El basuricidio

«No cabe la menor duda de que la nuestra puede muy bien llamarse la civilización de la basura. Buenas tardes señores»

El basuricidio
MANUEL VILLAR ARGAIZ

Hace ya diez lustros que el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente cerraba así uno de sus célebres monólogos en televisión española. Pocas voces en nuestro país han marcado con tanta personalidad como acierto una profecía que convertida en realidad ahoga nuestras sociedades.

El reloj de la población mundial nos recuerda que somos más de 7.500 millones de habitantes, que cada día la población aumenta en más de 200.000 personas y que, de mantenerse este crecimiento, en apenas 800 años alcanzaremos la densidad de un habitante por metro cuadrado. Nunca en la historia de Tierra una especie había acaparado y sobreexplotado los recursos hasta el punto de empujar a tantos seres vivos al límite de su extinción. En un mundo cada vez más empobrecido en especies salvajes existen 750.000 humanos por cada bonobo, nuestro primate más cercano. El indiscutible éxito biológico del hombre como especie no ha ocurrido a coste cero. No cabe duda de que podemos desafiar a las leyes humanas, pero no sobrepasaremos a las naturales. Si no acabamos aniquilándonos nosotros mismos, serán los exiguos recursos sobreexplotados los que pongan freno a nuestra hegemonía como especie, al tiempo que desequilibramos la frágil armonía de la naturaleza.

En los frenéticos núcleos de fabricación y consumo de las grandes ciudades, donde se concentra casi el 70% de la población mundial, reside gran parte del problema. Cada ciudadano de un país desarrollado produce un kilogramo de basura al día, lo que significa que al cabo de un año un español medio genera en basura el equivalente a seis veces su propio peso. El estilo de vida que se ha impuesto en muchos países consiste en una economía de 'usar y tirar'. Nuestros escenarios productivos, todavía basados en una economía con una producción lineal 'recurso-producto-residuo', esconden el capcioso equilibrio entre el capitalismo expansivo y el uso sostenible de unos recursos finitos. Quizás nadie mejor que Henry Ford pregonó en vida una máxima en los modelos productivos de que «un fracaso es una oportunidad para empezar otra vez, pero con más inteligencia». En la naturaleza nada se desperdicia. Deberíamos emularla y aprender de ella que los residuos no son desperdicios sino recursos. Aunque la gestión integral de los residuos supondría una transición exitosa hacia un modelo sostenible de economía circular, lo cierto es sigue tratándose de un marco teórico todavía utópico.

Seguimos generando muchos residuos y basuras que, acumuladas, quemadas o desperdigadas, acaban teniendo un impacto tremendo sobre la salud y el medio ambiente. Los residuos no tienen fronteras y contribuyen en gran medida a la insalubridad del suelo, del aire que respiramos y del agua que bebemos. Las noticias sobre los efectos nocivos de los plásticos inundan los medios de comunicación, a los que se suman los daños ecológicos producidos por la contaminación de metales pesados, nutrientes o por los más de mil nuevos compuestos químicos que cada año se lanzan al mercado.

Aunque el eslogan «piensa globalmente y actúa localmente» no es nuevo, la idea de urgir a la población a tener en cuenta la salud del planeta a través de las pequeñas acciones cotidianas sigue siendo decisiva. Los pequeños cambios pueden ser poderosos si sirven para que la actuación de una parte de la ciudadanía contribuya a mover conciencias. Los ciudadanos sólo podremos influir en el rumbo de los mercados si, como sociedad, adquirimos el compromiso de un consumo responsable que implique el aprovechamiento y la reutilización de los recursos. El mecanismo es fácil; como consumidores deberíamos premiar aquellas corporaciones que refuercen su compromiso con el desarrollo de una actividad más sostenible en aras del bien común. Sus planes de responsabilidad social deberían afectar a todas las fases del proceso de producción, desde la adquisición de las materias primas hasta la transformación, distribución, presentación de los productos y gestión de los residuos. Pero además, para incentivar la economía circular el proceso de reciclado debería resultar ventajoso no sólo a empresas sino también a consumidores. En muchos países, el retorno de envases de vidrio, plásticos y aluminio se premia con vales descuento en los establecimientos comerciales donde se depositan. En España, el dinero que resulta del retorno de envases que los ciudadanos separamos en contenedores de colores acaba beneficiando a organizaciones 'sin ánimo de lucro' en cuyo accionariado participan muchas de las empresas más importantes del país.

La Agenda 2030 de la ONU con sus 17 objetivos de Desarrollo Sostenible que incluyen desde la eliminación de la pobreza, a la defensa del medio ambiente o la lucha contra el cambio climático, podría quedar en papel mojado si empresas, gobierno y personas como tú y yo decidimos no actuar o consumir de forma no responsable para proteger nuestro planeta.