Plácida Navidad en el horizonte
La película Plácido gira en torno a «Siente un pobre a su mesa», una campaña navideña organizada por las clases burguesas ociosas de una ciudad ... de provincias. La cinta retrata magistralmente la caridad hipócrita y el contraste entre el espíritu superficial de estas fiestas y las necesidades reales de las personas; es, por tanto, profundamente crítica, pero a la vez conmovedora.
Se acerca esa Navidad granadina (casi tan real como la de Berlanga) donde más de uno sentará a un pobre familiar en su mesa; se acepta cuñado como animal de compañía en Nochebuena. La pregunta es, ¿sirve esta celebración para fomentar el amor en nuestros corazones, o se trata simplemente de rellenar el anual y soporífero formulario de buenos deseos a base de tajadas de alcohol y pavo?
El problema es que los granadinos hemos olvidado cómo se celebra una Navidad patanegra. ¡Cuánto añoro aquellas reuniones zambomberas donde se juntaban alrededor de la mesa setenta comensales oficiales y un gorrón, con el belén y el arbolito ambientando el «momentazo» y los niños dando «porculeishon» con las panderetas en plan heavy metal. En definitiva, todos disfrutando como si fuera el último día de sus vidas. De hecho, en muchas ocasiones lo era, porque aquel pavo, como venganza póstuma, había desarrollado tres dedos de salmonelosis como mecanismo de defensa. A la mañana siguiente había procesión de cagaleras en ese hogar, no tan dulce hogar ese día.
También añoro a los Mr. Scrooge profesionales que, imitando a este personaje de Charles Dickens, se encerraban a cal y canto en su casa e hibernaban hasta después de Reyes Magos. Para ellos, la Navidad era un cuento total. Los odiadores navideños que encuentro ahora los veo demasiado tibios, porque detestan los villancicos y están hasta las bolas del abeto, pero son los primeros en comprar la cesta —con «jamonazo» de bellota incluido— de El Corte Inglés. Cabalgando contradicciones navideñas .
Estas fiestas, aunque no se quiera reconocer, llevan en crisis muchos años. Se celebran sin demasiada categoría estética, humana y religiosa, porque no sé cuántas familias terminan a botellazos sin burbujas esos días, pero estoy seguro de que en muchas comidas navideñas florecen los peores instintos asesinos de algunos del clan familiar. O lo que es lo mismo: cantar « Noche de paz » mientras imaginas a tus cuñados siendo trinchados como el pavo.
Me gusta la Navidad interior, la de cuando yo era chico y mis padres tenían el acto de amor puro de compartir con los vecinos —que también estaban, como mi familia, en el dique seco como la mojama de la economía— lo poquillo que teníamos. Porque, como dice el villancico final de Plácido: « Madre, en la puerta hay un niño y gritando está de frío. Ande, dígale que entre y así se calentará; porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá ».
Epílogo: ¿Qué Navidades quiero yo? Me conformo con unas donde no veamos qué tenemos, sino a quién tenemos. A ver si en esta ocasión, además de las luces del centro, también resplandece la humanidad que tanto se echa de menos el resto del año. Tristes, pero consoladoras, así son estas fiestas de raras.
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