Castellar vivió su equinoccio de otoño en la Cueva de la Lobera

Asistentes al equinoccio de otoño en la Cueva de la Lobera. /GARCÍA-MÁRQUEZ
Asistentes al equinoccio de otoño en la Cueva de la Lobera. / GARCÍA-MÁRQUEZ

Vestidos al uso ibero o con ropa deportiva, fueron muchos los que participaron en el espectáculo que ofreció el sol

J. A. GARCÍA-MÁRQUEZCASTELLAR

Unos con ropa deportiva o de calle, otros ataviados al uso ibero, bien de guerreros, bien de sacerdotisas, lo cierto es que fueron muchas las personas que caminaron hasta la Cueva de la Lobera en Castellar para presenciar el equinoccio de otoño en una de las grutas principales de la serie de cavernas naturales por las que transitaron los pueblos iberos. Como estaba previsto, en el ocaso de un día luminoso, la luz del sol se coló por el hueco que para tal fin hicieron los antiguos moradores del santuario ibérico de los Altos del Sotillo, popularmente conocido como Cueva de la Lobera para que a lo largo de la gruta se volviera a proyectar la imagen evocadora de los exvotos de bronce que se ofrecían a modo de ofrenda.

Quienes tuvieron el acierto de acudir pudieron disfrutar con la contemplación de este fenómeno singular, mágico, con fuerte carga de simbolismo: «Un ritual que nuestros antepasados oretanos supieron estudiar y materializar para conseguir que la imagen de la divinidad quedara proyectada sobre la pétrea estructura de la cueva. Para ellos el equinoccio conllevaba un cambio de ciclo agrario, además de ofertar protección, sanación y fecundidad», expresaba el historiador castellariego Lucas Rubio .

Para sacar el mayor partido a la singular visión, el Ayuntamiento había cargado de contenido un largo fin de semana que comenzaba en la tarde del sábado cuando en la Colegiata de Santiago se reunían los clanes procedentes de la antigua Iberia para dar la bienvenida a los visitantes y repartir el agua que había sido bendecida por las sacerdotisas.

Los peregrinos, con el acompañamiento de danza, música y fuego, partieron hacia Los Altos del Sotillo en donde desarrollaron un acto teatralizado dirigido a la divinidad, saludar a la Diosa Máter («madre de todos los dioses, soberana de los animales, que cuidas de todas las criaturas, diosa sanadora, eterna, venimos aquí desde tierras lejanas a este santuario para adorarte»), desarrollar el ancestral ritual de la ofrenda de frutas, exvotos y cerámica y realizar una degustación de pan, aceite y vino de rosas. Tras contemplar el equinoccio, los participantes regresaron a pie con el auxilio de linternas porque a esa hora la visión solar brillaba por su ausencia y la luna apenas apuntaba en el umbral de cuarto creciente.

De nuevo en 2019

Ayer domingo la comitiva partió de nuevo hacia la Cueva de la Lobera para asistir a una charla coloquio sobre el equinoccio, palabra que proviene del latín y significa noche igual, momento del año en que el Sol está situado en el plano del ecuador terrestre. Ese día el Sol alcanza el cenit o punto más alto en el cielo. El equinoccio ocurre dos veces por año, meses de marzo y septiembre, épocas en que los dos polos terrestres se encuentran a una misma distancia del Sol, así la luz se proyecta por igual en ambos hemisferios. En las fechas en las que se producen los equinoccios, el día tiene una duración igual a la de la noche en todos los lugares de la Tierra. En Castellar la idea de contemplarlo en los Altos del Sotillo gusta tanto que ya se prepara un quinto encuentro para el otoño de 2019.