De al-Ándalus al Instituto Cervantes de Damasco: Siria, España y el poder de la cultura
Antonio Gil de Carrasco
Martes, 2 de diciembre 2025, 22:59
En un mundo que parece habituarse al estruendo de las guerras, Siria continúa siendo una herida abierta en la conciencia internacional. Sin embargo, más allá ... de la devastación, existe una historia menos conocida y, sin embargo, profundamente luminosa: la del diálogo cultural que durante décadas ha unido a Siria y a España, dos países marcados –cada uno a su manera– por largas dictaduras, por la represión y por un anhelo compartido de libertad democrática.
Ese vínculo no nació de acuerdos diplomáticos ni de grandes proclamas políticas. Surgió, sobre todo, del intercambio intelectual, de la curiosidad de profesores y estudiantes, de la obra silenciosa de instituciones culturales y del poder transformador de la lengua. La creación del primer Departamento de Filología Hispánica en Siria, en la Universidad de Damasco, fue una apuesta personal durante mi etapa como director del Instituto Cervantes de Damasco (2004–2008). Con el respaldo de la Embajada de España y de las autoridades sirias, aquel proyecto abrió un territorio académico completamente nuevo y se convirtió en una puerta luminosa entre Oriente y Occidente. Para muchos jóvenes sirios, estudiar español fue escuchar una voz distinta: la voz de Cervantes, de la transición democrática española, de la posibilidad de imaginar otro horizonte para su propio país.
De ese impulso inicial brotó un hispanismo vivo y apasionado. Surgieron figuras como Jafaar Alaluni, nieto del legendario Adonis, que revitalizó una tradición sostenida durante años por maestros como Rifaat Atfé y Saleh Almani, guardianes de un puente cultural que, incluso en los años más oscuros, se negó a derrumbarse.
La permeabilidad entre ambas orillas alcanzó un momento especialmente revelador en 2006, durante la guerra entre Hezbollah e Israel. El Instituto Cervantes de Damasco –espacio de poesía, música y aprendizaje– tuvo que convertirse súbitamente en refugio para familias españolas atrapadas por el conflicto. Por mi conocimiento de la lengua árabe, fui designado como responsable de gestionar con las autoridades sirias el paso desde la frontera del Líbano a Siria, así como la acogida nocturna de aquellas familias en el Cervantes y su posterior tránsito por el aeropuerto de Damasco hasta el avión enviado por el Gobierno de España. Aquel esfuerzo humano y diplomático, que culminó con la evacuación de miles de personas sin necesidad de visado ni pasaporte, me valió las cálidas felicitaciones de la entonces secretaria de Estado Leire Pajín y del ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos. Por aquellas salas transformadas en hogar momentáneo pasaron escritores y periodistas como Maruja Torres y Morgana Vargas Llosa.
Aquel episodio dejó una lección imborrable: ante el miedo, españoles y sirios respondieron con una mezcla de humanidad, solidaridad y dignidad que trasciende fronteras.
Pero la historia compartida entre ambos países hunde sus raíces en un pasado mucho más remoto. Desde los tiempos de al-Ándalus, un incesante flujo de intelectuales, poetas, ulemas y comerciantes tejió una red cultural que unía Damasco con Córdoba, Alepo con Sevilla, Homs con Granada. Ese legado perdura en símbolos tan elocuentes como la palmera que Abderrahmán I, príncipe omeya exiliado, plantó en la Ruzafa cordobesa y a la que dedicó su célebre poema:
«Tú, oh palmera, nacida en Oriente,
pero que aquí creces en Occidente…
Como yo, lejana de tu patria,
y que a pesar de ello vives y floreces».
La metáfora es inevitable y, hoy más que nunca, necesaria. Esa palmera oriental que floreció en tierra española es también un símbolo de la Siria futura. Igual que España consiguió levantarse tras la muerte de Franco –tras una dictadura larga, incrustada en sus instituciones y su vida cotidiana– Siria podrá renacer cuando el régimen surgido tras la caída de Bashar al-Asad logre desprenderse por completo de los reflejos autoritarios y abra paso a una democracia real.
La experiencia española no es un modelo rígido, pero sí un espejo inspirador: un testimonio de que la reconstrucción democrática es posible cuando la cultura, la universidad y la sociedad civil ocupan el centro del proceso.
Siria, como España, es heredera de una civilización antigua, de una educación sólida, de una creatividad que ha sobrevivido incluso a los bombardeos. Su futuro dependerá de la capacidad de sus comunidades culturales y académicas para preservar la memoria, promover el diálogo y levantar nuevas instituciones donde hoy solo quedan ruinas. Y dependerá también de un compromiso regional que, a largo plazo, incluya el ineludible debate sobre el Golán, pieza clave para una paz duradera, así como del respeto absoluto a la soberanía siria para evitar incursiones militares que mantienen la región en una tensión permanente. Solo desde ese respeto mutuo –entre Siria, Israel y el resto de países vecinos– podrá abrirse un camino hacia la estabilidad y, algún día, hacia la convivencia pacífica.
La historia demuestra que ningún país está condenado a vivir para siempre bajo la sombra del autoritarismo. España logró alzarse tras una larga noche. Siria podrá hacerlo también.
Y en ese camino, la palmera de Abderrahmán I vuelve a alzar su silueta: recordándonos que los pueblos que honran su dignidad y su memoria pueden echar raíces nuevas, sobrevivir al exilio y, finalmente, florecer de nuevo.
* Este artículo encuentra su origen en una reflexión presentada durante la Semana de la Cultura de Siria en Granada, celebrada en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Granada entre el 24 y el 28 de noviembre, con la participación del arabista José Miguel Puerta Vílchez, del analista sirio Anas Joudeh y del politólogo marroquí Mohamed Bensalah.
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