El Albaicín tapado

'La Granada de Gómez Moreno un siglo después' resulta un documento muy interesante que nos permite valorar en qué hemos mejorado, qué hemos perdido, cuáles son las deudas pendientes que nuestra ciudad tiene consigo misma y otras muchas sensaciones...

El arqueólogo Manuel Gómez Moreno en una reunión del Patronato de la Alhambra/TORRES MOLINA
El arqueólogo Manuel Gómez Moreno en una reunión del Patronato de la Alhambra / TORRES MOLINA
MARÍA DOLORES FERNÁNDEZ FÍGARES

Hace veinte años, en 1998, se cumplía un siglo de la publicación de una Guía de Granada cuyo autor, don Manuel Gómez Moreno, ayudado por su hijo del mismo nombre, nos ofrecía una imagen exhaustiva de la Granada de 1898, haciendo hincapié en su patrimonio arqueológico, histórico y artístico. Algo así como una instantánea de lo que había entonces y el estado de la cuestión.

La acción combinada de nuestro director, el inolvidable Melchor Sáiz-Pardo y Julio Rodríguez, a la sazón presidente de la Caja General de Ahorros de Granada (que es como se llamaba entonces) nos embarcó a un grupo de colaboradores de IDEAL, coordinados por Gabriel Pozo, en la tarea de comprobar qué quedaba de la Granada de entonces un siglo después, realizando una guía de la ciudad, tal como estaba en 1998, que se fue publicando en fascículos coleccionables. Ahora, tras el tiempo transcurrido, 'La Granada de Gómez Moreno un siglo después' resulta un documento muy interesante que nos permite valorar en qué hemos mejorado, qué hemos perdido, cuáles son las deudas pendientes que nuestra ciudad tiene consigo misma y otras muchas sensaciones, opiniones, ideas y hasta proyectos que se quedaron en los cajones. Tanto que me atrevo a recomendar a quienes acarician la idea de gobernar su ayuntamiento que se lean las dos guías: la que publicó IDEAL y la de los dos grandes eruditos, sobre cuyas investigaciones se ha ido construyendo nuestra historia.

Nos repartimos el trabajo y a mí me tocó el alto Albaicín, que me recorrí con la guía de Gómez Moreno en una mano y mi cuaderno de campo en la otra. Uno de los capítulos más dolorosos es el que dediqué al estado de las casas moriscas, clave fundamental del barrio que había sido declarado por la Unesco patrimonio de la Humanidad cuatro años antes, en 1994. Ya entonces era difícil identificar cuántas casas moriscas quedaban en pie, aunque en el plan especial del Albaicín se había señalado que eran 39, la mayoría de las cuales se encontraban amenazadas por el abandono y la ruina y ni siquiera estaban marcadas como casas singulares, o monumentales.

Pues bien, a falta de datos actualizados, me atrevo a aventurar que la situación de estas joyas arquitectónicas, ahora, veinte años después, no solo no ha mejorado, sino que están más en peligro que nunca. Algunas desde hace años están tapadas de manera precaria con plásticos, con las ventanas abiertas, para que entre la lluvia y los ladrones, en lugares tan visibles como la calle de Panaderos, o en la calle Pagés, es decir, por donde transitan al día miles de personas. Y eso sin que nadie tome medidas para evitar su pérdida, ni se exija a sus propietarios que cumplan con su deber de mantener el patrimonio histórico de la ciudad.

Llama la atención que a nuestros munícipes no se les haya ocurrido ningún plan oportuno, que pueda ayudar a estos propietarios a cuidar las casas moriscas del Albaycín que son las que dan sentido al barrio que condensa como pocos el alma de Granada.