El libro que fue Premio Nacional de Literatura durante seis horas

A Francisco Izquierdo, autor de "El apócrifo de la Alpujarra Alta", le fue retirado el galardón por criticar al Ejército... ¡de los Reyes Católicos!

ANDRÉS CÁRDENASGRANADA
‘El apócrifo de la Alpujarra Alta’, un libro imprescindible para conocer la comarca en los años sesenta. :: R. VÍLCHEZ/
‘El apócrifo de la Alpujarra Alta’, un libro imprescindible para conocer la comarca en los años sesenta. :: R. VÍLCHEZ

Recuerdo con cierta delectación aquellas noches en la que una troupe de escritores que habíamos participado en una enciclopedia sobre Andalucía, nos reuníamos después de la presentación de los tomos en la diferentes capitales de nuestra comunidad autónoma. Yo era un periodista aún con muchas inseguridades que aprendía de personas con un alto bagaje humano, intelectual y literario como Paco Izquierdo, Julio Alfredo Egea o Juan Eslava Galán, tres autores que habían participado en dicha enciclopedia. Aquellas noches de los años ochenta nos daban las tantas hablando de política, de literatura, de fútbol o de mujeres. De todo lo que se terciaba. Yo oía tan extasiado a aquellos escritores con tanta experiencia y mundología, que se me pasaba la noche volando. Las anécdotas que contaban servían para que yo me conciliara con el mundo. Y cuando tocaba reír, reíamos hasta que nos dolían las mandíbulas. Julio Alfredo Egea, almeriense, nos contaba con cierto orgullo que era el único poeta de España que vivía de la pluma. Luego aclaraba que es porque había puesto una granja de pollos en su pueblo, que es Chirivel.

Juan Eslava es un hombre al que le gusta más una anécdota que rascarse una costra. Una de esas noches, estando en Jaén, nos contó el sucedido del mendigo aquel que ante una visita de Franco a la capital del Santo Reino fue quitado de la circulación por unos días y metido en la cárcel. Era lo que hacían con los pedigüeños y mendigos cada vez que al dictador le daba por venir a la provincia jienense, en donde solía recalar a menudo para cazar porque su yerno tenía una finca en Mancha Real. Pues bien el mendigo se llamaba Piturda y comprobó que en la cárcel le daban de comer todos los días y que incluso dormía calentito. Vio que vivía allí mejor que en la calle. Por eso, una noche durante la cena en la que los presos comenzaron a gritar y a dar con las cucharas en los platos para protestar por algo, Piturda se subió a una mesa y gritó:

- ¡Callaos, coño, que nos van a echar!

La anécdota preferida de Paco Izquierdo era la que hacía referencia a un caballo semental que tenía un vecino de Motril llamado Barriguera y que, por una módica cantidad, alquilaba al Ayuntamiento de esa ciudad para que montara a las yeguas que tenía el Consistorio. Eran los tiempos en los que los ayuntamientos mantenían una recua de animales de carga para hacer los trabajos municipales, así que les venía bien el caballo de Barriguera para aumentar el censo equino municipal. Un día, uno de los concejales tuvo la idea de comprar el caballo a Barriguera en vez de alquilárselo. La moción fue aprobada porque en medio año o así amortizarían la compra del extraordinario semental. Dicho y hecho. Tras la compra, el animal siguió con su quehacer y montaba hasta cuarenta yeguas municipales al mes. Pero al poco tiempo el ímpetu del fabuloso equino fue disminuyendo: de cuarenta pasó a treinta, después a veinte y después a diez. Así hasta que llegó a fecundar solo una hembra al mes y con cierta dificultad, con el trabajo extra de los mamporreros. Se contrataron a varios veterinarios para que estudiaran el caso y hasta hubo una sesión extraordinaria para hablar del tema. Como el caso era inexplicable, llamaron a Barriguera para ver si sabía a qué se debía esa disminución drástica del quehacer sexual de su antiguo caballo.

Barriguera vio al caballo y dijo que estaba más sano que una pera, que no tenía enfermedad alguna.

-Entonces? ¿qué le ha pasado al pobre animal? -le preguntó el alcalde.

Barriguera se pasó su mano por la barba y dijo:

- Mu fácil, señor arcarde, es que lo habéis hecho funcionario.

El viaje a la Alpujarra

En una ocasión Paco Izquierdo nos contó con esa ironía y desparpajo verbal que le caracterizaba, la increíble historia de su libro "El apócrifo de La Alpujarra Alta", quizás el texto más profundo y completo que se ha publicado sobre la comarca granadina.

-¡Menudo follaero se lió! -comentaba Paco, con la distancia emocional que ya había puesto el tiempo.

Y es que él, a partir de los años cincuenta decidió andorrear la Alpujarra Alta y recoger en un libro sus impresiones sobre la comarca, sus gentes, sus costumbres y sus leyendas, ya que, según él, autores anteriores no la habían tenido en cuenta, bien porque jamás la visitaron, bien porque no la consideraron interesante. Así nació "El apócrifo de la Alpujarra Alta", en 1969, luego de doce años de correteo y estancia prolongadas del autor en algunos pueblos.

Paco Izquierdo se había recorrido la Alpujarra y había hecho un libro de viajes como un viajero más, pero con el conocimiento de una realidad profunda. Estaba contento con su trabajo porque había escrito un libro que, sin saberlo, iba a tener una curiosa e increíble historia detrás.

Una tarde, serían las siete, cuando Paco Izquierdo, recibió una llama del secretario del Premio Nacional de Literatura diciéndole que su libro había sido elegido como mejor texto en el apartado de viajes. Se puso muy contento e incluso llamó a amigos del alma como Rafael Guillén para comunicárselo. A la mañana siguiente, algunos periódicos daban la noticia de este importante galardón. Sin embargo, a las diez de la mañana recibió otra llamada del mismo secretario diciéndole que había sido un error y que el premio quedaba pues desierto. Paco exigió que le dieran alguna explicación y al final pudo saber que se le habían retirado el premio porque "El Apócrifo" atacaba por dos veces a una de las instituciones intocables: El Ejército. Quien alertó al resto y al presidente del jurado fue Pedro de Lorenzo. Un auténtico despropósito porque las dos ocasiones a las que se referían dichas críticas es a la actuación de una compañía de soldados de tiempos de los Reyes Católicos (cuando la rebelión de los moriscos de Lanjarón, en 1501) y otra al ejército «recaudador de contribuciones» después de la epidemia de mildiú de las Alpujarras (1882).

El cabreo

Paco se cabreó mucho con esa decisión, sobre todo porque había un premio de 50.000 pesetas -que en aquellos tiempos era mucho- y porque también el Ministerio de Información y Turismo se comprometía a comprar un número de ejemplares por valor de ese mismo dinero, cosa que a él le venía de perlas, porque también era el propio editor del libro.

De todas maneras el libro fue un best seller de la época ya que se llegaron a vender hasta 4.000 ejemplares. La censura intentó que la noticia sobre la decisión del jurado no saliera en los medios, pero no lo consiguió. El diario Pueblo y Ya lo publicaron y a raíz de ahí se hicieron eco algunas publicaciones importantes de la época como Revista de Occidente.

Paco, estaba convencido, así lo dijo en una entrevista después concedida a este periódico, de que el que "se cargó el invento" fue Carlos Robles Piquer: «Era cuñado de Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, y se le llamaba "el cuñadísimo". Y no fue, como dice Ansón (se refiere a una carta que le dirigió al propio autor) que se asustaron los miembros del jurado; el único que se asustó fue Robles Piquer. Lo que pasa es que como él mandaba... A mí, bien mirado, me hicieron el favor del siglo, porque al darle tanta publicidad el libro se agotó a los pocos meses y aunque después ya no me lo quiso editar nadie porque era maldito, la gente lo buscaba a calzón quitado y todavía hoy hay quien lo pide».

Manuel Titos es quizás el estudioso que más acertadamente ha definido esta obra: "El apócrifo de la Alpujarra Alta es un libro elaborado con un lenguaje empapado de sabiduría popular pero a la vez cultísimo, desnudo de artificios, sincero y brutal en los diálogos y por el que discurren, a veces sin piedad pero siempre con comprensión e infinito respeto, los hombres, las casas, las costumbres y los caminos de la Alpujarra, que Paco Izquierdo conocía y amaba como pocos lo han hecho".

Manuel Titos dice que "seguramente que por esa aparente sencillez, adquirida a lo largo del ejercicio infinito de su oficio, es por lo que el libro, que sobrevivió milagrosamente a la censura de los años sesenta, ha resistido el paso del tiempo y lo aguantará mucho más, convertido en un clásico de la literatura de viajes de la segunda mitad del siglo XX".

Miguel Carrascosa Salas, un experto e inquieto amante de la Alpujarra, dice del libro de Paco que "es un valioso testimonio literario que nos ha conservado, para la posteridad, páginas entrañables de una Alpujarra que se nos ha muerto entre la añoranza de unos y el olvido inconsciente de otros". Y sigue diciendo: "Leyendo detenidamente "El apócrifo de la Alpujarra Alta", de Paco Izquierdo, narrador nato, atípico y desenfadado, nos parece oír el mensaje de una ancestral y entrañable cultura, la de nuestros viejos campesinos de la montaña, la de esa naturaleza perdida y en la que se configuraron los primeros ritos de la sociedad, surgidos al ritmo, acompasado y lento, de los productos de la tierra, de los elementos que integran la vida natural en la frontera más inmediata del consumo, de la utilidad, y, por consiguiente, de la vida".

Miguel Carrascosa y Paco Izquierdo se ponían a hablar de la Alpujarra y es que no paraban.

"El apócrifo de La Alpujarra Alta", de Paco Izquierdo, es el texto más profundo y completo sobre la comarca

Julio Alfredo Egea contaba con cierto orgullo que era el único poeta de España que vivía de la pluma

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