El bailarín que hará de Vilches el pueblo de la danza

Mario Bermúdez Gil, natural de Vilches, durante una de sus actuaciones. /IDEAL
Mario Bermúdez Gil, natural de Vilches, durante una de sus actuaciones. / IDEAL

Lleva 11 años sintiendo el veneno del baile, el cual le ha llevado a actuar por todo el mundo y, hace tres años, a instaurar su propia compañía y seguir soñando

Laura Velasco
LAURA VELASCOJAÉN

Tenía 20 años cuando se dio cuenta de que la vida es para los valientes. «Se pasa muy rápido y hay que hacer lo que a uno le gusta», admite Mario Bermúdez Gil, de 31 años, un bailarín de danza contemporánea muy, pero que muy de Vilches. Siempre estuvo vinculado al mundo del deporte: su pasado como atleta le proporcionó la constancia y tenacidad que hoy le caracteriza. Después de una lesión, recuerda cómo mientras trabajaba como monitor de multiaventura todos le decían que llevaba dentro el ritmo. Y cambió la pista de atletismo por el escenario. «A este mundo todos hemos venido con un don, con algo que compartir», apostilla.

Dio sus primeros pasos en el sector en el Centro Andaluz de Danza, y estando allí Jennifer Muller, una de las grandes, se fijó en él y le ofreció un contrato. «No había salido nunca de España, no tenía ni idea de inglés. Yo era un chico de Vilches que lo más lejos que había ido era a Barcelona, y de repente me vi en Nueva York y flipé. Fue un cúmulo de emociones fuertes, felicidad, depresión, todo. Estaba bailando y al mismo tiempo aprendiendo una lengua, una cultura y unas costumbres diferentes», explica.

Poco a poco fue encontrando su estilo, y cuando dejó de encajar comenzó a hacer audiciones para otras compañías. En total, pasó dos años y medio en Nueva York. Pasó por varias fases, incluida la de trabajar de algo no relacionado con su sector, ya que cuando no tuvo dinero estuvo trabajando de camarero. «Una compañía israelí venía a hacer un curso a Nueva York, y aunque no tenía dinero tenía que apuntarme. Lo di todo, y al final me dijeron que les interesaba y que en 10 días tenía que mudarme a Israel», explica.

En Tel Aviv había dos compañías, «la joven y la grande». Tras pasar dos años en la primera girando por el mundo, consiguió un hueco en la otra, donde pasó otros dos años. «En todo ese tiempo siempre nos dejaban un mes para que hiciéramos nuestras propias creaciones y las expusiéramos, algo que me encantó. Yo siempre estaba creando, y el último año probé a hacer una pieza más larga. Entonces entendí que era mi hora de irme», añade. Como intérprete ha bailado en algunos de los teatros más prestigiosos del mundo, como la Ópera Nacional de París, la Academia de Música de Brooklyn y el Centro Kennedy para las Artes Escénicas.

Así, el joven se aventuró a crear su propia compañía, Marcat Dance, junto a su mujer, la americana Catherine Coury. Un proyecto que compara con el otro gran proyecto de su vida, ser padre de una niña de dos años. «Estoy en el mejor momento para crear, un bebé necesita tiempo para crecer, al igual que una compañía. Son pasitos lentos, pero tanto la familia como la danza son muy importantes para mí», admite.

La cosa «va lenta», sobre todo al principio, pero ambos están encantados con la iniciativa artística. «Nos encanta porque vivimos en Vilches, en España hay muy buena calidad de vida, pero seguimos moviéndonos y trabajando en el extranjero. Nos interesan los dos ámbitos, pero la cosa se mueve más a nivel internacional», destaca. Comenzaron bailando él y su mujer, pero ahora ya son más bailarines. Y no les va nada mal, a juzgar por la cantidad de premios que ya han recibido en apenas tres años, algunos de ellos en Copenhague, Tetuán o Canarias. «Ese tipo de cosas vale para que tiremos para adelante», indica.

Bailarín y coreógrafo

A la pregunta de si se siente más cómodo bailando o coreografiando, necesita unos cuantos segundos para contestar. Es como lo de si quieres más a papá o a mamá... Que al final eliges a los dos. «Para mí, el bailarín tiene que ser coreógrafo y el coreógrafo tiene que ser bailarín. Son totalmente diferentes, lo del coreógrafo es un juego, intenta jugar con los sentimientos, mientras que el bailarín interpreta ese juego y se deja llevar por los sentimientos ya estipulados. Las dos son muy gratificantes», explica.

¿Es España lugar para la danza? Talento no falta, pero cuando hablamos de eso de pagar facturas y llegar a fin de mes, la cosa se pone fea. No es fácil vivir del baile en este país, afirma el bailarín. «Está bastante bien que hay muchos proyectos, pero no a tiempo completo, no da para vivir a no ser que, como yo, seas coreógrafo y además te muevas y des clases por el mundo. Lo más estable aquí sería la Compañía Nacional de Danza, donde al menos el contrato es de un año, pero la mayoría de gente tiene que trabajar fuera. Están en España porque les encanta, pero cuando no pueden más tienen que salir», recalca.

En la pescadilla que se muerde la cola tienen mucho que ver las instituciones públicas, que a juicio de Mario Bermúdez no ofrecen las suficientes ayudas a los bailarines españoles. Cree que tras unos duros años de crisis «se está despertando interés», pero incide en que todo es «muy lento». «Hace falta que los bailarines estén bien pagados, esto es una profesión como otra cualquiera. Estamos dados de alta en la Seguridad Social, yo soy autónomo y no tengo un sueldo fijo, pero estoy todos los días entrenando. Es un trabajo físico, mi cuerpo es mi trabajo, y todas las horas de esfuerzo no se cobran», resalta.

Danza y tópicos

La danza sigue siendo, por cifras, un sector femenino en el que los chicos han sido siempre 'carne de estereotipo'. Según el vilcheño, «la cosa ha cambiado bastante», pero aún hay mucho por hacer. «Siempre va a haber el típico tópico de llamar gays a los chicos, pero creo que al final son miedos. El miedo a no aceptar que un chico pueda ser fuerte y a la vez frágil, gente que califica al resto», admite. Eso sí, lo de ser varón tiene implícita una ventaja: al ser «desgraciadamente» muchos menos, los que hay, destacan. «En cualquier caso todo es insistencia, luchar por lo que quieres. Es algo que me he traído del atletismo, la disciplina y el perseguir los sueños», aclara.

Es curioso que algunas personas, cuanto más internacionales son, más a gusto se encuentran volviendo a sus orígenes. Mario es el mejor ejemplo de ello. Reside en Vilches, por la comodidad que implica tener ahí a la familia, por la buena situación geográfica que tiene para viajar a otras ciudades y, no menos importante, por ser un rincón de inspiración. Mientras conversamos, el bailarín se encuentra en un cerro donde divisa la Sierra de Cazorla, un lago, y un mar de olivos. Naturaleza en estado puro que le llena el alma. «El paisaje me inspira para crear, me da paz y tranquilidad, es un punto fuerte para la creación. Además, ensayo en el Teatro Miguel Hernández del pueblo, por lo que doy las gracias al Ayuntamiento», detalla.

En su pueblo, asegura, la gente responde estupendamente. Ha llenado dos veces el teatro, e intentará traer muchas más creaciones a su pueblo natal. «Vilches tiene mucho potencial, uno de mis logros sería convertirlo en un pueblo de la danza. Cuando la gente viene a verme, algunos me dicen que no han entendido nada de la obra, pero que han estado todo el rato con la boca abierta, y eso es lo más bonito. El público tiene que ver cosas que le gustan y que no le gustan, que entiende y que no entiende. Tengo muchas ganas de hacer cosas en Jaén, hay interés por la danza, pero debería haber más», reclama.

Al Mario de hace 10 años cree que no le diría nada, le dejaría ser. «Que venga lo que tenga que venir», insiste. A alguien que ahora se plantee empezar en el maravilloso mundo de la danza le diría, sobre todo, que «canalice». «Hay que encontrar esa pasión, aceptar que va a ser duro, pero cuando tengas esa devoción por la danza hay que canalizarla y mentalizarse. Y no dejar que los pensamientos te interrumpan, eso a veces te puede llevar a otro lugar, pero si de verdad lo sientes, persíguelo. Los trenes pasan», concluye. El vilcheño, sin duda, ha sabido subirse al tren a tiempo.

Mario Bermúdez, natural de Vilches, tiene claro que nunca es tarde para cumplir los sueños. Con 20 años y una vida ligada al atletismo, cambió la pista por el escenario para convertirse en bailarín de danza contemporánea. Entre su talento, su insistencia, y ese punto de suerte que te coloca en el momento adecuado en el sitio indicado, el artista ha bailado y coreografiando por todo el mundo. Su sede sigue siendo Vilches, y uno de sus grandes logros, asegura, sería convertirlo en el pueblo más cultural.

 

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