La pesadilla de Bankia

La pesadilla de Bankia

Jesús María Ruiz de Arriaga Remírez dejó la Iglesia y la gestión de una ONG para perseguir los grandes timos bancarios. Se licenció en Derecho con 49 años y en solo cinco ha montado un bufete con 300 profesionales. «Mi filosofía es hacer justicia. El que comete la estafa debe pagarlo todo»

ANTONIO CORBILLÓN

La sede central de Arriaga Asociados en Madrid son tres plantas de mil metros cuadrados cada una que se han quedado pequeñas a los dos meses de estrenarlas. Además, han tenido que hacer dos turnos (mañana y tarde) para atender las entre mil y dos mil llamadas y otros tantos correos que reciben cada día. Allí, sus más de 200 letrados, auditores, economistas o documentalistas no tienen permiso para beber o comer otra cosa que no sea agua delante de su mesa de trabajo. Porque cualquier otra necesidad la tienen gratis en un comedor colectivo en el que pueden encontrar un poco de todo. «Pero sobre todo es para obligar a la gente a que, mientras descansa, se relacione con sus colegas e intercambien ideas, sugerencias o dudas».

Es la filosofía laboral y vital de Jesús María Ruiz de Arriaga Remírez (Ocariz, Álava, 1960). En apenas tres años y medio, y poco más de cinco desde que se tituló en Derecho («soy un abogado joven de mucha edad», bromea), ha levantado desde la nada el despacho que más casos y éxito tiene en la defensa de las víctimas de las grandes estafas financieras, sobre todo preferentes y deuda subordinada. Va camino de los 30.000 clientes y un 98% de sentencias ganadas en primera instancia (2.400). «Si sumamos las que hemos recurrido llegamos al 100%».

Curiosamente, todo comenzó cuando él se convirtió en una víctima más, después de una fracasada inversión personal en FADESA, a la postre el mayor fiasco de una constructora en España. «Acababa de licenciarme (con 49 años) y decidí llevar a la práctica tanta formación. En un país con 120.000 despachos de abogados monté el mío». En la España del discurso fatalista, del fin del sueño económico y de la necesidad de reinvención individual y colectiva, Arriaga se aplicó duro a su causa.

Venía de un mundo alejado del ruido financiero. Creció en Alsasua, Navarra, y estudió en el seminario San Jerónimo que la orden de los Padres Reparadores tiene en Alba de Tormes (Salamanca). Aún no intuía que el nombre de esta congregación, reparadores, acabaría siendo una constante en su vida. Junto a la vocación religiosa inició los estudios de Marketing, a los que añadió Empresariales en la Universidad Pontificia. De aquel noviciado agradece el «escaso fundamentalismo religioso» de sus maestros. Pero en la algarabía estudiantil de Salamanca descubrió que aquella ciudad era el peor lugar para aplicarse y el mejor para pasarlo bien. «No me quedé en la orden porque no había mujeres», suelta en confianza. Había otros caminos que le apetecía recorrer.

De la capital charra apenas pudo salir con una diplomatura. Etapas breves en la gestión en empresas del Grupo Mondragón dieron paso al mundo de la solidaridad en Aragón, donde logró multiplicar por diez los fondos de Atades, ONG dedicada a la discapacidad intelectual. También creó Arriaga Asociados, la asesoría empresarial que ahora ha reconvertido en el bufete de abogados que más crece en España. Compaginar todo aquello, a lo que añadió sus clases como profesor en escuelas de negocios, reclamaba unos conocimientos que llegaron a obsesionarle. «La falta de formación la superé multiplicándome», recuerda. Resultado: acumula cuatro títulos universitarios y 10 postgrados en los que lleva invertidos más de 200.000 euros.

Propaganda agresiva

De la experiencia empresarial y del paso por las aulas supo extraer algunas ideas fuerza. Como la necesidad de «salir de la zona de confort y ser cada vez más flexible». Pero la que más le gusta es la definición de locura de Einstein: «Hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados». Es lo que trataba de explicar a las empresas que acudían a él desesperadas.

Con su estreno como abogado, se dio cuenta de que entraba en un sector que funciona con esquemas «del siglo XIX, pero de su primera mitad». Bufetes asentados en un nombre que miran de soslayo a la competencia y cuentan su costosa minuta por minutos. De esos que no empiezan algo si no cobran por adelantado y cuya publicidad no pasa de una placa a la entrada del portal.

Arriaga le dio la vuelta por completo a este esquema. Dejó casi todo lo demás y empezó a cambiar el circuito del dinero judicial.

¿Es verdad que no cobran las citas, que solo lo hacen en caso de ganar?

Solo cobramos al final y no del cliente sino del banco, cuando pierde el pleito. Practicamos la filosofía de que el que comete el pecado es el que tiene que pagar. Yo lo llamo sperando obtener diferentes resultados». Es lo que trataba de explicar a las empresas que acudían a él desesperadas.

Con su estreno como abogado, se dio cuenta de que entraba en un sector que funciona con esquemas «del siglo XIX, pero de su primera mitad». Bufetes asentados en un nombre que miran de soslayo a la competencia y cuentan su costosa minuta por minutos. De esos que no empiezan algo si no cobran por adelantado y cuya publicidad no pasa de una placa a la entrada del portal.

Arriaga le dio la vuelta por completo a este esquema. Dejó casi todo lo demás y empezó a cambiar el circuito del dinero judicial. Arriaga forma parte de esa nueva cultura de abogados de propaganda constante y agresiva, tipo americano, que han sacado los despachos a pie de calle y «democratizado la justicia». Ha llegado a publicitarse con fotos en medio de las torres de Bankia, como si esos dos edificios inclinados le estuvieran reconociendo las constantes derrotas que les infringe en los juzgados. Y lo empezó todo desde su casa en Huesca, con la ayuda de su mujer y una precaria conexión a internet. Se declara «infotonto», pero fue capaz de aprender a entender los algoritmos de Google para mejorar su posición sin apenas gastar, al principio, en publicidad. Ahora todo es diferente, vemos a diario su cara en la publicidad de los periódicos, de la tele, en vallas... Parece de la familia.

El dinero perdido en las participaciones preferentes, en deuda subordinada, en bonos o en cláusulas suelo, con Bankia como principal gestor a la cabeza, parecía imposible de recuperar. A las víctimas solo se les ofrecía el arbitraje que nunca incluía el 100% de lo invertido. Un gran timo que «ha contado con el apoyo del Estado», no se cansa de repetir, «más pendiente del futuro de los verdugos que de las víctimas».

Este letrado entendió pronto que la clave era demostrar que los contratos estaban viciados de inicio porque los clientes recibieron información errónea o no tenían capacidad para conocer el producto. Los jueces «compraron» su argumento desde el principio: «Estoy impresionado por cómo se han implicado para ser justos». Y recuerda aquellos primeros casos en los que veía a sus clientes por primera vez en el juicio. «Empecé a ganar un caso tras otro y el boca-oreja hizo el resto».

El resto fue una creciente demanda de pleitos. Más de 700.000 personas han sido víctimas de bancos y cajas. Pero aún quedan muchos por sacar la cabeza de la desesperación. «En Bankia solo han reclamado el 15% de sus 347.000 víctimas (él lleva a casi a la mitad). ¿Dónde está el otro 85%? El cliente que pierde es solo porque no reclama», advierte.

Su bufete empezó a expandir su modelo por el país y ahora tiene despachos en 21 ciudades. Reclama para sí un «perfil público bajo», que no le ha evitado acudir a televisiones, tertulias, dar charlas y ser objeto de estudio por su éxito en varias escuelas de negocios.

¿Cómo logra coordinar el trabajo de tanta gente y tantos despachos desde Huesca?

Con personas muy especializadas que piensen como nosotros con naturalidad, frescura y sentido de justicia. Y procuro rodearme de gente que sabe mucho más que yo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos