Del bar a mi casa

Unos avispados promotores deportivos han organizado una carrera desde la Hoya de la Mora a Granada

MANUEL PEDREIRAGranada

«Cuesta arriba, con lluvia y contra el viento». Así firma todas sus aportaciones el usuario de un foro cibernético sobre ciclismo que frecuento a diario. Aire, agua, rampas, las tres (des) gracias que odia cualquier ciclista, la triada de ingredientes terribles que convierten una salida en bici en una tortura. «Prefiero subir una cuesta a este viento», gruñen algunos cuando transitan por el azud de Vélez. «El aire tiene un pase, pero esta lluvia, nos vamos a matar», protestan otros cuando las nubes descargan por sorpresa en plena subida a Blancares. «Cada día se me atraganta más esta tachuela, prefiero la lluvia», desliza el último cuando sale de La Malahá y pone rumbo a Ventas. Sin embargo, son esas jornadas de lluvia inesperada, viento agresivo o asfalto trepador las que más se fijan en la memoria y en el orgullo de todo el que le da a los pedales. Nadie se jacta de ir a volver a Fuente Vaqueros en una plácida mañana de mayo sin viento ni lluvia. Por eso, en el fondo, nos va la marcha. Al menos, sobre el papel.

Para presumir hay que sufrir, sentencia el refranero, que guarda unos cuantos aforismos más para recordarnos la condición de valle de lágrimas del lugar adonde hemos venido a parar. «Aquel equipo no hacía un gol ni cuesta abajo», le leí hace años a Eduardo Galeano, que explicaba así la inoperancia atacante de unos chicos que bien podrían estos días ir vestidos de blanco y jugar en Chamartín. La cuesta arriba es dura y tiene épica. La cuesta abajo suena facilona y vulgar. Granada es una provincia rica en montañas así que hay mucho donde subir… y otro tanto donde bajar.

Unos avispados promotores deportivos han organizado una carrera desde la Hoya de la Mora a Granada. Se celebra mañana y el recorrido tiene los 42 kilómetros de un maratón al uso, pero de maratón al uso tiene poco. Se trata de correr cuesta abajo y de que algún participante sea capaz de quebrar la barrera de las dos horas en esa mítica distancia, un muro aún infranqueable para el ser humano aunque cada vez está más cerca. La prueba tiene más de reclamo turístico que otra cosa y no por nada se han apuntado ¿atletas? de una veintena de países, que con el dorsal reciben una entrada a la Alhambra, una ruta de tapeo y supongo que algo de flamenquito.

Olé por esa carrera, porque me ha hecho reflexionar sobre el valor de las cosas, sobre la importancia de relativizar y poner en contexto los logros y fracasos propios y ajenos. Ya saben, el consejo de vida que recibió Jay Gatsby de su padre: «Cuando sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido tus oportunidades». Cada uno es uno y sus circunstancias. Con sus cuestas arriba y sus cuestas abajo. Que no es lo mismo ir de mi casa al bar, que del bar a mi casa. Eso sí, el año que viene me apunto. Digo.