El castillo de Espelúy y el milagro de Santa Teresa de Jesús

Castillo de Espelúy, con su magnífica torre fortificada. /
Castillo de Espelúy, con su magnífica torre fortificada.

A punto de ahogarse en el vado del Guadalquivir, acudió a la fortaleza, donde rezó por una niña enferma

MANUEL ARÉVALOjaén

Según cuenta la Crónica General, cuando Fernando III, en su campaña contra Quesada de 1224, arrasó el castillo de Espelúy, junto con los de Iznadiel y Esquivel, permitió que sus habitantes salvasen la vida a cambio de la rendición, lo que ocasionó que el castillo quedara despoblado durante varios años y sus tierras de labor sin cultivar. No obstante, la ocupación cristiana no se hizo efectiva hasta dos años después a la muerte del reyezuelo de Baeza, al-Bayyasi, en diciembre de 1226, asesinado en complot de árabes que lo consideraban un traidor por haber pactado la entrega de ciudades al rey cristiano Fernando III, a cambio de que le apoyara en las reyertas que mantenía contra el califa de Córdoba.

Por entonces, Espelúy fue declarado lugar de realengo, situación que se mantuvo hasta que, en 1246, Fernando III cedió una buena parte de esa heredad a la Orden de Calatrava.

Cuenta la leyenda que Santa Teresa en uno de sus viajes a Sevilla intentó cruzar el río Guadalquivir, muy cerca de Espelúy, en una barca de la zona. La mala suerte le acompañó y la maroma se rompió, zozobró la nave y estuvo a punto de caer al agua, junto a los tres frailes que le acompañaban.

Una niña enferma

Santa Teresa fue llevada, de inmediato, hasta el castillo de Espelúy donde fue atendida de los rasguños producidos en el altercado. Una de las niñas que residían en la fortaleza estaba muy consternada porque no había podido salir a recibir a la monja. La chica, de corta edad, se encontraba en el catre con mucha fiebre. La familia estaba preocupada por lo que pudiera ocurrir con la pequeña, pues los cuidados médicos que podían procurarle en la época no eran muy grandes.

La madre de la chiquilla se excusó ante Santa Teresa por la enfermedad de la niña que, de inmediato, se acercó hasta la habitación donde descansaba la muchacha. Rezó con ella y le puso la mano en la frente.

A las pocas horas, cuando Teresa de Jesús ya había abandonado el castillo, desapareció la fiebre de la joven y los vecinos de Espelúy cundieron esa historia.

 

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