. Solo los más informados sabían que podía pasar, que la fragilidad de un símbolo tantas veces reconstruido amenazaba con el derrumbe. Aunque probablemente nadie había imaginado la catedral de París entre llamas, como si se purificara por accidente. Era la catedral de todos antes del incendio y lo es más tras el fuego declarado en la tarde del pasado lunes. Quizá por eso convenga situar en segundo plano que los responsables de su mantenimiento también creyeron –o quisieron creer- que era una construcción invencible. De modo que el señalamiento de las culpas de su quema no reste valor a su permanencia y recuperación. Hubo un tiempo en el que Notre Dame de París había sido olvidada, hasta que la rescató Víctor Hugo. Hoy está más presente que ayer mismo. Lo ocurrido se convierte en una llamada de atención para que ninguna sociedad acabe lamentando la pérdida de ninguna referencia de su historia monumental por negligencia. Cada euro que se destine a levantar de nuevo la parte devastada de la catedral de París debiera multiplicarse en salvaguarda del patrimonio que se eleva en tantos lugares del mundo, también en España. También porque el ecumenismo a que dio lugar la noticia del incendio de Notre Dame hizo coincidir a creyentes y no creyentes en un pesar común primero y en la esperanza de su reconstrucción después.